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Ucrania: ¿quién gana con la paz de los cementerios?
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Carlos Sánchez

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Ucrania: ¿quién gana con la paz de los cementerios?

La lógica de la guerra —ganar o perder— conduce a la catástrofe nuclear cuando quienes se enfrentan son dos superpotencias. Es por eso por lo que hay que encontrar una paz justa. Lo contrario es la paz de los cementerios

Foto: Varios féretros en un cementerio ucraniano. (EFE/Orlando Barría)
Varios féretros en un cementerio ucraniano. (EFE/Orlando Barría)
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Es probable que el mayor impacto de la invasión rusa vaya a acabar situándose muy lejos de Ucrania. Ya hay pocas dudas de que un año de guerra ha trastocado la correlación de fuerzas en el mundo. Mientras que Rusia se ha acercado a China, ha encontrado nuevos aliados en África y ha mantenido vivos sus tradicionales lazos con India e Irán, Occidente se ha reencontrado en torno a la OTAN, cuya configuración, como sucedió inmediatamente después de 1945, vuelve a ir mucho más allá de una simple organización militar que hasta hace poco tiempo se consideraba obsoleta.

Hoy el debate vuelve a girar en torno al viejo antagonismo entre la URSS y Occidente: el valor de la democracia, lo que necesariamente conecta con los años de la guerra fría en su versión original y no en la concepción que salió de la caída del muro. El propio Biden lo ha expresado públicamente en algunas ocasiones: lo que se dirime es una batalla entre democracia y autocracia. La diferencia estriba en que en aquella ocasión también confrontaron de forma encarnizada dos modelos económicos —comunismo contra capitalismo— y hoy no es exactamente así. La economía china, aunque con limitaciones, está abierta al mundo, por lo que la confrontación es, sobre todo, ideológica. O de modo de vida, como se prefiera.

La propia OTAN, en su Tratado fundacional, se presenta aún como una organización política que busca "salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de sus pueblos, basados en los principios de la democracia, las libertades individuales y el imperio de la ley". Es decir, justo lo contrario que los sistemas autoritarios.

La propaganda más grosera inunda los discursos políticos, lo que impide conocer con veracidad lo que está sucediendo en Ucrania

Ucrania, en este sentido, y ya casi es una obviedad decirlo, es una pieza relevante del ajedrez que juegan en el tablero global EEUU y China, lo que explica que no se vislumbre una solución ni a corto ni a medio plazo, aunque en realidad nadie lo sabe. Entre otras razones, porque la propaganda más grosera, como siempre sucede en las guerras, ha inundado los discursos políticos, lo que impide a las respectivas opiniones públicas conocer con cierto grado de solvencia y veracidad lo que está sucediendo en los distintos frentes del Donbás. Lo único claro es que hoy Rusia controla alrededor del 20% del territorio ucraniano, más de 100.000 kilómetros cuadrados y que fracasó en su intento inicial de conquistar Kiev si era eso lo que querían los dirigentes del Kremlin y no una simple cortina de humo para hacerse fuertes en el Donbás.

Una guerra poco posmoderna

También está fuera de toda duda la importancia estratégica de Ucrania en la medida que representa la frontera más extensa y oriental de la OTAN. Algo que explica que un conflicto aparentemente regional —la invasión tiene sin duda ciertos componentes de guerra civil— se haya generalizado al comprometer directamente a los dos bloques que salieron triunfantes de 1945. La reciente cumbre de la OTAN en Madrid lo aclaró sin tapujos al incluir a Rusia y China como riesgos sistémicos, en línea con lo que unos años antes había establecido la nueva estrategia de seguridad de EEUU, elaborada en tiempos de Trump y ratificada prácticamente por Biden.

La guerra, de hecho, tiene muy poco de posmoderna, como se había previsto inicialmente. Es verdad que hay toneladas de desinformación a uno y otro lado, pero ni ataques cibernéticos ni operaciones de bandera falsa. Ni siquiera las llamadas guerras híbridas son determinantes. Son los viejos carros de combate, junto a la aviación, los que decidirán la marcha de la guerra, convertida hoy en un ejercicio de resistencia y desgaste mutuo que busca sobre todo destruir el tejido industrial y energético. En una palabra, han regresado las tácticas de guerras terrestres, más propias del siglo XX que del siglo XXI.

