Protestas, demagogia y cinismo político
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Carlos Sánchez

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Protestas, demagogia y cinismo político

Crece el conflicto social. Pero, sobre todo, su percepción. Existe un creciente prestigio del pesimismo que es aprovechado por la demagogia. Los gobiernos no tienen respuesta

Foto: Protestas en Rotterdam. (EFE)
Protestas en Rotterdam. (EFE)
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La teoría del creciente descontento social, hay que reconocerlo, está de moda. Muchos piensan, de hecho, que España se enfrenta a un inusual período de protestas que revela un fuerte malestar social. Probablemente, porque el adanismo —una de las características de nuestro tiempo— ha hecho mella en el análisis de la realidad social y no se recuerdan ni los años setenta ni los ochenta ni los noventa. Ni, por supuesto, las movilizaciones derivadas de la Gran Recesión, cuando muchos ciudadanos se echaron a la calle para protestar por los recortes y mostrar su indignación ante la corrupción y el esperpento institucional. A veces, de hecho, se tiende a pensar que la España anterior a la crisis de 2008 era una especie de Noruega —con sus 67.300 dólares de renta per cápita— incrustada en el sur de Europa. Incluso, hay quien ha llegado a mitificar el franquismo como una epopeya de bienestar.

Es verdad, sin embargo, que la percepción del conflicto social —que es inherente a las democracias— es hoy mayor. Está a flor de piel. Tal vez por la eclosión de las redes sociales y la potencia de la televisión para amplificar la dimensión objetiva de la protesta. Obviamente, porque la industria audiovisual, con la fuerza que dan la imagen y la voz, responde más a la lógica del mercado (las audiencias) que a un análisis en profundidad de las causas del descontento, lo que explica en parte los discursos fatalistas y descontextualizados. Creando la falsa impresión de que cualquier territorio está en llamas porque cientos de obreros se enfrentan a la policía o porque un puñado de tractores corta una carretera. En definitiva, el viejo debate entre percepción y realidad, alimentado en las últimas décadas por la construcción de emociones que sustituyen a la razón, y que puede explicar el prestigio (casi patológico) del pesimismo. Cualquier previsión macroeconómica negativa siempre tiene más credibilidad que una positiva.

Foto: Coordinadora de la España vaciada a las puertas del congreso. (EFE) Opinión

Las huelgas

Pero también porque ha cambiado el sujeto histórico del malestar social. Si hasta hace pocas décadas el conflicto se canalizó fundamentalmente a través de los sindicatos, que tenían el monopolio del descontento, fruto de la dialéctica capital-trabajo, la fragmentación social, otros de los signos de nuestro tiempo, ha llevado a un cuestionamiento de su representatividad. El número de huelgas en España por causas estrictamente laborales (excluidas las generales) representa hoy apenas la tercera parte de las que había en los años 70, y, de hecho, el uso de la huelga como instrumento de acción sindical se ha estabilizado en las últimas décadas en niveles históricamente bajos en democracia.

Paradójicamente, las huelgas, al contrario de lo que suele creerse, son más numerosas en periodos de bonanza que cuando la economía está en recesión. Precisamente, por el miedo que produce perder el empleo si se aviva la conflictividad dentro de la empresa. Por el contrario, emergen cuando se inicia la recuperación, como sucedió el célebre 14-D de 1988. Ese año la economía creció un 5%, pero la huelga fue un éxito porque muchos trabajadores querían participar de los rendimientos de la recuperación. Tras años de sacrificio, no estaban dispuestos a aceptar el plan de empleo juvenil que propuso el Gobierno socialista.

El asalariado o el autónomo no entiende la solidaridad en términos de clase, como en el pasado, sino que la ejerce consigo mismo

El asalariado o el autónomo, sin embargo, no entiende hoy la solidaridad en términos de clase, como en el pasado, sino que la ejerce consigo mismo. El individuo que protesta en la sociedad postindustrial no tiene conciencia de clase, utilizando el viejo concepto, sino que se identifica con los problemas de su colectivo o de sus pares, pero carece de una interpretación global sobre las causas de su descontento, pese a que suelen ser comunes.

Los agricultores, los metalúrgicos, los trabajadores de la sanidad o de la educación son, de alguna manera, víctimas del ensanchamiento de la desigualdad de renta y del impacto negativo que tiene la globalización, que ha estrechado el margen de actuación de las políticas públicas. Los descontentos, sin embargo, no son capaces de tejer alianzas para encontrar soluciones compartidas. Por el contrario, compiten entre ellos: los taxistas contra los chóferes de las plataformas tecnológicas o los jóvenes precarios contra los pensionistas. El Instituto Aspen, por ejemplo, ha encontrado que hasta un 22% de los trabajadores norteamericanos ya están empleados en la economía del trabajo eventual, que se caracteriza por el trabajo 'autónomo', en el sentido más amplio del término, al margen del modelo tradicional de relaciones laborales, que históricamente ha sido el mayor y mejor instrumento de socialización. En España, el 40% de los asalariados tiene un contrato temporal o parcial no deseado, además de existir un número importante de falsos autónomos.

