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Charnegos y maquetos. ¿Españoles que no quieren serlo?
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José Antonio Zarzalejos

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Charnegos y maquetos. ¿Españoles que no quieren serlo?

Los nacionalismos catalán y vasco han sido hiperlegitimados y abultadamente votados por efecto de un relativamente extraño fenómeno de desnacionalización española en el País Vasco y

Foto: El expresidente de la Generalitat José Montilla (i) y el lehendakari Patxi López (d). (Efe)
El expresidente de la Generalitat José Montilla (i) y el lehendakari Patxi López (d). (Efe)

Los nacionalismos catalán y vasco han sido hiperlegitimados y abultadamente votados por efecto de un relativamente extraño fenómeno de desnacionalización española en el País Vasco y en Cataluña. Fenómeno protagonizado por la mimetización de los grandes flujos migratorios hacia esas comunidades que fueron enormes a partir de los años sesenta del siglo pasado, en combinación con el acercamiento político y la colaboración estrechísima de la izquierda, que los acogía mayoritariamente, con los nacionalismos de ambas comunidades.

En el Parlamento de Vitoria y en el de Barcelona las mayorías absolutas son rotundamente nacionalistas. En Cataluña entre CiU, ERC y CUP suman 74 escaños de los 135 de la Cámara legislativa y en Euskadi entre el PNV y Bildu, 52 escaños de los 75 del Parlamento. No es inexacto calificar ambas mayorías absolutas de secesionistas o independentistas con los matices que se quieran, Y tales mayorías no serían posibles si no fuera por el ya apuntado afán mimético de las primeras generaciones de emigrantes que consistió en un esfuerzo por integrarse en las sociedades receptoras conforme a  las pautas de las burguesías dirigentes en Bilbao y Barcelona -ambas, ciertamente colaboracionistas con el franquismo como acredita la historia más objetiva, salvando excepciones que confirman la regla-, y que a partir de los años ochenta -con los Estatutos de autonomía- comenzaron una práctica de progresiva asimilación de la inmigración.

Es paradójico que haya sido la España migrante de hace cincuenta años la que ha encumbrado a fuerzas políticas nacionalistas en esas dos comunidades. El vehículo mimético y asimilador no han sido directamente ni el PNV ni CiU, sino, principalmente, los partidos socialistas (PSE en Euskadi y PSC en Cataluña), que se quisieron distanciar de la derecha por sus evocaciones hereditarias del franquismo y demeritaron la identidad española en la medida en que España resonaba todavía como “Una, Grande y Libre”, expresión emblemática de la dictadura.

El nacionalismo catalán en sus distintas versiones y el vasco cuidan a los nietos de los charnegos y maquetos porque no tienen otra alternativa demográfica y social

Fueron los socialistas los que doblaron el pulso inicial a la estigmatización de castellanos, gallegos, extremeños o andaluces como charnegos en Cataluña o maquetos en el País Vasco, vocablos de marchamo nacionalista conceptualmente diferentes porque el primero alude a lo lingüístico-cultural y el segundo es marcadamente étnico. Ahora, y desde hace ya años, en ambas comunidades a nadie se le ocurre aludir a esas expresiones de origen despectivo y prepotente, aunque en el imaginario de las terceras generaciones -los nietos de aquellos inmigrantes de los sesenta- siguen teniendo resonancia y reactividad.

La prima socialista a los nacionalismos

Los socialistas vascos y catalanes, en una visión de España muy condicionada por la historia precedente a la democracia, han venido ofreciendo una prima a los dos grandes nacionalismos. El PSE sostuvo en el gobierno vasco al PNV desde 1986 hasta finales de los años noventa, incluso en una tesitura en la que su partido obtuvo más diputados que los nacionalistas. Y el PSC, una convergencia de las corrientes socialistas catalanas del final de los setenta, no tuvo mayor objeción en formar dos tripartitos con ERC, siendo el primero de ellos el que lanzó el Estatuto de 2006.