Putin no caerá porque a Rusia se le saque del sistema económico y financiero internacional. Precisamente, porque tiene alternativas

Tampoco la política de sanciones ha dado los resultados deseados. Por cierto, como siempre ha sucedido. Ningún régimen condenado al ostracismo ha caído por las sanciones occidentales. Muy al contrario, lo que ha sucedido de forma frecuente es un reforzamiento de los autócratas de turno. Y para Putin, como para el régimen teocrático de Teherán, el fracaso no es una opción. Su derrota nunca será gratis, aunque sea derrotado en el campo de batalla. Su victoria, incluso en la derrota, será la destrucción de Ucrania con el objetivo de convertir el país en un saco de escombros. Será sin duda su espantoso legado. Entre otras cosas porque Rusia siempre será una amenaza para Ucrania. Al fin y al cabo, las fronteras físicas no se pueden borrar, ni tampoco los rasgos civilizatorios comunes, salvo que se quiera hacer un genocidio cultural.

Putin, desde luego, no caerá porque a Rusia se le saque del sistema económico y financiero internacional. Precisamente, porque tiene alternativas. A la nomenclatura de Pekín, por razones obvias, lo último que le preocupa es si Rusia es una democracia o no. Pero no solo a China. Sudáfrica, y no es una anécdota, ha anunciado que durante once días realizará maniobras militares conjuntas frente a sus costas con la propia China y Rusia. Los ejercicios navales incluirán un buque de guerra ruso cargado, presuntamente, con un misil hipersónico engalanado con las letras Z y V, los símbolos patrióticos de Moscú.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin. (Reuters/Pavel Golovkin) Opinión

Ni siquiera parece cercana la posibilidad de que la evolución de la guerra en Ucrania obligue a Putin a negociar por razones económicas. A menudo se olvida que aunque la mitad de sus reservas de divisas han sido confiscadas por los gobiernos occidentales, aún cuenta con la otra mitad de los 632.000 millones de euros que llegó a contabilizar el Banco Mundial en 2021. Este año crecerá más que Alemania, mientras que el PIB de Ucrania, como acaba de certificar el FMI, cayó el año pasado un 30%. A Putin se le suele presentar como un loco o un irresponsable, pero lo cierto es que gracias a la disciplina fiscal que instauró desde hace dos décadas hoy cuenta con un colchón financiero extraordinario para aguantar una guerra larga. Este es el escenario central.

La voz cantante

Rusia, incluso, ha encontrado un aliado en la OPEP, algunos de cuyos miembros son, paradójicamente, socios de EEUU. A la cabeza de ellos, Arabia Saudí, que busca ampliar su influencia en la región ante la retirada de EEUU de Asia central y Oriente Medio, como se vio en Afganistán. Su actitud es coherente con el hecho de que EEUU, con la revolución del esquisto, se ha convertido en un rival de los saudíes en el mercado petrolífero mundial, que siempre ha funcionado como un cártel en el que Riad llevaba la voz cantante gracias a sus imponentes reservas de crudo.

El vacío geopolítico que ha dejado EEUU —que mira cada vez más a Asia-Pacífico— en la región alguien lo tenía que ocupar. También en África, donde el ministro Lavrov ha hecho una reciente gira por siete países ante el silencio diplomático de Europa, a quien el conflicto entre Washington y Pekín deja en una complicada posición por su exposición comercial.

Foto: El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, junto a su homóloga sudafricana Naledi Pandor. (Reuters/Siphiwe Sibeko)

Merece la pena recordar que la apertura exterior de la UE, muy dependiente de las cadenas globales de valor, es muy superior a la de EEUU, lo que convierte al viejo continente en enormemente vulnerable, como se observó durante la pandemia. Algo que explica que una de las consecuencias de la guerra será, precisamente, una mayor integración militar con EEUU. Adiós a la autonomía estratégica en materia de seguridad. Justo lo que siempre ha pretendido Washington, que de esta manera libera recursos para destinarlos a Asia-Pacífico.

