Las luces del hombre del color rojo

El título de este post tiene una intención adicional: advierte al lector de que no encontrará, si lee el texto, críticas contra la persona del fallecido Emilio Botín

Foto: El presidente del Banco Santander, Emilio Botín (Reuters)
El presidente del Banco Santander, Emilio Botín (Reuters)

El título de este post tiene una intención adicional a la habitual: advierte al lector de que no encontrará, si sigue leyendo este texto, críticas contra la persona del fallecido Emilio Botín. Y no las habrá por dos razones. Una primera porque, conociendo su comportamiento en circunstancias adversas, llegué a la convicción de que era una personalidad con gran calidad humana pero sistemáticamente olvidada. Y, una segunda: porque Botín, en su gestión al frente del Grupo Santander, ha sido un español que ha aportado a nuestro país una gran y positiva proyección. Nunca he escrito, mientras vivió, una alabanza del que fuera presidente del Santander. Ahora lo hago desde el convencimiento de que no podemos reiterar nuestra conocida y lamentable necrofagia intelectual.

Se concita una tercera razón por la que quisiera destacar las luces del empresario -¿cómo un hombre como él no tendría sombras?- y que consiste en la previsible (y que no descalifico en absoluto) catarata de artículos y necrológicas que abundarán en su lado menos amable y más controvertido. Los españoles tenemos un instinto depredador de nuestros propios activos, sean estos personas o materialidades. No conviene seguir los caminos trazados por la ferocidad con los poderosos que tantas veces lo son porque se lo han ganado a pulso, meritoriamente.

Emilio Botín era un apasionado y de ahí que el color rojo –omnipresente y excluyente de otros- sirva como metáfora de su definición empresarial e, incluso, personal. Todo lo que se ha contado acerca de su laboriosidad e intensa dedicación al Banco Santander es, seguramente, cierto. Como banquero su obra está ahí para que los expertos la glosen; pero como españoles deberíamos apreciar que la entidad bajo su mandato realizó tres grandísimas operaciones: la bancarización de toda la región latinoamericana; la penetración en mercados maduros, altamente competitivos (por ejemplo, Gran Bretaña) y la unificación de su marca en todo el mundo vinculándola a España y a la capital de Cantabria.

Hoy, la entidad es el primer banco comercial de eurozona  y pese a que España no le reporta sino una parte reducida de su facturación y beneficio, su sede sigue en Santander. Y jamás paso por su mente que así no fuera. Otros, con supuesta mejor “prensa”, no han actuado de la misma manera.

Llegué a la convicción de que era una personalidad con gran calidad humana pero sistemáticamente olvidada. Además, ha sido un español que ha aportado a nuestro país una gran y positiva proyección.Emilio Botín, tenía, además, un sentido hondo de la españolidad. Lo que se ha tenido por oportunismo (acerca de este asunto hay que leer el elogio del hombre inteligentemente oportunista que en “Fuego y Cenizas” describe Ignatieff) fue, por una parte, realismo, y por otra, un fuerte compromiso con la marcha socio-económica de España. Apoyó, cierto, a todos los Gobiernos, y lo hizo, además de por razones profesionales, por espíritu de responsabilidad. Podrían preguntárselo a los presidentes socialistas, pero también a los del PP, y concretamente a Mariano Rajoy. Botín y otro grupo de empresarios (desde Iberdrola hasta Ferrovial, OHL y tantas más) han sido los que han mantenido en el exterior lo mejor de la marca España. La internacionalización del Santander es, bajo el mandato de Emilio Botín, la tarea más emblemática de los últimos cincuenta años en la empresa española.

En lo que le conocí durante los años que dirigí, primero El Correo y luego ABC, a Botín le preocupó de manera constante  la sociedad española. No hay una obra privada de mayor alcance y envergadura que la asistencia, ayuda y colaboración con la Universidad española y latinoamericana a través de Universia. El fallecido presidente del Santander se implicó personalmente en la navegación de esta iniciativa que hizo habitual en su agenda el contacto con rectores, profesores y facultades, aquí y en América Latina. Quiso, además, que esta actividad de mecenazgo –los rectores, tanto de izquierdas como de derechas lo saben- fuese discreta porque él la entendió como una participación social del éxito del Santander.

Criterio el anterior que se puede extender a los patrocinios deportivos –el de la Fórmula 1 es muy visible, pero el del futbol también lo fue- y a las actividades culturales de la Fundación Marcelino Botín. Deben ser los cántabros los que valoren cómo el Centro Botín cambiará la morfología de su capital, difícil de entender sin las aportaciones de la familia del banquero. Este verano –con la urbe repleta como habitualmente en agosto- eran ya muy visibles las huellas de la apuesta apasionada del banquero por su ciudad a la que su esposa, Paloma O´Shea, ha convertido en referencia pianística con los premios que llevan su nombre. Presidenta de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, el Rey distinguió a la viuda de Botín con un marquesado por sus labores de mecenazgo musical.

El resumen es que el hombre al que el color rojo le identificaba hasta la manía, tendrá muchas sombras, pero conviene subrayar las luces: que fue un español de tronío, de los que salen pocos en los lotes generacionales, que resultó polémico porque a nadie le es indiferente un banquero poderoso, que la simpatía y el dinero casan mal en la proyección pública y sabiéndolo él procuró eludir la ostentación. Emilio Botín tuvo dos rasgos con los que termino de pergeñar este recuerdo al financiero: fue leal a sus leales y magnánimo con sus adversarios y enemigos. Algunos podrían discutir lo uno y lo otro, pero quienes conocen la historia recordarán con nitidez que el cántabro entendió muy bien la naturaleza humana y despreció siempre la venganza o la puñalada trapera. Incluso hizo algunos oídos sordos a mendacidades como puños que corrían recurrentemente por los circuitos financieros.

El resumen es que el hombre al que el color rojo le identificaba hasta la manía, tendrá muchas sombras, pero conviene subrayar las luces: que fue un español de tronío, de los que salen pocos en los lotes generacionales, que resultó polémico porque a nadie le es indiferente un banquero poderoso, que la simpatía y el dinero casan mal en la proyección pública y sabiéndolo él procuró eludir la ostentación. Y ayudó a algunas causas nobilísimas de las que tengo testimonio próximo y que contará quien resultó beneficiario de ello.

Botín era todavía necesario en una España convulsa como la de hoy y su desaparición abrupta e inesperada reta a la organización que dirigió durante tantos años a restablecer la comandancia en su puente de mando, por el bien de la entidad, pero sobre todo, por el de la estabilidad de nuestra economía. Botín no se creyó inmortal y era previsor. Quizás lo veamos en los próximos días. Mientras, hay que reivindicar el reconocimiento a su obra empresarial sin paralelismo en la historia económica española.  

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