Acabemos con los cenizos: ya está bien de amenazar con que solo podemos ir a peor

Si empeoran los datos, es cuestión de tiempo que todo se desmadre; y si mejoran, es solo un espejismo. La desconfianza ante las buenas noticias es un gran problema contemporáneo

Foto: Un hombre camina por Bilbao este mismo jueves. (Reuters/Vincent West).
Un hombre camina por Bilbao este mismo jueves. (Reuters/Vincent West).

Quizá usted también esté harto de oír día tras día a un puñado de tertulianos sin mascarilla en un plató de televisión –cerrado– explicándole por qué es una irresponsabilidad que se reúna con cinco familiares con mascarilla en un parque –abierto– durante estas navidades. Cuando sube la curva vuelven las advertencias moralizantes: nos hemos pasado, somos unos juerguistas sin remedio, hemos hecho cosas que nunca se nos deberían haber permitido, y ahora en Navidad querremos ver al abuelo. En dos palabras, tercera ola. Nos la hemos buscado solitos.

Ciertos discursos de medios, instituciones y expertos sanitarios están imbuidos de una cierta inevitabilidad fatalista disfrazada de prudencia racional. En principio, parece de género tonto reconocer que las cosas irán a peor antes de ir a mejor, pero raramente recordamos que también irán a mejor después de ir a peor. En los últimos meses, toda mejora de la situación se ha considerado un vano espejismo que, nos recordábamos sin parar, iba a esfumarse más pronto que tarde. Con un factor de agencia adicional: la pandemia empeora por culpa de la gente y mejora porque sí.

Hay muchas razones por las que ser cenizo resulta rentable, como que en nuestra cultura ser realista suele identificarse con ser pesimista

A lo largo de todo el año, subiese o bajase la curva, el único futuro que imaginábamos era peor que el presente, cuando el curso de los acontecimientos ha mostrado precisamente que la experiencia acumulada, el trabajo de los profesionales y la solidaridad de la población ha facilitado que todos esos apocalipsis que muchos vaticinaban hayan ido disminuyendo en intensidad y, por ejemplo, le hayan quitado la razón a los que afirmaban que la apertura de los colegios iba a conducirnos a un confinamiento estricto o que la segunda ola iba a ser más mortífera que la primera. Tan solo con la llegada de la vacuna hemos empezado a vislumbrar un poco de esperanza.

Hay un buen puñado de razones que explican por qué es mucho más rentable ser cenizo. Algunas son muy básicas, como que a los medios nos sale más a cuenta vender miedo futuro que estables presentes, o que equivocarse en unas predicciones pesimistas está mucho mejor aceptado que dar falsas esperanzas, o que nuestra cultura identifica por defecto el realismo con el pesimismo. Parece natural que en una pandemia, un acontecimiento por definición terrible, nos protejamos psicológicamente recordando que las cosas pueden empeorar en cualquier momento. Pero esa aparente protección ha terminado haciendo más mal que bien, empujando a la población a vivir entre la incertidumbre, la apatía y la simple desesperación que supone no ver ninguna luz.

Cuando en las primeras fases de la pandemia se exigió que no saliésemos de casa, fue gratamente sorprendente la facilidad con la que la amplia mayoría de los ciudadanos lo aceptó. No había dudas ni suspicacias políticas. Esta predisposición a reaccionar de manera solidaria en un momento terrible tiene una clara lectura positiva como sociedad: somos capaces de acatar las recomendaciones sanitarias para protegernos y proteger a los demás sin plantear objeciones egoístas.

Sin embargo, me sorprendió comprobar durante las primeras semanas del confinamiento cómo muchas personas parecían llevar años preparándose para algo así. No para una pandemia, sino para una ruptura en nuestras vidas cotidianas ocasionada por una amenaza imposible de controlar y que era resultado de la acción del hombre. Algunos lo han denominado “ecofascismo”, pero va más allá de eso, hacia una concepción antropológica de la realidad en la que el apocalipsis es solo cuestión de tiempo. Como si todos hubiésemos aceptado que estamos siempre a un paso de la distopía. Y así fue para muchos, que vieron confirmadas sus sospechas. De la noche a la mañana, nos encerramos en casa, desde donde se oía la megafonía que nos pedía no salir, los militares comenzaron a aparecer en ruedas de prensa diarias y el súper parecía Chernóbil.

Este año no solo hemos descubierto que vivimos a un paso de la distopía, sino que hemos desconfiado de todo avance que haga nuestra vida mejor

Llevamos años entrenándonos para ello. Desde ‘Joker’ hasta ‘Juego de tronos’ pasando por el retorno de la extrema derecha, desde las ficciones hasta los discursos políticos (que no dejan ser cierta forma de ficción), se ha popularizado una visión ‘grim’, oscura y despiadada de un mundo condenado a su perdición, en el que todas las motivaciones ajenas son individualistas, egoístas y materialistas. Frente a la ficción científica de los años sesenta, que soñaba con el horizonte infinito del hombre, hoy solo podemos imaginar la mejor manera de extinguirnos. Y eso tiene un gran problema, que es que este año también hemos desconfiado de todo avance que haga nuestra vida mejor.