Como ha dicho el presidente Macron en Múnich, "ninguno de nosotros cambiará la geografía". Rusia está "en suelo europeo"

Es verdad, sin embargo, que tampoco a China le interesa forzar la máquina porque un reforzamiento del eje transatlántico le genera problemas adicionales en unos momentos en los que ha renovado su presión sobre Taiwán, y de ahí su calculada ambigüedad.

¿Cuál es la alternativa? Probablemente, como han señalado algunos analistas independientes no contaminados por la propaganda, que la seguridad de Ucrania se logre a través de una combinación de capacidades militares suficientes para disuadir a Rusia de lanzar otra agresión, pero ofreciendo, al mismo tiempo, garantías de seguridad proporcionadas por sus posibles aliados futuros. Al fin y al cabo, como ha dicho Macron en la Conferencia de Seguridad de Múnich, una especie de Davos de la industria militar y de defensa, "ninguno de nosotros cambiará la geografía" y Rusia está "en suelo europeo". Ante esa realidad, concluyó, "habrá que negociar".

La fronteras europeas

No estará de más recordar, en este sentido, que la Francia de Macron, precisamente Francia, está enfrentada a las tropas del Kremlin desplegadas en África a través del grupo paramilitar Wagner. El propio Lavrov, en su reciente visita a varios países del Sahel, no se cortó ni un pelo a la hora de atacar a los viejos colonialismos que explotaron las riquezas naturales de la región, en clara alusión a Francia.

Es evidente que el presidente Zelenski, como comandante en jefe de su ejército, no lo puede decir en público en medio de una contienda que está desgarrando a su pueblo, pero la política de seguridad en Europa —una vez que ha saltado por los aires hecha añicos la arquitectura que salió de Helsinki en 1975— no se puede dirigir desde Kiev. Claro está, salvo que lo que se pretenda no es ganar la paz, sino humillar a Rusia y sustituir a Putin por una suerte de Yeltsin, cuya desastrosa gestión explica mucho de lo que está sucediendo.

Las fronteras europeas ni están en Texas ni están en Nueva Inglaterra, y Biden lo ha dejado claro

Ni siquiera la seguridad europea se puede dirigir de forma unilateral desde EEUU, que ya ha destinado a Ucrania casi 30.000 millones de dólares en armas y gastos de defensa, porque la guerra, cabe recordar, es en suelo europeo, y las fronteras son, como no puede ser de otra manera, europeas, lo que a la larga exige una nueva política de vecindad alejada de bravuconadas militares. Máxime cuando emerge un mundo multipolar en el que los países, como ha dicho el canciller alemán, compiten por el poder y la influencia, lo que provocará en el futuro choques inevitables. Las guerras moleculares, de las que habló Enzensberger tras la caída del muro.

Las fronteras europeas ni están en Texas ni están en Nueva Inglaterra, y Biden lo ha dejado claro con el lanzamiento de la Inflation Reduction Act, que es una gigantesca política de subvenciones para competir, entre otros, con Europa, gracias al señoreaje del dólar, lo que le permite a EEUU financiarse cómo, cuánto y cuándo quiera. Y es precisamente por eso por lo que el objetivo central de cualquier guerra no debería ser ganarla, ya que esa lógica conduce necesariamente a la catástrofe nuclear cuando quienes se enfrentan son dos superpotencias, sino encontrar una paz justa. Y cuanto antes, mejor. También para los ucranianos. Lo contrario es la paz de los cementerios.

Es probable que el mayor impacto de la invasión rusa vaya a acabar situándose muy lejos de Ucrania. Ya hay pocas dudas de que un año de guerra ha trastocado la correlación de fuerzas en el mundo. Mientras que Rusia se ha acercado a China, ha encontrado nuevos aliados en África y ha mantenido vivos sus tradicionales lazos con India e Irán, Occidente se ha reencontrado en torno a la OTAN, cuya configuración, como sucedió inmediatamente después de 1945, vuelve a ir mucho más allá de una simple organización militar que hasta hace poco tiempo se consideraba obsoleta.

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