Los españoles y el síndrome de la mujer de Lot

Los españoles nos debatimos entre dos estados de ánimo: los que ante determinados acontecimientos siguen “quedándose de piedra” y, por otra, los que se sienten “curados de espantos”

Foto: Rodrigo Rato sale ayer de su domicilio, tras presenciar un registro en su despacho. (Efe)
Rodrigo Rato sale ayer de su domicilio, tras presenciar un registro en su despacho. (Efe)

“Esto que llamamos España no tiene posible definición ni descripción. Es, como decía categóricamente don Jacinto, una pieza de museo”.

Rafael Sánchez Ferlosio. (Campo de retamas. Página 18)

 

Los españoles nos debatimos entre dos estados de ánimo. Por una parte están los que ante determinados acontecimientos siguen “quedándose de piedra”, es decir, lamentablemente asombrados; y por otra, los que se sienten “curados de espantos”, es decir, los que se comportan ante episodios públicos como los que vivimos con una resignada impasibilidad.

 En mi  modesta opinión somos más los asombrados que los displicentes y nos ocurre lo que escribió el periodista colombiano Alberto Aguirre según el cual “todo aquel que se fija en el pasado sufre el síndrome de la mujer de Lot”. O sea, se queda de piedra salina, se convierte en estatua de sal.

Echar la vista atrás, al pasado reciente, se está convirtiendo en España en un ejercicio de alto riesgo sicológico. Porque todo lo que creíamos real y verdadero se ha convertido en una impostura.

¿Cómo podemos digerir que Rodrigo Rato, exvicepresidente del Gobierno, azote de defraudadores, exdirector-gerente del FMI, se acogiese a la amnistía fiscal y esté siendo investigado por un posible blanqueo de dinero, fraude y alzamiento de bienes después de ser ominosamente detenido en el centro del barrio de Salamanca de Madrid, el corazón del PP, en una operación que, insólitamente, prescindió del fiscal anticorrupción?

El caso de Rato representa para la derecha algo similar a lo que para el catalanismo supuso descubrir que Jordi Pujol era evasor de impuestos

Es difícil hacerlo y el caso representa para la derecha española algo muy similar a lo que para el catalanismo supuso descubrir que el padre de la patria, Jordi Pujol, era igualmente un evasor de impuestos que durante más de treinta años no encontró el momento de regularizar su patrimonio oculto. En ambos casos, CDC y PP quedan letalmente heridos. Necesitados de una urgente refundación.

En ambos casos también se trata de un desplome de las referencias ideológicas y políticas que se creían más solventes, haciendo bueno el nostálgico título del ensayo de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido. Ya nada parece serlo y todo puede ponerse en duda porque la historia de los pueblos la hacen las individualidades que van marcando los hitos exitosos o, como ocurre en España, destruyéndolos.

Conservar la capacidad de asombro nos lleva, pues, a quedarnos de piedra cuando se descubren las imposturas reseñadas y otras no menores como las de los expresidentes de la Junta de Andalucía ante cuyas narices se perpetró un “gran fraude” (sic de Griñán) o la del propio presidente del Gobierno dando ánimos telefónicos a su imputado tesorero, Luis Bárcenas.

Jordi Pujol. (Reuters)
Jordi Pujol. (Reuters)

Y entre uno y otro escándalo, mediando muchos más y no siendo el menor el del rey emérito que tuvo que abdicar por la insostenible precariedad de su reputación personal e institucional, el sistema de la transición, a la izquierda y la derecha del espectro político, se nos escapa de las manos en un proceso de devaluación histórico que parece irremisible e irremediable.

De tal manera que la única manera de superar el síndrome de la mujer de Lot -es decir, la mera e inerte contemplación de las cenizas del esplendor del régimen de la transición- consiste, ansiosamente, en que se produzca un cambio político lo suficientemente profundo como para que sanee la sentina del sistema que no puede estar en manos de la clase política que compadreó con los que hoy aparecen como corruptos y como corruptores.

Todo lo que “no evoluciona, revoluciona” y al paso de marcha que llevamos el hartazgo ciudadano va a ser de tal calibre que muchos, con justa indignación  van a ir a las urnas como quien acude a un duelo: con el voto como arma en vez de con el voto como opción.

La única manera de superar el síndrome de la mujer de Lot consiste, ansiosamente, en que se produzca un cambio político profundo

No es cuestión de fijar responsabilidades arbitrariamente, pero esta legislatura debió ser diferente. Probablemente, no la marcarán ya las reformas, sino la corrupción a la que la amnistía fiscal de 2012 ha contribuido como un factor claramente criminógeno. Porque ha librado de la exigibilidad sancionadora por delitos fiscales a miles de defraudadores -32.000- que han resuelto su situación con una baja tributación y de los que sólo poco más de 700 están siendo investigados por el posible origen ilícito de sus patrimonios opacos, entre ellos Rodrigo Rato. El desvelamiento de sus nombres -antes o después inevitable- puede terminar por apuntillar un tiempo histórico que se ha convertido, políticamente hablando, en basura.

La amnistía fiscal sustituyó, al menos en parte, a la batalla contra el fraude. Los populares -¡esa hemeroteca!- echaron pestes de los perdones fiscales de los socialistas y en el peor momento moral para desdecirse pusieron en marcha una de la que estamos esperando cuentas exhaustivas y claras. Que no llegan.

Frente al discurso repleto de pamplinas y lugares comunes de los partidos más tradicionales -tan inútiles, tan erráticos, tan contaminados por sus propios compañeros protagonistas de estos episodios asombrosos de simulación e impostura- es preciso el cambio. Ojala sea equilibrado para no arrojar el agua de la bañera con el niño dentro, pero llegados a este punto, y con el síndrome de la mujer de Lot en el alma de la ciudadanía, todo puede pasar y, parte de lo que ocurra, será porque es necesario que acaezca.

Es inevitable que, como escribe en su pecio Rafael Sánchez Ferlosio, España se haya convertido en una pieza de museo. Deambulamos por sus pasillos contemplando un espectáculo moralmente marciano.

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