TVE en quiebra en plena crisis catalana

En abril de 2012, mediante Decreto-ley, el Gobierno de Rajoy se cargó la mejor (¿única buena?) herencia de Zapatero: la designación parlamentaria del presidente de la

Foto: El expresidente de la Corporación RTVE, Leopoldo González-Echenique (EFE)
El expresidente de la Corporación RTVE, Leopoldo González-Echenique (EFE)

En abril de 2012, mediante decreto-ley, el Gobierno de Rajoy se cargó la mejor (¿única buena?) herencia de Zapatero: la designación parlamentaria del presidente de la Corporación RTVE por una mayoría de 2/3 de los diputados. Y no hizo, sin embargo, lo que la financiación de la televisión pública requería: reformar su sistema de ingresos establecido, también por el Gobierno de Zapatero, en la Ley 8/2009 de 28 de agosto.

Televisión Española arrastraba en el último período de la época socialista un grave déficit y una pésima gestión (la del exministro Alberto Oliart, que sustituyó a un Luis Fernández, que vio venir el desastre), y la intervención de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría no hizo sino empeorarlo todo. Además de mantener un esquema de ingresos insuficiente y mendicante (subvención presupuestaria, 0,3% de los ingresos brutos de explotación de las operadoras telefónicas, el 3% de los ingresos brutos de explotación de las TV comerciales y el 50% de la tasa sobre el espacio radioeléctrico), hizo nombrar a un amigo suyo –abogado del Estado, por supuesto– como presidente de la Corporación: el recién dimitido Leopoldo González-Echenique.

Dos años y medio después, TVE se encuentra en quiebra, encajada en la SEPI y sin un plan para salir del atolladero. Desde el punto de vista financiero, se debió permitir que la televisión pública volviese a captar publicidad, combinándola con un plan de negocio que adecuase la programación a dos criterios: la mengua de  ingresos y una concepción de servicio público. Era evidente que un señor que sabe mucho derecho administrativo pero que no tiene ni idea de comunicación –González-Echenique– no era el adecuado ni para lo uno ni para lo otro. Así que ahora, TVE está por debajo del 10% de share y con una deuda tal que la SEPI ha debido reducir su capital para que no incurriese en causa de disolución.

La televisión pública se ha ido al carajo. Y lo ha hecho justamente cuando el Estado, el Gobierno, la sociedad española, necesitaban un gran medio al servicio de la convivencia, del discurso de la cohesión, la legalidad y la Constitución, en un momento absolutamente crítico de nuestro país

Si en alguna tesitura histórica la televisión pública –veraz, rigurosa y plural– hubiese tenido sentido es en la actual. Sin embargo, la parrilla ha sido literalmente desastrosa. Un ejemplo bastará: entre las 20.30 y las 22.30 de la noche –pleno prime time– TVE se dedica obsesivamente a servirnos una caudalosa información meteorológica: lo hace en el programa previo al telediario de las 21 horas; lo hace en los titulares del propio telediario y lo hace después del telediario, mientras las demás cadenas le sacan entre media y una hora de programas con tirón.

La Sexta le ha comido a TVE el terreno del debate y la información en caliente –naturalmente, con un sesgo muy determinado–; Antena 3 ha logrado una equilibrada programación, amable y variada, y Telecinco y Cuatro, aun con diferencias, siguen el espíritu de sus propietarios: una italianización que funciona a base de una mínima exigencia de calidad.

Mientras, TVE retrasaba al late-night programas emblemáticos como Informe Semanal –que ha regresado de donde fue desplazado–, suprimía los debates (recluidos en el canal 24 horas), no ofrecía ningún producto cultural, dejaba de apostar por el directo y trufaba de espacios menores su programación. Y perpetraba atentados contra el sentido común como ese espacio lacrimógeno y decimonónico denominado Entre todos, que consistía en mostrar en la sobremesa lo caritativos que éramos los españoles y que presentaba una Toñi Moreno que, muy a su pesar, pues seguramente será una estupenda persona y magnífica profesional, se ha convertido en el rostro de los programas cutres de la TVE de estos tiempos.

Y sin audiencia y con un coste bestial –y no sólo por personal (más de 6.000 empleados), sino también por una política de compras desatinada)– la televisión pública se ha ido al carajo. Y lo ha hecho justamente cuando el Estado, el Gobierno, la sociedad española, necesitaban un gran medio al servicio de la convivencia, del discurso de la cohesión, la legalidad y la Constitución, en un momento absolutamente crítico de nuestro país. Entre otras cosas, para dar réplica a los medios públicos de la Generalitat que se han constituido en punta de lanza del proceso soberanista en Cataluña.   

La comunicación en general es la bestia negra de este Gobierno. Ni la entiende, ni la maneja, ni –lo más grave– la cree necesaria. Todo es coherente con su perfil contable y no político y con la arrogancia de los ministros –y del propio presidente–

No será, desde luego, porque en la Corporación –tanto en la radio como en la TV– no haya buenísimos profesionales; no será porque no tengan experiencia y conciencia de que prestan un servicio público; no será porque no se le haya advertido a la vicepresidenta –al Gobierno– del tobogán por el que se deslizaba el ente. No será porque la quiebra no venía avisando a gritos.

Pero al Ejecutivo le ocurrió como con la ley del aborto: dejó crecer el problema y ahora le ha estallado. González-Echenique ha carecido de acompañamiento (el Congreso lo vio como un nombramiento del Gobierno que fulminó la designación por 2/3 y seis años de gestión) y de consejo desde las instancias competentes de la Administración tanto en lo financiero como en la programación y ha optado por dejar el marrón en pleno año electoral.

Salvando alguna distancia, lo mismo ha pasado con RNE. De ser la tercera opción por audiencia, ha pasado a un cuarto y retrasadísimo puesto, superada por la SER, Onda Cero y la COPE. Y le ha ocurrido como a TVE: padece una absoluta falta de relevancia en el panorama informativo y de opinión en España.

La comunicación en general es la bestia negra de este Gobierno. Ni la entiende, ni la maneja, ni –lo más grave– la cree necesaria. Todo es coherente con su perfil contable y no político y con la arrogancia de los ministros –y del propio presidente–. Ahora, además de tragarse la ley del aborto; de enfundarse la cacareada reforma electoral local; de contemplar que Cataluña es algo más que un problema que se resuelve esperando y que requiere un discurso encauzado mediáticamente con eficacia y alcance; de observar unos presupuestos que reflejan que en el 2015 la recuperación es tan débil que se hará casi imperceptible… después de todo eso, estalla TVE cuando más la necesita un Estado con una crisis territorial como nunca antes y una sociedad desentendida de valores y convicciones comunes. A ver cómo lo resuelven.
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