El fracaso de la conspiración y de los conspiradores

En vísperas del décimo aniversario de los atentados del 11-M, la teoría conspirativa que se fue tejiendo sobre su autoría ha fracasado

Foto: E. Villarino
E. Villarino

En vísperas del décimo aniversario de los atentados del 11-M, la teoría conspirativa sobre su autoría -alternativa a la judicial establecida por la Audiencia Nacional en sentencia 65/2007 de 31 de octubre y por el Tribunal Supremo en la 503/2008 de 17 de julio- ha fracasado. Y lo ha hecho porque siempre respondió a una inspiración que no buscaba la verdad sino que respondía a otras pulsiones y fundamentalmente a tres: una mayor venta de periódicos y un aumento de la audiencia de radio (de El Mundo y de la Cope, respectivamente); el deseo de protagonismo y poder de determinados periodistas y la conveniencia política del PP de engancharse al carro de una ignota autoría -barajando siempre la de la banda terrorista ETA- para cubrir la mala gestión de la crisis que los atentados provocaron y la derrota electoral de 2004 que, por cierto, se reiteró en 2008. Y para salvar la cara de una versión que se desplomó en poco más de cuarenta y ocho horas.

La teoría de la conspiración ha fracasado porque ni siquiera los que la mantuvieron contra viento y marea son capaces de sostenerla. El gran testigo de cargo (¿Cuántas portadas en El Mundo?), el delincuente Suárez Trashorras, se ha desdicho en este diario (“Implicar a ETA en el 11-M fue una tontería. Lo dije para generar confusión”), y el gran inspirador de las tesis alternativas, Pedro José Ramírez, declaró palmariamente el domingo pasado que “no descarto de plano la participación de ETA en el 11-M, pero la veo improbable”. Hay algo de metafóricamente justiciero en el hecho de que Suárez Trashorras hable ahora y de que Pedro José Ramírez también lo haga recién destituido de la dirección del periódico que comandó las tesis conspirativas y entre cuyos trofeos periodísticos el editorial de despedida de su diario  no menciona la “investigación” sobre el 11-M. Otros actuantes en la trama conspirativa han desaparecido o militan en la marginalidad mediática, a tal punto que no merecen ni siquiera una especial mención.

García-Abadillo, Gómez Bermúdez y Sánchez Manzano

Sin embargo, ha sido la entrevista del nuevo director de El Mundo. Casimiro García-Abadillo publicada ayer (cinco columnas en portada y cuatro páginas en el interior) con el presidente del Tribunal que sentenció el 11-M y fue ponente de la resolución, el magistrado Javier Gómez Bermúdez, la que realmente da fe del fracaso completo de la teoría de la conspiración. El juez, en cada una de las preguntas que le plantea el nuevo responsable del diario, le responde con un hachazo documentado y ratificador de la sentencia, hasta el punto de que García-Abadillo termina por inquirirle suplicantemente “¿usted cree que El Mundo estaba en una especie de operación para hacer creer que había una conspiración?”. La respuesta de Gómez Bermúdez es perdonavidas: “Ustedes pensaban que había algo no aclarado. También pienso que cuando tuvieron evidencias claras de que no llevaban razón no fueron capaces de rectificar en el momento, sino que dejaron pasar un poco de tiempo, fueron virando. Dicho esto ¿se les puede reprochar? Mire, yo no soy quien para juzgar lo que hace un medio de comunicación, lo que sí creo es que en su planteamiento inicial fueron honestos”. Absuelto (en su “planteamiento inicial”) dadivosamente El Mundo nada menos que por Gómez Bermúdez, García-Abadillo, puede ya olvidarse -el sí, los demás, no- de la conspiración del 11-M y pasar página del pedrojotismo, que para eso le sirvió ayer publicar, a modo de purgatorio, la entrevista.   La conversación con Gómez Bermúdez, sin embargo, encabritó ayer determinadas ondas: el apuntalamiento de la versión policial-judicial se asemejó en algunos como una patada en su hígado.

Un libro de reciente aparición escrito por Jesús Sánchez Manzano relata las supuestas brumas sobre la clase de explosivo que los terroristas utilizaron en los atentados (sin duda, dinamita goma, procedente de Mina Conchita, en Asturias, y no Titadyne)Pero hay más. Un libro de reciente aparición (“Las bombas del 11-M. Relato de los hechos en primera persona”) escrito por el que fuera jefe de los TEDAX en aquella dramática fecha, Jesús Sánchez Manzano (que ha cedido los beneficios de la publicación a la Fundación Huérfanos Cuerpo Policía Nacional), relata de una manera puntillosa y extensa, a veces pedagógicamente reiterativa, las supuestas brumas sobre la clase de explosivo que los terroristas utilizaron en los atentados (sin duda, dinamita goma, procedente de Mina Conchita, en Asturias, y no Titadyne) y reivindica con una dignidad encomiable su profesionalidad y transparencia, arremetiendo contra los conspiradores y sus tesis, haciéndolo con toda suerte de argumentos convincentes, reflejados en buena parte en las sentencias judiciales.

