El PSOE en la encrucijada

Los posibles simpatizantes del PSOE no saben bien qué es lo que defienden los dirigentes del partido. Sí saben que esos dirigentes quieren el poder, pero resulta imposible saber para qué lo quieren

Foto: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, este sábado en un acto en Málaga. (EFE)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, este sábado en un acto en Málaga. (EFE)

En el libro que acabo de publicar, 'Yo no me callo' (Espasa), dedico un largo capítulo a analizar cómo la falta de identificación ideológica clara es, en mi opinión, una de las razones -no la única, desde luego- del descenso de los apoyos que ha sufrido el PP desde 2011 a 2015.

En esas páginas defiendo que los políticos tenemos el deber de hablar claro y de exponer sin tapujos cuál es nuestra ideología y cuáles son nuestras propuestas para mejorar el bienestar y las oportunidades de los ciudadanos.

Este mismo fenómeno de perder apoyos por indefinición ideológica se ha producido, de manera aún más relevante, en el PSOE durante el periodo que va de 2008 hasta 2015. Porque si el PP ha perdido 3,6 millones de votantes entre 2011 y 2015 (un 33%), resulta que el PSOE ha perdido 5,7 millones de votantes entre las generales de 2008 y las de 2015 (un 51%), ¡más de la mitad de sus votantes lo han abandonado!

Una bajada de apoyos que se hace aún más llamativa si comparamos los resultados actuales con las tres mayorías absolutas consecutivas de Felipe González.

Felipe González, en el Congreso de los Diputados en junio de 1977. (Christine Spengler/Sygma/Corbis)
Felipe González, en el Congreso de los Diputados en junio de 1977. (Christine Spengler/Sygma/Corbis)

Sin entrar a analizar la larga y tortuosa historia del PSOE, sí se puede afirmar que el Partido Socialista que hemos conocido los españoles de nuestros días es el que sale de su congreso extraordinario de 1979, cuando Felipe González (entonces un joven de 37 años) plantea el dilema de que o el partido abandona el marxismo, que figuraba en sus estatutos como la ideología inspiradora de sus políticas, o él se iba.

Aquella decisión de Felipe fue la gran revolución ideológica del PSOE. Era la versión española del congreso que el SPD alemán había celebrado en Bad Godesberg (un distrito residencial de Bonn) en 1959, en el que los socialistas alemanes renunciaron al marxismo de sus antepasados y aceptaron la economía libre de mercado.

Bad Godesberg convirtió al SPD en un partido de gobierno, y la decisión de Felipe llevó al PSOE a convertirse en el partido que más años ha gobernado España desde entonces. Los españoles de 1982 identificaban al PSOE como un partido moderado, moderno y socialdemócrata, parecido al SPD alemán (que llevaba 13 años en el poder en coalición con los liberales, con Helmut Schmidt de líder) o a los laboristas ingleses (en ese momento muy noqueados por los éxitos de Margaret Thatcher, pero que habían gobernado 11 años con Harold Wilson y James Callaghan).

Felipe González, en sus años de gobierno, no defraudó. Dio siempre respuestas socialdemócratas a los problemas que se le fueron planteando

Los españoles veían en el PSOE de Felipe González eso. Esa era su imagen. Y Felipe, en sus años de gobierno, no defraudó. Dio siempre respuestas socialdemócratas a los problemas que se le fueron planteando. Incluso se incorporó con fervor al atlantismo (seña de identidad fundamental en el socialismo democrático de los países de Europa occidental), a pesar de haber preconizado antes su “OTAN, de entrada no”.

Hoy, los posibles simpatizantes y votantes del PSOE no saben bien qué es lo que defienden los dirigentes del partido. Sí saben que esos dirigentes, con Pedro Sánchez a la cabeza, quieren el poder, pero resulta imposible saber para qué quieren ese poder. Porque estar dispuestos a gobernar con Ciudadanos (un partido de orígenes liberales e inequívocamente defensor de la unidad de España) y, al mismo tiempo, con Podemos (un partido comunista de corte bolivariano, compañero de viaje de todos los independentistas que quieren romper España) es demostrar que su ideología es, de nuevo, marxista, pero de Groucho Marx.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la reunión que mantuvieron el 30 de marzo en el Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la reunión que mantuvieron el 30 de marzo en el Congreso. (EFE)

No es un problema de estrategia ni de táctica política, es un problema de definición ideológica. Y, tal y como se ve desde fuera, da toda la impresión de que, después de los años de Zapatero (padre espiritual de Podemos), los socialistas españoles están enfermos de nostalgia del izquierdismo que abandonaron en 1979, y ansían ser aceptados como socios por los podemitas. Lo vemos de forma descarada y día a día en el Ayuntamiento de Madrid, y me temo que lo vamos a ver en el Gobierno de la nación.

Están ante una encrucijada. Parafraseando a Clinton: ¡es la ideología, estúpidos!

Mirada libre

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