La otra revolución francesa contra el islamismo

Francia ha fracasado en su política de integración de los musulmanes en los valores republicanos y se encamina a un modelo multicultural de compartimentos estancos

Foto: La policía bloquea una de las calles próximas a las oficinas del semanario satírico francés 'Charlie Hebdo'. (EFE)
La policía bloquea una de las calles próximas a las oficinas del semanario satírico francés 'Charlie Hebdo'. (EFE)

Ha querido la casualidad que ayer, día de Reyes, Éric Zemmour presentase en Bruselas –o, al menos lo intentase– su último y exitoso libro titulado El suicidio francés. No he leído más que un extracto pero quizás sea suficiente para pergeñar una brevísima reseña. El autor cree que la República Francesa ha fracasado en su política de integración de los musulmanes en los valores republicanos y que Francia se encamina a un modelo multiculturalista de compartimentos estancos en el que los ciudadanos islámicos emigrados no absorben los hábitos y criterios de convivencia de los franceses. Zemmour considera que la clase dirigente gala está traicionando a la nación francesa diluyendo en la inmigración los rasgos de la sociedad republicana y propone modelos autoritarios para resolver esta situación. El libro de este periodista y escritor se está vendiendo a miles y es el prólogo de otro muy esperado de Michael Houellebecq que se titula “Sumisión” en el que se relatan los avatares por los que un musulmán llega a ser presidente de la República francesa. Hipótesis insólita.

Lo que está ocurriendo en Francia es una auténtica revolución de los valores republicanos. La seguridad –las restricciones a la inmigración especialmente musulmana– se está imponiendo a la libertad. El fracaso del modelo de integración reclama otro más duro: el de la asimilación, de tal manera que en la sociedad francesa no haya espacios exentos para la vigencia de los criterios que rigen la ética cívica y política de la ciudadanía. La República francesa se ha distinguido por un modelo de integración –frente al pluricultural británico– que, sin embargo, no estaría dando los frutos esperados según delatan los resultados electorales. En los últimos comicios europeos, el Frente Nacional de Marine Le Pen obtuvo –fue la primera fuerza– nada menos que 24 escaños de los 74 que correspondían a Francia en el Parlamento Europeo y el 24.95% de los votos, a casi cuatro puntos de los conservadores y once de los socialistas, que se desfondaron.

Este malestar social en Francia con la inmigración musulmana procede de las asonadas callejeras de 2005. Las protestas de los suburbios en las ciudades francesas –banlieue– se extendieron en octubre y noviembre de aquel año por todo el país. Y fueron reprimidas con dureza y, luego, sometidos los barrios a una extrema vigilancia policial. Pero desde entonces, el Frente Nacional no ha hecho otra cosa que crecer contagiando a determinados sectores sociales en Alemania que plantean al Gobierno de Merkel un gravísimo problema, especialmente con la gran comunidad turca asentada en la República Federal.

El salvaje atentado contra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo se produce en un contexto de enorme sensibilización social ante la resistencia de las comunidades musulmanas a la integración. Si, como parece, los asesinos de esta mañana no son lobos solitarios sino miembros de una trama terrorista que actúa en Francia integrada, incluso, por franceses fanatizados, el Frente Nacional adquiriría una importancia decisiva para el futuro galo porque cuajaría la revolución contra la inmigración que ya está en ciernes en algunos países europeos y, especialmente, en Francia, algunos nórdicos y con indicios preocupantes en Alemania.

Lo que está ocurriendo en Francia es una auténtica revolución de los valores republicanos. La seguridad –las restricciones a la inmigración especialmente musulmana– se está imponiendo a la libertad. El fracaso del modelo de integración reclama otro más duro: el de la asimilación

Aunque las comunidades islámicas en los países europeos no plantean problemas de convivencia y sus dirigentes propugnan la moderación, lo cierto es que albergan núcleos fanáticos y desarrollan una urdimbre de solidaridad con los más radicales. Los musulmanes –a diferencia de los cristianos, católicos y protestantes– no son capaces de relativizar los recursos propios de la libertad de expresión como la ironía o la chanza, consustanciales a ella en Europa. La crítica, la burla e, incluso, ciertas expresiones de escarnio a las religiones –a todas sin distinción–, resultan habituales en algunas publicaciones como Charlie Hebdo. En España ocurre también con algunas revistas. Y ni aquí ni en esos países –en tanto en cuanto no se vulneren las leyes nacionales– la sociedad está dispuesta a renunciar a esas libertades críticas.

La consecuencia de ello es que se va a producir una demonización del islamismo pacífico –aunque, insisto, con grandes dosis de ambigüedad– y un endurecimiento social hacia la recepción de flujos migratorios procedentes de países islámicos. Y por supuesto, el terrible atentado de esta mañana en Paris serviría al Frente Nacional de Le Pen para fortalecer su discurso y dar el sorpasso electoral. Sin olvidar el efecto contagio que se producirá en otros muchos países de Europa que, de seguir las tesis de Eriz Zemmour, no quieren “suicidarse”. Francia ha sido siempre la nación que ha marcado las pautas y tendencias intelectuales en el Viejo Continente. Y la tragedia de ayer, temporalmente situada entre dos libros multitudinarios y apocalípticos, representa todo un punto de inflexión. 

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