La gente no es egoísta, la gente ha sacrificado un año de su vida (y la llamamos egoísta)
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Héctor G. Barnés

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La gente no es egoísta, la gente ha sacrificado un año de su vida (y la llamamos egoísta)

Ante el discurso de que la gente es inherentemente irresponsable, quizá sea hora de reconocer que la mayoría ha hecho un esfuerzo incomparable durante el último año

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Foto: Reuters/Vincent West

Escucho mucho a los niños últimamente. Me los cruzo en la calle, los oigo al otro lado de la pared e incluso coincido con ellos en museos. El otro día, uno, delante del cuadro 'Junkerboden nevado', de Ernst Kirchner, le preguntaba a su madre: "¿Cuándo vamos a ir a la nieve?" (nótese que "ir a la nieve" no es lo mismo que "ver la nieve"). Me giré para observar la reacción de la madre, asaltada por una pregunta más difícil de responder que de dónde vienen los bebés. "Espero que este año, pero no te lo puedo decir seguro". Los padres lo saben siempre todo, menos en pandemia.

Unos minutos después, a la salida del metro de un barrio popular, una niña de unos cuatro años le enumeraba a su madre por qué no podía ir a la abuela. "Porque hay coronavirus como el de ahora, pero luego hay otros coronavirus". Para esa niña, "todo esto del covid" es, básicamente, una cuarta parte de su vida. Seguramente, más de la mitad de su vida consciente. Ya hay niños para los que toda su vida ha sido la vida en pandemia. Y padres que comenzaron contando esto a sus hijos como si fuese ‘La vida es bella’ sin pensar que tendrían que mantener el juego hasta que sus hijos entrasen en la preadolescencia.

El sacrificio social es uno de los esfuerzos colectivos más generosos de la historia

Oigo estas voces y me acuerdo de ellas cuando revisto los resultados del ‘Covid19 Impact Survey’, una encuesta realizada en España, Italia, Alemania y Brasil a partir de más de 500.000 respuestas anónimas. Observo la línea azul de ansiedad y veo cómo sube y sube desde el 21% de abril de 2020 hasta el 37% de este febrero, lo que contradice el tópico perezoso que señala que cuando peor lo pasamos fue en el confinamiento. Suben el estrés (del 15% al 32%), la tristeza (del 13% al 30%) y la soledad (del 6% al 17%). Las líneas y los niños son la señal más clara de la duración de la pandemia. ¿Cuántos centímetros ha crecido tu hijo desde que todo esto empezó?

Los niños, como encarnación de la inocencia, representan a la perfección una de las peores paradojas de la época que nos ha tocado vivir: que, a pesar de lo mucho que ha tenido que sacrificar todo el mundo, cada cual a su manera, en un mayor o menor grado y con unas consecuencias u otras, el discurso que ha calado es el de que somos irresponsables hasta que se demuestre lo contrario. Pero ¿qué culpa tiene un niño de que en su infancia no haya podido disfrutar de sus abuelos? Me niego a seguir ese razonamiento: creo que ya es ahora de que empecemos a hablar de que los sacrificios sociales realizados para detener la pandemia pueden ser uno de los esfuerzos colectivos más generosos de la historia de la humanidad.

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Foto: Reuters/Juan Medina.

Ya sé que usted habrá visto a un tío sin mascarilla por la calle, ya sé que habrá visto en la tele a cuatro pijos en una fiesta y que la gente es muy mala. Sé que es más reconfortante pensar en la maldad inherente al ser humano porque eso nos exime de tener que reconocer que su bondad es inútil ante pandemias y catástrofes naturales. Pero ¿acaso hay algo más terrible que haber perdido tu trabajo, tus ahorros, tu estabilidad mental, tu adolescencia, tu infancia, tu vejez o, directamente, la vida de tus familiares y encima tener que recordar que la culpa es tuya?

Nos equivocamos con el foco: al menos desde el 14 de marzo, cuando se pidió a toda la población que no saliese de casa en un par de semanas, el coronavirus dejó de ser un problema vírico para convertirse en un problema social. Sin embargo, hemos seguido pensándolo como lo primero, a pesar de que todas las medidas tomadas tienen que ver con lo segundo. Como tal, la vacuna más eficiente ha sido la socialización de ese sacrificio. No es una queja: tenemos el problema de que hay que intentar convivir con un virus que se transmite en aquellas situaciones que hacen que la vida merezca la pena ser vivida; es decir, socializando, viendo a nuestros amigos y familiares, compartiendo el mundo.

Qué irresponsables somos los medios cuando solo hablamos de la irresponsabilidad

Pero, por lo menos, hagamos un esfuerzo por reconocerlo. Me enfado cada vez que veo a un tertuliano en una televisión diciendo que en Navidad se ha podido hacer de todo, imagino que apelando a su propia experiencia (esa máxima no falla: siempre se queja más el que menos debe). Mire, no: no se ha podido viajar entre comunidades (yo lo habría hecho si hubiese podido ser así); hay un toque de queda que no pensaba que vería jamás en mi vida, no digamos en tiempos de paz; y algunas personas, como mis padres, que cumplen escrupulosamente las medidas, llevan casi dos meses sin salir de su municipio. Y de casa apenas para comprar. Imagínese cómo les sienta que, además, un tipo en un plató de televisión sin mascarilla les diga que han podido hacer lo que les diese la gana.

