'Ocho apellidos vascos': un bodrio

Arrasa en taquilla y se ha convertido en una especie de paradigma de la comedia española. Sin embargo, Ocho apellidos vascos es un auténtico bodrio

Foto: Presentación de la película Ocho apellidos vascos. (EFE)
Presentación de la película "Ocho apellidos vascos". (EFE)

Arrasa en taquilla (ya va por 16 millones de euros) y se ha convertido en una especie de paradigma de la comedia española. A tal punto que se ha llegado a comparar con la francesa Bienvenidos al norte, que en 2008 fue un gran éxito en Francia y en Bélgica. Sin embargo, Ocho apellidos vascos es un auténtico bodrio que no llega ni de lejos a la altura de la astracanada (un disparate para hacer reír y sonreír con la ironía) de las que elaboraba con maestría Pedro Muñoz Seca. Por supuesto, tampoco es comedia (obra en cuya acción predominan aspectos alegres o humorísticos y cuyo desenlace es feliz). Es, ya digo, un bodrio (un cosa mal hecha) que, simplemente, hace reír, o sonreír, y, en muchos casos, como recurso para no llorar.

Es comprensible que a los abertzales proetarras no les haya gustado; igualmente, tampoco a las víctimas del terrorismo. Pero a los que, siendo vascos y en la misma medida, españoles, y ni abertzales, ni víctimas, y hemos vivido  allí y ahora lo hacemos aquí y no necesariamente por gusto (en mi caso nací en Bilbao en 1954 y me trasladé a Madrid en 1998), la película de marras podría parecernos –a mí me lo parece y a vascos que tengo muy cerca con ocho apellidos de aquella tierra también– una torpe banalización de lo que suponen ETA y su entorno, realidades sociales ambas que están muy lejos de haber desaparecido en sus aspectos más trágicos de la memoria –incluso del presente– de los ciudadanos del País Vasco.

No veo que sea compatible Bolinaga en libertad con la carcajada desinhibida de 'Ocho apellidos vascos'

Mucho antes de que los hábiles guionistas de la película –que lo son del exitoso programa de la televisión vasca Vaya semanita– ideasen el libreto de esta cinta, Txomin del Regato, el alias profesional de Jesús Prados, se hizo célebre en pleno franquismo por ataviarse con una txapela y un blusón de aldeano, enfatizando el acento rural vasco en el habla castellana y relatando chistes domésticos. Los gags de Ocho apellidos vascos los podía haber escrito aquel cómico sin demasiado esfuerzo, aunque no hubiese caído seguramente, en la frivolidad de manejar según qué cosas con una pretendida benéfica desdramatización. La propuesta para hacerlo es inoportuna y extemporánea. No ha pasado tiempo suficiente.

Quedan años para que podamos reírnos de un aita arrantzale (Koldo) que reúne en su apariencia y sus dichos todos los tópicos y estereotipos del vasco sin urbanizar; quedan muchísimos más para que podamos creer (y reírnos) de que los abertzales radicales que corean al protagonista por su impostado vigor independentista y borroka son una especie de imbéciles inocuos, o que la protagonista, la tal Amaia, pueda representar a una muchacha estandarizada dado el brote psicótico que le afecta durante toda la historia que dirige Emilio Martínez Lázaro y a la que hace pronunciar la expresión hostia decenas de veces durante el metraje. Por no hablar de Mercedes, luego Mertxe y más tarde Anne Igarteburu, que aparenta ser viuda de un guardia civil, vive en un caserío adornado de tricornios y a la que le entran furores por el aita de Amaia, hasta que se lo lleva a la piltra por aquello de que los vascos son tímidos sexuales.

Como escribió Jon Juaristi en ABC el pasado domingo “la tragedia de ETA sigue formando parte del paisaje cotidiano del País Vasco, y se resiste a su transformación en comedia. El tiempo no ha empezado siquiera a desgastarla”. Pero hay algo mucho más grave en esta película que el intelectual bilbaíno denuncia: “Conozco los estereotipos de los vascos que corren entre los andaluces, y a la inversa, los que circulan de los andaluces entre los vascos, y nunca dejarán de parecerme peligrosamente ambiguos. En el extremo, refuerzan el inveterado cainismo de la raza (…)”. Me ocurrió como a mi paisano: me reí a regañadientes –también lo hacía con Txomin del Regato en mi juventud bilbaína– porque, como recuerda Juaristi, “es muy sano, pero según cómo y, sobre todo, según cuándo”.

Me permito alertarles para que no se tomen a broma 'Ocho apellidos vascos'. Si lo hacen, cometerían, sin saberlo, un serio error

Al margen de lo topicuda y superficial de Ocho apellidos vascos –una explotación desorbitada de los más rancios estereotipos de vascos rurales y de andaluces catetos e ignorantes, igualando en necedad a los unos y a los otros– lo esencial de esta crítica es lo que señala Juaristi: el cuándo del film. Aquí, mientras escribo, tengo el libro Vidas rotas de Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey, una exacta lista de las víctimas de ETA. Cuatrocientos asesinatos de la banda terrorista todavía no se han esclarecido. Y también al lado, el recorte para mi archivo, de la acusación fiscal a Bolinaga –que potea por Mondragón, excarcelado desde octubre de 2012– por un atentado contra un guardia civil en 1986. El etarra, no arrepentido que se sepa, fue el vigilante de Ortega Lara durante más de sus quinientos días de secuestro. O sea: ese delincuente, con una enfermedad que podría ser crónica, sigue paseando por las calles de Euskadi. La verdad, no veo que sea compatible Bolinaga en libertad con la carcajada desinhibida de Ocho apellidos vascos.

Y sí, ya lo sé: tenemos poco sentido del humor (los vascos tenemos otros sentidos, pero no precisamente ese); hay que reírse porque hacerlo relativiza las tragedias y beneficia a la salud (¿y los que no están?); es bonísimo que nos riamos de nosotros (¿dónde estamos nosotros en ese bodrio?) y etcétera. Por si acaso, y no sea que la película –aun no queriéndolo– pretenda arrebatarnos la afección a la justicia y la necesaria indignación, me permito, desde mi humilde experiencia vital, alertarles para que no se tomen a broma Ocho apellidos vascos. Si lo hacen, cometerían, sin saberlo, un serio error. 

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