Rajoy derrapa en la penúltima curva

Los hábitos de Rajoy son el procrastinar y el de no exponerse a la opinión pública. ¿Regresamos al Rajoy de siempre o seguiremos con su versión políticamente reactivada de las últimas semanas?

Foto: Rajoy, en la Plaza Mayor de Ocaña (Toledo). (EFE)
Rajoy, en la Plaza Mayor de Ocaña (Toledo). (EFE)

Mariano Rajoy había conseguido en los últimos coletazos temporales de la legislatura un sorprendente reconocimiento a su casi ignota capacidad política. Aunque tarde, ha reaccionado al desafío independentista catalán aglutinando a las fuerzas políticas con una oportuna ronda de consultas y apretando las tuercas a Artur Mas y a su gobierno por acción y por omisión. Por una parte, le ha impuesto hasta siete condiciones para transferirle los más de tres mil millones que se le ha asignado a Cataluña del excedente del Fondo de Liquidez Autonómica, y por otra, ha evitado interactuar con el presidente de la Generalitat después de los atentados de París, dejando que el ministro del Interior y su homónimo catalán establezcan los mecanismos de coordinación necesarios.

Hasta ahora -pero ya no- la prudencia ha ido guiando sus pasos en la colaboración española en la lucha contra el terrorismo yihadista y el jueves sumó a cuatro partidos más al pacto firmado con el PSOE en febrero pasado para combatirlo. Hasta ahí, Rajoy se ha conducido con habilidad y buen sentido, pero a partir de ese momento ha comenzado a mostrar, otra vez, su inveterada e idiosincrática tendencia al aplazamiento de las decisiones. El presidente Hollande ha excluido a España -al menos hasta el momento- de sus entrevistas con los líderes más importantes, el italiano Mateo Renzi incluido, lo que está conllevando una pérdida de relevancia internacional importante para nuestro país. El presidente se preocupa del escenario interior -la izquierda irredenta hubiese deseado montar un 'No a la guerra' como antaño y en vísperas electorales- pero descuida el exterior de tal manera que, otra vez su dilación en este asunto, puede hacer que las cañas se le tornen lanzas. No estamos libres -todo lo contrario- de otro atentado terrorista.

Antes del 20D, el presidente debe fijar las condiciones de la colaboración española con la coalición que se está conformando en la 'guerra' contra el yihadismo

De la prudencia se ha pasado al temor y de ahí a la pusilanimidad que es la falta de ánimo o de valor para hacer frente a las grandes empresas. Parece evidente que el presidente, antes del 20 de diciembre, que queda lejos a tenor de cómo ruedan los acontecimientos internacionales, debe fijar las condiciones de la colaboración española con la coalición internacional que se está conformando de nuevo en la denominada “guerra” contra el yihadismo. Fijar posición no conlleva ni participar en los bombardeos sobre determinadas zonas de Siria e Irak dominadas por ISIS, ni, mucho menos, desplazar tropas terrestres a territorios particularmente peligrosos. La ayuda puede ser de sustitución de efectivos de retaguardia en algunas zonas de África y, por supuesto, logística. Convendría que el Gobierno y su presidente no se demorasen más para salvaguardar, además de nuestra imagen en el concierto internacional, los compromisos internacionales que hemos asumido.

La espontaneidad del hijo de Rajoy le pone en un aprieto

Rajoy ha estado conduciendo estos asuntos con una cierta fineza que es tributaria de la reciente historia de España. Sin embargo el manejo político de estas situaciones es como el juego de las siete y media: malo es no llegar pero peor es pasarse. En la cuestión antiterrorista, el presidente está a dos telediarios de hacerlo y en su huida de los debates electorales a cuatro -en 'El País' digital el lunes y el día 7 de diciembre en Antena 3- se ha pasado derrapando en la penúltima curva de su mandato cuando parecía haberse reconciliado con la exposición comunicativa. Y si, malo es dejar la silla o el atril vacíos cuando los ciudadanos se muestran muy permeables a las políticas de gestos (de humildad y cercanía), es más grave aún desplazar a su vicepresidenta a un debate electoral que, por su propia naturaleza, es indelegable porque es él y no ella el candidato a la presidencia del Gobierno.

Es grave que Rajoy desplace a su vicepresidenta a un debate electoral que, por su propia naturaleza, es indelegable porque es él y no ella el candidato

No sería culpa del especulador sino de Rajoy la suposición de que el presidente está señalando con el dedo a su posible sustituta en la presidencia del Gobierno si su cabeza política es reclamada -como un redivivo Juan Bautista- por Ciudadanos para apoyar a un Ejecutivo popular. Seguramente tal digresión no deje de ser, hoy por hoy, una hipótesis de verosimilitud limitada de las muchas que corren por Madrid y la delegación en Soraya Sáenz de Santamaría no sea otra cosa que una decisión confortable para el presidente que regresaría al plasma con Bertín Osborne y con Campo Vidal, árbitro en un debate -sólo uno- con Pedro Sánchez, allá por el 14 de diciembre. No es que el impulso de fin de legislatura -se ha cruzado la práctica quiebra de Abengoa, por cierto, que es asunto bien serio- pudiera reportar grandes avances al PP el 20-D pero estaba fijando su voto y, según los demoscópicos, convenciendo a parte del 25% de indecisos.

Salirse del circuito -del círculo virtuoso- en un derrape en la penúltima curva del recorrido es el riesgo vivísimo que corre Mariano Rajoy y que sus colaboradores deberían advertir. Hemos pasado de la sorpresa agradable de un presidente del Gobierno que se creía lo que es, a cabecear con la duda, de nuevo, de si el gallego vuelve por donde solía. Es cierto que como escribió Ovidio “nada hay más fuerte que el hábito”. Y los hábitos propios de Rajoy son el procrastinar (el peor) y el de no exponerse a la opinión pública (el más anacrónico) ¿Regresamos al Rajoy de siempre o seguiremos con su versión políticamente reactivada de las últimas semanas? Cuidado con las curvas.

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