El conflicto, de hecho, es una quimera para quienes están más abajo en la pirámide del precariado, los inmigrantes o los obreros sin cualificación con los salarios más bajos. Simplemente, porque perderían su empleo. La incertidumbre es mayor a medida que disminuye la posición social. La conflictividad, en este sentido, se concentra en rentas medias que padecen un deterioro de sus condiciones de vida. Mientras que los más perjudicados por el sistema lo aceptan de forma sumisa para no caer en la exclusión social.

Poder y Gobierno

Es decir, ha cambiado no solo la naturaleza del conflicto, desde el mayo del 68 más identificado con cuestiones identitarias o culturales, sino que se trata, por decirlo de alguna manera, de protestas de las clases medias que carecen, por su propia idiosincrasia, de sentimiento de clase, lo que provoca una fragmentación de la protesta que la hace menos eficaz para encontrar soluciones. Aunque no solo eso. Facilita una apropiación del discurso por parte de quienes han gobernado o gobiernan, lo que genera todo tipo de contradicciones.

En el caso de determinada izquierda, porque pretende aparecer al mismo tiempo como Gobierno y oposición. o busca esconder lo que hay detrás de conflicto con la construcción de redes clientelares. En el caso de la derecha, porque no afronta las causas del descontento, que no solo tiene que ver con bienes materiales. ¿El resultado? La proliferación de discursos incendiarios que explican el auge de la demagogia y todo tipo de absurdas teorías de la conspiración.

Probablemente, porque el espacio público de discusión se ha alejado del parlamento y se ha ido a la calle, a los platós de televisión o a las redes sociales, que han desplazado a los sistemas clásicos de representación. Precisamente, porque el parlamento —ahí está su vergonzante papel en la renovación de los órganos constitucionales— ha acabado por parecerse a una cámara de brazos de madera que aprueba leyes de forma mecánica y hasta burocrática, lo que le hace insensible a las demandas sociales.

Foto: Foto: cortesía. Opinión

De hecho, solo reacciona cuando la protesta alcanza un determinado nivel o violencia física, lo que necesariamente genera frustración y alimenta el desencanto político, con lo que ello supone en términos de participación pública. Tal vez, porque el poder, el verdadero poder, se ha alejado de la política y, en coherencia, la política representa cada vez menos el poder, lo que le impide resolver determinados conflictos generados por una estructura globalizada que deja inermes a los Estados frente a grandes empresas que controlan toda la cadena de valor.

Capitalizar el descontento

Como han escrito* Nathan Gardels y Nicolas Berggruen en 'Renovar la democracia', "cuando una élite irresponsable deja desamparado al ciudadano medio en un sistema legitimado por la soberanía popular, son los demagogos quienes canalizan la rabia hacia el poder presentándose como los defensores del pueblo".

Algunos estudios, de hecho, han encontrado evidencias de que la protesta social es mayor en España que en los países de su entorno, lo que sugiere, en primer lugar, un problema de representación política, que se produce cuando el sistema no es capaz de canalizar de forma adecuada el conflicto social. Está acreditado que los españoles participan en manifestaciones casi el doble que los alemanes, y casi tres veces más que los portugueses. Incluso, más que los franceses, aunque en este caso suelen ser más violentas.

Foto: Manifestación para pedir al Gobierno de Pedro Sánchez 8.500 millones de euros en ayudas directas para salvar la hostelería. (EFE)

Lo singular es que se quiera capitalizar el descontento, ya sea de los policías, de los trabajadores del metal de Cádiz o de los ganaderos, cuando el sistema político es incapaz de regenerarse a sí mismo para ser más permeable y representativo. Es decir, que responda a una realidad compleja y no a las miserias de cada partido a la hora de elegir a los miembros de las listas electorales, y que, finalmente, son los que de forma inexorable, como no puede ser de otra manera, tienden a alejarse de esas pequeñas cosas, que decía Serrat, y que son las que prenden la llama del conflicto social. Bauman, citando a Ulrich Beck, lo puso negro sobre blanco. "Ahora somos responsables de resolver los problemas que no hemos creado nosotros".

*Nathan Gardels y Nicolas Berggruen. Renovar la democracia. Nola Editores. Prólogo de Felipe González. 2021.

La teoría del creciente descontento social, hay que reconocerlo, está de moda. Muchos piensan, de hecho, que España se enfrenta a un inusual período de protestas que revela un fuerte malestar social. Probablemente, porque el adanismo —una de las características de nuestro tiempo— ha hecho mella en el análisis de la realidad social y no se recuerdan ni los años setenta ni los ochenta ni los noventa. Ni, por supuesto, las movilizaciones derivadas de la Gran Recesión, cuando muchos ciudadanos se echaron a la calle para protestar por los recortes y mostrar su indignación ante la corrupción y el esperpento institucional. A veces, de hecho, se tiende a pensar que la España anterior a la crisis de 2008 era una especie de Noruega —con sus 67.300 dólares de renta per cápita— incrustada en el sur de Europa. Incluso, hay quien ha llegado a mitificar el franquismo como una epopeya de bienestar.

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