Sánchez Manzano, defendido ayer por Gómez Bermúdez, considera  que fue Casimiro García-Abadillo, actual director de El Mundo el que lideró con sus escritos la teoría conspirativa (página 89). Este periodista fue el autor de la frase más brutal que se escribió (29 de marzo de 2004) sobre el PP y el 11-M: “Las elecciones estaban a la vuelta de la esquina (…) Se mantuvo la tesis de ETA hasta el 14-M. Alguien hizo la cuenta del 11-M en escaños.” Veredicto que venía precedido de un terrible exordio: “Si el 11 de marzo no hubiera estado tan cerca de las elecciones, probablemente Aznar se hubiera comportado de otra manera. Hubiera actuado como un profesional; es decir, como un presidente que sólo tiene un objetivo prioritario: ayudar a las víctimas, descubrir a los culpables y ponerlos a disposición de la justicia”.

Los ciudadanos que de buena fe quieran informarse y contrastar versiones, ahí tienen el libro valiente y digno de Jesús Sánchez Manzano que pueden adquirir, no en librerías, sino en bit.ly/lasbombasdel11m. Por supuesto, los que sigan convencidos de que hubo una conspiración, les bastará descalificarlo sin necesidad de leerlo. Quedarán decepcionados si prefieren acercarse a la última obra de José María Aznar (“El compromiso del poder”). El ex presidente no entra en detalle alguno sobre el 11-M, al que dedica el último capítulo de la segunda entrega de sus memorias (páginas 291 a 315)

El silencio de Zapatero

El porqué de los atentados, más allá de las versiones domésticas, lo responde en un libro también imprescindible y reciente (“¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España”, editado por Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores) el catedrático de Ciencia Política, y uno de los mayores y mejores expertos europeos en terrorismo, Fernando Reinares. Bastará esta cita para descubrir su interés: “Para entender de dónde procede la red del 11-M, por qué se decidió atentar en España, quién fue el instigador de la matanza de los trenes de cercanías y cuáles las conexiones internacionales que facilitaron sus planes, es preciso empezar por conocer que en 1994, una década antes, Al Qaeda, la organización terrorista responsable de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, había establecido una importante célula en el territorio español.”(Página 13).

Nadie está en condiciones de afirmar que lo que ocurrió el 11-M se conoce en plenitud y de manera conclusa. Pero dentro del margen de las certezas están unas por afirmación -las tesis judiciales que no han sido rebatidas en la justicia internacional- y otras por negación -no es cierto que no se sepa quiénes atentaron y cómo lo hicieron, tal y como mantienen los ya menguados portavoces de las teorías de la conspiración-El fracaso de las tesis conspirativas -que fueron mutando a conveniencia y que terminaron por implicar a policía, servicios de inteligencia de otros países, sistema judicial- ha sido tardío porque la añagaza fue muy resistente entre otras cosas porque José Luis Rodriguez Zapatero -que ahora la denomina como “insidia”- la dejó rodar seguro como estaba de que enfangaba al PP como efectivamente lo hizo entre 2004 y 2008. Su Gobierno no salió al paso de las versiones lesivas para las instituciones, cuerpos funcionariales o mecanismos estatales y, paradójicamente (sólo en apariencia) su relación con la comandancia de la trama conspirativa -Pedro José Ramírez- fue algo más que fluida: cercana y habitual, aunque no se tradujera, como en el caso de Aznar, en amigables partidos de pádel.

Nadie está en condiciones de afirmar que lo que ocurrió el 11-M se conoce en plenitud y de manera conclusa. Lo absoluto está reñido con lo humano. Pero dentro del margen de las certezas -que son las esenciales- están unas por afirmación -las tesis judiciales que no han sido rebatidas en la justicia internacional- y otras por negación -no es cierto que no se sepa quiénes atentaron y cómo lo hicieron, tal y como mantienen los ya menguados portavoces de las teorías de la conspiración-.

Estos fueron apelados, con su habitual valentía, por Irene Lozano el 11 de noviembre de 2007 desde las páginas del diario ABC, que por subordinarse a la profesionalidad que impone la deontología del oficio, con mucho coste, impidió la unidad de acción que pretendían los conspiradores. La actual diputada de UPyD en un artículo titulado “El respeto a la verdad” se preguntaba “¿Esto va a quedar así? ¿Nadie es responsable de las mentiras de la investigación del 11-M? ¿Nadie en los medios? ¿Nadie en los partidos? ¿Absolutamente nadie y caso cerrado? (…) ¿Nos damos cuenta de cómo  envilece la vida pública el que la mentira no tenga consecuencias?” Y añadía: “Si no hay media docena de dimisiones políticas y periodísticas, no se restituye el respeto a la verdad, ese frágil hilo sin el cual se desencuadernan los códigos éticos de una sociedad y se tritura la confianza en sus instituciones públicas y privadas. Esto no puede quedar así”. Añadir una palabra más a las de Irene Lozano resultaría una torpeza. Sólo resta agradecérselas. Y constatar que el tiempo pone a cada uno en su lugar.

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