Los ninis son los héroes olvidados de nuestra era: solo nos salvará ser vagos

Fueron el chivo expiatorio de los años de la crisis, olvidándonos que huían de la precariedad y la desilusión. ¿Y si son en realidad el modelo a seguir para salvar el mundo?

Foto: Jóvenes en el Parque del Cerro del Tío Pío, Madrid. (EFE)
Jóvenes en el Parque del Cerro del Tío Pío, Madrid. (EFE)

Ya habrán visto el anuncio del gobierno alemán que pide a los jóvenes que se queden en casa. En lugar de optar por la vía del tremendismo castellano, los teutones se han puesto berlanguianos y le han dado la vuelta a los testimonios de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial creando una nueva casta de héroes, los ociosos universitarios. "Reunimos toda nuestra valentía e hicimos lo que se esperaba de nosotros. Lo único correcto. No hicimos nada. Absolutamente nada. Éramos vagos como mapaches. Día y noche dejamos nuestros culos en casa y combatimos contra la expansión del virus".

Si el anuncio se ha viralizado, probablemente haya sido porque, además de intercambiar paternalismo por humor, en su manejo del tópico se filtra una sospecha creciente en la sociedad moderna. Que, en realidad, el mundo iría un poco mejor si todos —incluidos los jóvenes— fuésemos un poco más vagos. Mero anhelo. La desidia, la holgazanería o la pereza son un lujo imposible. Estigmatizados por la mirada ajena, comportan siempre un componente de mala conciencia que hace imposible disfrutar de ellos. Los vagos solo son aquellos que no se lo pueden permitir.

Es razonable defender que la mayor parte de problemas a los que se va a enfrentar el ser humano a lo largo de las próximas décadas se podrían solucionar haciendo menos cosas. Consumiendo menos, comiendo menos, desplazándose menos, trabajando menos, viajando menos y otros mecanismos de pasividad que detienen pandemias globales o limitan los efectos del cambio climático. No se trata solo de salvar el planeta, sino de salvarnos a nosotros mismos. El estrés, la ansiedad o la depresión hacen estragos en las sociedades desarrolladas y poca duda cabe de que hacer siempre un poco más de lo que uno puede humanamente hacer es un factor clave.

Los jóvenes tienen que elegir entre dos cosas: o ser irresponsables asesinos de abuelas o parásitos

Así que quizá deberíamos empezar a apreciar la mentalidad nini. Ni estudiar, ni trabajar, ni salir de fiesta, ni nada. Siempre ha habido razones históricas y económicas a mano para convertir a los nini en el gran chivo expiatorio para aliviar malas conciencias en la poscrisis. Por un lado, el reproche de estar dilapidando la herencia de generaciones más esforzadas, que se sacrificaron para que sus hijos ahora pudiesen disfrutar de no hacer nada. Por otra, el argumento económico de que la improductividad te convierte automáticamente en un parásito, olvidando que aún más parasitaria es la precariedad laboral o un sistema educativo posobligatorio que funciona como un bazar de mercancías 'low cost'.

Por eso resulta irónico que el mensaje que las autoridades tengan que transmitir ahora es "no hagas cosas o matarás a tu abuela". Se lo están diciendo a una generación que se ha criado bajo la idea de que la hiperactividad es algo positivo. Mientras hace un puñado de décadas el "quédate un poquito en casa" era el mensaje que reconfortaba a abuelos y padres, hoy ha sido sustituido por una retahíla de clases, cursos de idiomas, deportes, alternativas de ocio, planes con amigos y eventillos pseudoculturales que se engloban dentro del miasma del "tiempo de calidad".

En mi adolescencia ya comenzaba a popularizarse el discurso positivo de "hay que sacar buenas notas, pero también salir de fiesta". Esto último pasó de ser algo visto con sospecha a un factor digno de elogio: lo importante era hacerlo todo. El resultado, la generación con más ansiedad de la historia.

Jóvenes en el parque de Las Cruces. (Reuters)
Jóvenes en el parque de Las Cruces. (Reuters)

Los jóvenes ya solo pueden elegir entre ser dos cosas: o ser irresponsables asesinos de abuelas o "ninis" parasitarios del Estado de bienestar. Siempre se les reprocha su actitud, pero raramente nos damos cuenta de que solemos pedir cosas irrealizables, cuando no contradictorias. Báñate y guarda la ropa, estudia, sé feliz y ten una vida social rica y compleja pero no descuides tu carrera, no te quejes si te sientes mal y, sobre todo, no hagas botellón (pero cuidado con el garrafón). Sabemos muy bien qué no queremos que sean, pero raramente tenemos buenas ideas sobre qué podrían ser.

Venganza o miedo

Esta semana, el 'Financial Times' publicaba un artículo que abría el melón por excelencia: con esto de la pandemia, ¿y los jóvenes, qué? El arranque sugería que había "un creciente resentimiento" entre los menores de 30, pero en la letra pequeña de los testimonios no se encontraba mucha inquina generacional, sino básicamente miedo. Miedo a tener un trabajo de mierda o a no tenerlo nunca, a darse cuenta de que estos meses pueden haber supuesto ya una mella imposible en sus carreras profesionales. A ser esos perdedores que sus padres les dijeron que serían si perdían el tiempo.

Cada segundo perdido, malgastado o empleado en algo inútil es un segundo que han perdido en esa constante competición contra los demás

Cómo no lo van a pensar, si se han criado en la era de la hiperproductividad. Sobre las generaciones más jóvenes planea una constante sombra: la de que cada segundo perdido, malgastado o empleado en algo inútil es un segundo que han perdido en esa constante competición contra los demás que es un mercado laboral que se estrecha como el compactador de basuras de 'Star Wars'. Incluso el ocio siempre ha de tener un objetivo, aunque sea ocupar la cuota de tiempo que corresponde a cada uno de los padres, hacer contactos productivos o desarrollar competencias, siempre las malditas competencias. El lenguaje de la productividad también ha contaminado nuestras relaciones personales.

La experiencia me ha demostrado que solo un puñado de fuerzas de la naturaleza son genuinamente activas, torbellinos desatados de locuacidad, ingenio y entusiasmo que no pocas veces terminan estrellados, agotados de sí mismos. El resto intentamos seguirles el ritmo con la lengua fuera, sin darnos cuenta de que igual que no todos hemos nacido para correr los cien metros lisos en menos de diez segundos, para la mayoría la impostada exuberancia del genio casual es excepcional y tal vez poco deseable. Sin embargo, nos medimos y medimos a los jóvenes por la vara de los primeros, no por la humana falibilidad de los segundos.

(Metáfora visual del mercado laboral, visto por los jóvenes)

Así que tal vez sea hora de reivindicar la vaguería, no hacer nada no por recargar pilas —otra repugnante metáfora robótica—, sino por el sacrosanto ejercicio de practicar el vacío. Es complicado, no se crean. Párense un segundo a no hacer nada y verán cómo les resulta difícil no agarrar el móvil, o desviar la mente hacia algún compromiso que no les apetece ni lo más mínimo mientras sienten cómo los nervios se le agarrotan. Los únicos que han manejado ese arte hasta la maestría son los ninis, tal vez los últimos estoicos de nuestros días. A diferencia de nosotros, los adultos estresados y severos con el esparcimiento ajeno, son los únicos capaces de conocer el valor de ser, y no de hacer. Nuestros budas sonrientes.

Mitologías
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