No nos merecemos nada bueno

Mientras los gurús anticipaban rebrotes inminentes, arqueábamos la ceja ante las medidas sociales o políticas que surgían para intentar mejorar nuestra vida fuera de la urgencia de la pandemia. Parece que estamos dispuestos a aceptar de buen grado que de un día para otro un virus cambie por completo nuestra vida, arruine a millones de familias y arrase con decenas de miles de personas; pero si alguien hablaba de la posibilidad de una vacuna, de la subida del sueldo mínimo, de la jornada semanal de cuatro días, de la renta básica o de otras medidas de futuro, la primera reacción es preguntar por la letra pequeña. Si es bueno, no puede ser real.

Si algo ha conseguido el marco neoliberal desde principios de los años ochenta es que incluso aquellos que se verían beneficiados de manera directa e inmediata por medidas de protección social las vean como una amenaza, una ventaja temporal que tarde o temprano pasará su factura. Sin embargo, nos preguntamos mucho menos por el impacto a largo plazo que tendrían las políticas de austeridad; esas había que admitirlas a pies juntillas. Vivimos en el imperio de la desconfianza donde bajo toda buena intención hay siempre una motivación oscura, donde todo proyecto de futuro es 'naïf', estúpido o directamente oculta un plan perverso.

Hay una exasperante tendencia a considerar toda propuesta de mejora social como una utopía, un bello término utilizado hoy de forma despectiva. Las utopías están muy mal vistas hoy, porque ya solo creemos en las distopías. Uno de los grandes problemas para los partidos socialdemócratas después de la disolución del bloque comunista ha sido su imposibilidad de generar visiones del futuro cimentadas en la promesa de una vida más próspera. En el mejor de los casos, se contentaban con proteger los avances sociales que se habían ganado durante las décadas anteriores. En el peor, incorporaban poco a poco los principios del neoliberalismo, aceptándolo como único marco posible y considerando otras alternativas como frivolidades.

Sin plantear alternativas que pueden parecer utópicas no podremos imaginar una vida mejor, y sin eso, seguiremos soñando solo con distopías

No hay que interpretar propuestas como la semana laboral de cuatro días solo de manera literal. Poner esa propuesta sobre la mesa quiere decir también “replanteemos nuestra relación con el trabajo”. Sin la introducción de otras posibles alternativas en la agenda pública, no seremos capaces de imaginar una vida mejor; y sin una vida mejor, seguiremos soñando con distopías. Recordemos que esta clase de propuestas suelen ser recibidas con recelo, pero terminan siendo aceptadas a medida que su discusión provoca que incluso los conservadores las vean con buenos ojos. Ocurrió con cuestiones culturales como el matrimonio homosexual, pero también puede ocurrir con medidas económicas.

Nos hemos acostumbrado a pensar que todo mal indicio es el comienzo de una escalada de acontecimientos que nos llevará a estar mucho peor de lo que estamos; y los buenos signos, trampas para ilusos que aún no se han dado cuenta de que el ser humano está condenado a su desaparición. Sin expectativa de futuro, para muchos no queda otra cosa que sentarse a esperar el fin. La pandemia ha sido un triste augurio que ha confirmado sus intuiciones.

Pero, como explica Erik Olin Wright en su libro póstumo ‘Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI’, el miedo es uno de los factores que, junto a la codicia, el individualismo competitivo y el consumismo privatizado impiden que se desarrolle el valor de comunidad y la solidaridad. Por eso, durante las últimas décadas, y coincidiendo con el cambio de paradigma tras la caída del Muro, el sociólogo estadounidense persiguió pequeñas utopías realistas que ya no buscaban acabar con el capitalismo sin mostrar alternativas que pudiesen erosionar su centralidad y plantear alternativas de futuro.

El espíritu de 1945, como se denominó a la reforma socialdemócrata de las instituciones inglesas que condujo a la nacionalización del ferrocarril o la creación del Servicio Nacional de Salud, pero en 2020. Ambos momentos históricos comparten un contexto sociohistórico semejante: un instante de grandes pérdidas humanas y enormes sacrificios en el que se recuerda la importancia de ofrecer protección a los desamparados, pero también que, con un poco de esfuerzo e iniciativa, todos podemos vivir un poco mejor. En Traficantes de Sueños, la librería madrileña, hay estos días una estantería dedicada solo a libros sobre utopías. Me parece una buenísima noticia en el año en el que nos dimos cuenta de que el sueño de la razón produce apocalipsis.

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