El secesionismo vive, el proceso está muerto
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José Antonio Zarzalejos

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El secesionismo vive, el proceso está muerto

El caso Pujol –cuyas consecuencias para CiU no se contemplan en el barómetro del CIS publicado ayer– no ha herido letalmente al secesionismo en Cataluña. Pero

Foto: Cadena humana por la independencia. (EFE)
Cadena humana por la independencia. (EFE)

El caso Pujol –cuyas consecuencias para CiU no se contemplan en el barómetro del CIS publicado ayer– no ha herido letalmente al secesionismo en Cataluña. Pero ha mermado el entusiasmo que el viaje independentista a Ítaca provocaba en algunos colectivos recién llegados a la ilusión del Estado independiente del sí y sí en la improbabilísima consulta del 9-N.

La corrupción continuada en Cataluña, protagonizada por el expresidente de la Generalitat y su familia, ha sido –está siendo– un acontecimiento de tanta dimensión que es imposible suponer que no provocará, casi inconscientemente, un retraimiento en ese entusiasmo tan argumentado por los convergentes y republicanos, según el cual España “nos roba”, “nos expolia” y “nos frena”. Ya se ha visto que la realidad era y es bastante distinta al prontuario de eslóganes del secesionismo victimizado.

Ha cambiado el elenco de actores principales que encarnaban los valores “del país”, aunque Cataluña no pueda reducirse ni a Pujol ni a Mas ni a Junqueras. No confundamos los términos de la cuestión: la aspiración secesionista persiste en sectores amplios de ciudadanos catalanes y tanto allí como en el País Vasco –aunque hubiera una satisfacción mayoritaria por una solución alternativa– siempre habría bolsas sociales con aspiraciones independentistas.

Ocurre, sin embargo, que una cosa es el secesionismo y otra, bastante diferente, el denominado proceso soberanista. Este último ha muerto, ha fracasado, no es viable. Como suponían algunos, el proceso soberanista que Mas y Junqueras comandan, ha estallado en mil pedazos y renqueará hasta el 9-N. Pero tal y como ahora está planteado ha dejado de tener la más mínima virtualidad política.

El proceso soberanista aspiraba a encauzar –a través de las instituciones, los partidos separatistas y determinados organismos sociales– el propósito independentista de Cataluña. Pero el tal proceso –temerariamente adoptado como propio por Mas y CDC, y más temerariamente secundado por Unió– contenía en sus entrañas tantas contradicciones e improvisaciones que se ha mostrado como una iniciativa destructiva para la propia Cataluña.

Veamos cómo se han producido los acontecimientos:

1) El proceso destruye al PSC, que pasa de ser un partido con “dos almas” a no reconocerse en esa dualidad, decantándose a un lado y al otro del llamado “derecho a decidir”. Miquel Iceta quiere reunir las piezas desperdigadas del socialismo catalán, pero hoy por hoy, el PSC está en un hondón profundo.

2) CiU se ha roto. Estaba quebrado antes de que Pujol dinamitase CDC porque Unió –a través del paso atrás de Duran i Lleida– tarde o temprano se iba a desagregar de la federación. Ahora los convergentes están tratando de improvisar una refundación que los libre de la memoria del pujolismo (empeño muy difícil) y Unió quiere ser el germen de una nueva formación ‘centrista’ (un poco tarde)

3) Esquerra Republicana de Catalunya ha depredado a CiU y al PSC y hoy es, sin duda de género alguno, el primer partido catalán. No sólo se quedó con los doce escaños que perdió Mas en las elecciones autonómicas de 2012, sino que, además, ganó a CDC en las europeas del 25-M, y según el CIS publicado ayer, ganaría en Cataluña las elecciones generales, hecho que carece de precedentes en esta democracia.

4) A ERC le ha salido por la izquierda un invitado inesperado: Guanyem, que es Podemos más Ada Colau y su Plataforma Anti Desahucios. Y no parece que ese magma izquierdista, en el que militarían personas como el fiscal Jiménez Villarejo, esté por la labor de hacer un Estado a la medida ni de Mas ni de Junqueras. Vamos, que la franquicia catalana de Pablo Iglesias está a otra bola, a otro tema, al sorpasso de IU, y en Cataluña contaría además con la simpatía de ICV de Joan Herrera.

5) ERC, ante este panorama, quiere que Artur Mas se siga abrasando hasta consumirse en el Palau de Sant Jaume, sin que entre en sus cálculos compartir con CDC –y menos ahora– el Govern de la Generalitat catalana. Los republicanos –históricamente es así– detestan Barcelona y a su burguesía y abominaban del pujolismo hasta el punto de acceder a gobernar en 2003 con Maragall primero y con Montilla después con tal de apear a CiU del poder. Ahora, además, están triturando a los convergentes sin que nadie en CDC y alrededores detenga el voraz espectáculo de canibalismo político al que asiste la burguesía catalana, que ha entrado en una especie de perplejidad cataléptica.

En los libros de historia y en los de ciencia política se escribirá algún día un capítulo para explicar cómo la incompetencia política de CDC y de sus líderes dinamitó, no solo la organización, sino el entero sistema de partidos catalán que parece migrar a un territorio en el que va a reinar un caos propiciado por el sostenimiento artificial y artificioso de un proceso soberanista con un poder autodestructivo sin precedentes.

Si se conoce la historia de Cataluña, se advertirá que cuando su sociedad y su microsistema político-institucional entran en crisis, aparece –en formas diversas pero muy reconocibles– la anarquía, que en su tiempo fue el anarquismo. Hay que imaginarse el Paseo de Gracia barcelonés con una mayoría municipal de ERC y Guanyem. Pues imagínenselo, porque si nadie lo impide, eso es lo que va suceder. Quizás Artur Mas tenga que irse –en definitiva no deja de ser el ‘yerno’ de Pujol– y dejar paso a otro dirigente sin la falsa legitimación del pujolismo que corrija el rumbo y evite el desastre. Al que se llega, según Cambó, cuando se pide lo imposible o cuando se retrasa lo inevitable.

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