Antonio Giménez Cuesta, el abuelo gorritas

Le pregunto a Amaya más cosas de su padre, y le prometo que intentaré honrar a este desconocido haciendo que su historia se conozca

Foto: Amaya junto a su padre, Antonio Giménez Cuesta, fallecido por coronavirus. (Fotografía cedida)
Amaya junto a su padre, Antonio Giménez Cuesta, fallecido por coronavirus. (Fotografía cedida)

Me escribe Amaya para decirme que su padre, Antonio Giménez Cuesta, muerto de coronavirus, no es una cifra. “No me contéis más mentiras, ni falacias”, dice dirigiéndose no sé si a los políticos o a los periodistas, o un poco a todos, y me cuenta que tiene ahora tanta rabia dentro, encerrada en su pequeño piso, sin haber podido enterrar a su padre, que cuando salga piensa hacer pintadas en los chalés, moncloas y zarzuelas.

Y yo no se lo digo, pero pienso que tiene todo el derecho del mundo. “Mi padrecito bueno, Antonio Giménez Cuesta, nunca comulgó con ninguna religión ni partido político porque su única filosofía era el amor. A ver si de una vez por todas, políticos, reyes, ministros, diputados, vicepresidentes entienden que esa es la única política posible”. La furia es una de las expresiones típicas de un duelo que no puede expresarse de otra forma, pero yo le pregunto a Amaya más cosas de su padre, y le prometo que intentaré honrar a este desconocido haciendo que su historia se conozca.

Amaya me dice que Antonio nació en tiempos difíciles, el 11 de mayo de 1936, un poquito antes del estallido de nuestra guerra. La madre de su padre vendía jabones de estraperlo en la posguerra, y su padre tenía una bodega en El Puente de Vallecas. Aquel Madrid de entonces era, sin embargo, claustrofóbico, y su padre siempre fue un culo de mal asiento. Quizá por eso eligió una vocación en movimiento constante, la de camionero. Amaba su “rosca”, como llamaba al volante, y todavía le gustaba conducir ahora. Dice Amaya que cada vez que regresaba de viaje era como si vinieran los Reyes Magos.

Antonio adoraba a su mujer, hasta el punto de que todos los días le preparó el desayuno. No la dejaba levantarse hasta que lo tenía todo preparado, cosa que podía alargarse un rato, y mira que su madre es una mujer de carácter. A ella le ponía tostadas con tomate y aceite, y él las tomaba con mantequilla y mermelada, puesto que le encantaba el dulce. Después de casarse, se fueron a vivir a Arganda del Rey, donde se compraron un pisito pequeño, y tuvieron cuatro hijos de los que Amaya es la menor, después de Toñín, Paqui y Chelo. El gran vuelco de la vida de esta familia vino cuando su padre compró un camión que resultó ser una estafa. Una noche, cuando Amaya era muy pequeña, llegó la policía y los echó a la calle.

Las personas honradas pueden con todo y finalmente, no se sabe bien cómo, pues toda resurrección es un milagro, salieron adelante

Tuvieron que empezar de cero. La estafa fue tan salvaje que hasta salieron en una revista de la época, una verdadera tragedia. Pero las personas honradas pueden con todo. Su madre encontró trabajo como limpiadora en el colegio de Amaya, mientras Antonio seguía quemando llantas por España, y finalmente, no se sabe bien cómo, pues toda resurrección es un milagro, salieron adelante. Se habían mudado a Vallecas a casa de la abuela materna y allí crecieron los niños con toda humildad. Una sencilla ración de camarones en un cucurucho de papel a la hora del vermú lo arreglaba todo. Cuando le pregunto a Amaya cuál es el primer recuerdo que tiene de su padre, dice que es precisamente este:

“Mi madre me ponía un abrigo de color azul oscuro de paño con un lazo rojo. Me encantaba darle la mano y pasear por Vallecas. Mi recuerdo más antiguo son sus manos gruesas y cuidadas. Siempre se las lavaba con detergente al bajarse del camión, y nunca le olieron a grasa. Me encantaba ir con él a tomar el vermut porque siempre me compraba un cucurucho de camarones en el bar, y me 'pirriaban”.

"Mi recuerdo más antiguo son sus manos gruesas y cuidadas. Siempre se las lavaba con detergente al bajarse del camión, y nunca le olieron a grasa"

Antonio siempre llevaba gorra, y por eso los hijos de Amaya le llamaban “el abuelo gorritas”. Por sus nietos, era capaz de cometer pequeñas faltas: el último día que Amaya los invitó a comer al Vips, el abuelo gorritas robó un paquete de lacasitos para sus nietos. “Me los dio a la salida”, dice Amaya, “y yo le regañé. Ahora me hace gracia”. En su sillón, que era de esos que suben los pies de forma eléctrica, pasaba Antonio las tardes viendo su fútbol, que era lo que más le gustaba, y leyendo libros de historia, sobre todo de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

Amaya me dice también, antes de despedirnos, que no va a poder borrar de la mente algunas de las expresiones de Antonio, “eso es canallesco, extraordinario”, su léxico familiar que, como nos dice Natalia Ginzburg, es nuestra única lengua materna verdadera. Ahora, cuando Antonio ya no es una simple cifra, su léxico familiar es un poco más el nuestro. Que descanse en paz, y que todos los camiones de España lo recuerden en las carreteras.

#noesunacifra
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