Hungría 1956

En un momento en que el neocomunismo disfrazado de populismo se ha convertido en una opción aceptada, Madrid debería levantar un monumento a los héroes de esta rebelión

Foto: Húngaros subidos a un tanque ruso en Budapest, tras el levantamiento contra la URSS. (EFE)
Húngaros subidos a un tanque ruso en Budapest, tras el levantamiento contra la URSS. (EFE)

A finales de octubre de 1956, el pueblo húngaro, de una manera espontánea y emocionante, se levantó contra el Gobierno comunista que, desde la creación de la República Popular de Hungría en 1949, había acabado con todos los derechos y con la libertad de sus habitantes.

La participación de ciudadanos de todas las clases y estamentos sociales en esa rebelión fue tan masiva que, aun a costa de muchos muertos y heridos, lograron la caída del Gobierno y su sustitución por otro de carácter provisional, presidido por Imre Nagy, que era comunista, pero dispuesto a hacer concesiones a los rebeldes.

La Unión Soviética no podía consentir que en uno de los países de su bloque se produjera la más mínima democratización y, con el apoyo de los comunistas húngaros más ortodoxos, invadió Hungría con sus tropas y tanques, que aplastaron la rebelión y provocaron un auténtico baño de sangre, con más de 2.500 muertos en los combates y una ola de más de 200.000 refugiados que se vieron obligados a huir de su patria.

Así, los soviéticos restauraron la dictadura comunista, que llevó a cabo una represión feroz, con más de 350 ejecutados en la horca, entre ellos el propio Nagy, a los que, por cierto, enterraron en fosas comunes sin informar siquiera a las familias del lugar de sus tumbas. Y un sinnúmero de detenidos y deportados políticos.

Edificio de Budapest tras la rebelión. (EFE)
Edificio de Budapest tras la rebelión. (EFE)

Entre los que huyeron de aquel 'paraíso comunista', estaban los futbolistas del Honved de Budapest, que entonces era uno de los mejores equipos de Europa. Uno de ellos, el más famoso, el gran Pancho 'Puskas', recaló en el Real Madrid, donde se convirtió en un auténtico ídolo. Pero Puskas no estaba solo, y el resto de refugiados tuvieron que buscar asilo en Estados Unidos y en los demás países occidentales, también en España.

Aquella invasión puso de manifiesto hasta qué punto los países occidentales respetaban el 'statu quo' surgido de la II Guerra Mundial, que permitía a la Unión Soviética el dominio sobre los países del este del Telón de Acero. No hubo una respuesta decidida ante la brutalidad comunista, y aquello sentó un precedente muy negativo para todos los que, en esos países oprimidos, querían recuperar la libertad. Fue un escarmiento en cabeza ajena, una manera de decirles a los que querían recuperar la democracia en sus países que Occidente no movería un dedo por ellos. Y supuso un plus de impunidad para la Unión Soviética, que vio cómo podía hacer las mayores barbaridades sin que nadie le plantara cara.

El recuerdo de la actitud occidental en el Budapest de 1956 estuvo muy presente en la Praga de 1968 o en los Astilleros Lenin de Gdansk de Polonia en las huelgas de 1970 y 1980. Y esa fue la razón de que los manifestantes checos y polacos evitaran el enfrentamiento militar directo, lo que no impidió que también hubiera muertos en el aplastamiento de esas heroicas rebeliones.

De ahí la importancia trascendental de la obra de Ronald Reagan cuando, 25 años después, al llegar a la Presidencia de los Estados Unidos, decidió que los países libres no serían nunca libres del todo mientras más de media Europa viviera bajo la terrible opresión comunista, y empezó a plantar cara a los soviéticos y sus regímenes corruptos.

Entre los que huyeron de aquel 'paraíso comunista', estaban los futbolistas del Honved de Budapest. Uno de ellos, el más famoso, el gran Pancho 'Puskas'

Reagan se convirtió en la gran esperanza de todos los que querían vivir en libertad en el mundo soviético. Por eso, hoy es unánimemente apreciado por los ciudadanos de todos los países del este y por todos los que amamos y defendemos la libertad. Y, probablemente, por haber sido pieza esencial en acabar con el comunismo en esos países, Reagan es unánimemente vilipendiado en los países occidentales por los neocomunistas, por sus 'compañeros de viaje' y por muchos de los que van por la vida de 'progres'.

Aquella actitud de Occidente en octubre de 1956 no hace más que agrandar el heroísmo de los húngaros que, a pecho descubierto, lucharon contra los opresores. Un heroísmo que merece la admiración y el aprecio de todos los que queremos vivir siempre en libertad.

Por eso, para que los ciudadanos españoles conozcamos su gesta y recordemos a esos héroes, creo que es una magnífica idea la de levantar en Madrid, ahora que se cumplen los 60 años de la rebelión, algún monumento en recuerdo de aquellos húngaros que dieron su vida por la libertad.

En un momento en que el neocomunismo disfrazado de populismo se ha convertido en una opción aceptada por un número no desdeñable de compatriotas, a los españoles que siempre vamos a defender la libertad nos parece que ese monumento sería un acto de justicia para los que murieron en Hungría y un motivo de reflexión para los que tengan la tentación de coquetear con partidos políticos que se consideran a sí mismos herederos de esa ideología comunista, que tanta miseria material y moral ha llevado donde han logrado llegar al poder. 

Mirada libre

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