En ambos casos -y basta comprobar la realidad política actual- en una y otra comunidad los socialistas están postergados y emergentes y potentes los nacionalistas en sus alas moderadas y radicales. El PSOE del inmediato futuro sólo recuperará el terreno perdido si se constituye en una izquierda que no secunde a las mesocracias nacionalistas de Bilbao y Barcelona y, por el contrario, ofrezca una alternativa a ellas. En cuanto a la derecha no nacionalista, el desastre en esas comunidades es histórico y de remontada improbable ahora y por mucho tiempo.

Resulta difícil creer, y mucho más asumir, que sean los hijos y nietos de charnegos y maquetos los que hagan de serpas a los nacionalismos secesionistas para alcanzar la cumbre de su programa de máximos

Según el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat de Cataluña, el 60% de los consultados en un sondeo publicado el pasado martes votaría favorablemente para que la comunidad se convirtiese en “un Estado en Europa”. La pregunta es turbia y, por lo tanto, carece del valor necesario para dotar de plena fiabilidad a la encuesta. En realidad, cuando se trata de una desmembración territorial y la decisión no es ante un formulario sino ante las urnas -compruébese Quebec por dos veces y veamos lo que sucede en Escocia- los mecanismos racionales y sentimentales regresan a la trayectoria personal y familiar del votante, a una especie de identidad de ultratumba. Y ahí es donde tiene sentido el trabajo que ha elaborado Miguel Angel Quintanilla, director del área de publicaciones de FAES, que ha indagado en los apellidos de los ciudadanos vascos y catalanes. Les remito a la página web de la fundación para que comprueben los resultados pero les adelanto que la profusión de García, Martínez, López, Sánchez, Rodríguez, Fernández, Pérez, González y Ruiz es tal en Cataluña y el País Vasco que cuesta creer -y cuesta mucho- que las sociedades de esos territorios, por mimetizados y asimilados que estén su habitantes con orígenes en otros, opten por quebrar la unidad plural de España.

El nacionalismo catalán en sus distintas versiones y el vasco -algo menos- cuidan a los nietos de los charnegos y maquetos porque no tienen otra alternativa demográfica y social que hacerlo para sobrevivir y elevar el diapasón de su propia ideología identitaria que se basó históricamente en la diferenciación del/con el otro. Es decir, se fundamentó en la pertenencia ancestral. La sobrevenida de los otros españoles, primero, fue rechazada (el PNV nació reactivamente a la industrialización vasca y al obrerismo de finales del siglo XIX) y, luego, se convirtió en una energía de la que se apropiaron a través del gran fallo histórico de la izquierda española que ha consistido en no serlo. Esa contradicción interna alcanza su máxima expresión en el PSC que tuvo todas posibilidades en su mano con un presidente de la Generalitat que se apellidó Montilla y nació en Córdoba y, en cierta medida, en el PSE, que tuvo un lendakari que se apellidó López.

Resulta difícil creer, y mucho más asumir, que sean los hijos y nietos de charnegos y maquetos los que hagan de serpas a los nacionalismos secesionistas para alcanzar la cumbre de su programa de máximos. No es nada extraño, en este contexto, que la película “Ocho apellidos vascos” esté siendo un éxito de taquilla. Porque quizás, el primer gag de los muchos que abundan en el filme consista en el título de la cinta. Hay, claro, vascos -como habrá catalanes- con ocho apellidos autóctonos pero no son esos ciudadanos los que hacen masa crítica independentista.

Los nacionalismos catalán y vasco han sido hiperlegitimados y abultadamente votados por efecto de un relativamente extraño fenómeno de desnacionalización española en el País Vasco y en Cataluña. Fenómeno protagonizado por la mimetización de los grandes flujos migratorios hacia esas comunidades que fueron enormes a partir de los años sesenta del siglo pasado, en combinación con el acercamiento político y la colaboración estrechísima de la izquierda, que los acogía mayoritariamente, con los nacionalismos de ambas comunidades.

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