Habrá quien matice que si la gente cumple es porque la han obligado a cumplir. Pero que un sacrificio sea impuesto no lo hace menos sacrificio: ¿un soldado llamado a filas en contra de su voluntad que muere en el frente no ha sacrificado nada? No hablamos ya de gente que se ha arruinado o que está fatigada: a medida que el tiempo pasa, comenzamos a hablar de haber perdido los mejores años de nuestras vidas. Especialmente, los de los niños, adolescentes y ancianos. En España mueren al año más de 400.000 personas; para todas ellas, el último año de sus vidas fue el año de la pandemia. No hay nada que podamos hacer, pero al menos entendamos el sacrificio.

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Foto: Reuters/Jon Nazca.

Miro otros datos, los del CIS, y reparo en que un 36,7% de los consultados afirma que solo sale de casa para ir al supermercado o a la farmacia y que un 4,9% no sale en absoluto. La gente, qué invento para defender una cosa o la contraria. Cómo disfrutamos en recordar a la gente aterrorizada y aislada que no estamos lo suficientemente aterrorizados y aislados, que las medidas no son suficientes, nunca son suficientes, sin que ya nadie se plantee cuáles son útiles, cuáles no, qué impacto pueden tener y por qué están ahí. Solo se habla de poner o quitar restricciones; y claro, en ese contexto, quién va a defender que se eliminen; de lo que no se habla es de cuáles habría que eliminar por útiles y cuáles implantar por eficaces.

Las medidas son como estar en calzoncillos y ponerse un abrigo de plumas encima de otro abrigo de plumas sin pensar que a lo mejor con una camiseta y unos pantalones gruesos calentábamos mejor las canillas.

¡Cómo es la gente! ¿Qué gente?

Estaba el otro día tomando una caña en una terraza con la persona con la que convivo cuando un ciclista comenzó a gritar a los que estábamos: "¡Qué vergüenza, parece que no sabéis lo que está pasando!". Me habría gustado explicarle que en ese momento hacía prácticamente cinco días que solo había salido de casa durante diez minutos para hacer una pausa del trabajo, que hace un mes que no veo a mis padres porque no pueden salir de su ZBS o que estar en ese lugar era más seguro que lo que hago durante diez horas al día: trabajar con esa misma persona en una misma habitación cerrada.

No todo es producto del egoísmo o la inutilidad: en pandemia, no tenemos el control

No deja de ser otra víctima de la búsqueda de culpables individuales a una situación que afecta a 7.700 millones de personas. Si te alimentan a base de vídeos de terracistas irresponsables, terminarás pensando que todo el mundo es culpable. El policía de balcón ha degenerado en culpabilizador de tertulia, siempre dispuesto a encontrar la excepción que permita defender la teoría de que todos somos tontos, malos y peligrosos. Los problemas de la comercialización de la vacuna o de la saturación de los hospitales, sin embargo, son como los terremotos o las nevadas, fenómenos naturales por los que no hay que pedir explicaciones a nadie.

Hay varias Españas, como siempre. Una que se queja de que podemos hacer demasiadas cosas porque hace demasiadas; y otra que no hace nada, pero que no sabemos que no hace nada precisamente por esa misma razón, y que se desliza lentamente hacia el hastío, la tristeza y la depresión. Tengo tres guantes que lanzar a los sociólogos que quieran investigarlo: Uno, ¿hasta qué punto las constantes acusaciones de irresponsabilidad ciudadana no conducen a comportamientos más irresponsables, precisamente porque amplían la sensación de que todo el mundo hace lo que quiere? Dos, ¿hasta qué punto que la televisión sea una realidad aparte donde no existen las mascarillas ni las restricciones no provoca una relajación entre los telespectadores? Tres, ¿hasta qué punto el discurso del egoísmo omnipresente no provoca un mayor impacto psicológico entre aquellos que cumplen escrupulosamente las normas y que se sienten más tontos por hacerlo?

Foto: Gente paseando por la calle con mascarilla. (EFE)

De la pandemia he aprendido pocas cosas, pero entre ellas se encuentra haberme dado cuenta de que vivimos en una pandemia. Eso quiere decir que no todo lo que ocurre es producto del egoísmo o la inutilidad, sino simplemente de que estamos en una situación que se escapa a nuestro control. Nos gusta tener la ilusión de que podemos evitar todo y que si no es así hay algún culpable, pero a veces no lo hay: eso es lo que he aprendido de la pandemia.

Hace unas semanas, Ingeborg Porcar, directora de la Unidad de Trauma, Crisis y Conflicto de Barcelona (UTCCB), me explicaba la distinción entre el daño primario, el causado de manera directa por la pandemia (muertes, crisis económica); y el secundario, el derivado de este (como las promesas incumplidas o la sensación de humillación). Quizá hemos dedicado demasiado tiempo, esfuerzo y desvelos a mitigar un daño primario que se escapa de nuestro control, pero a cambio hayamos amplificado el secundario hasta niveles difíciles de cuantificar y de los que solo nos daremos cuenta cuando sea demasiado tarde. En otras palabras, sobrevivir para ser peores.

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