Mas, Rajoy y el instinto asesino del poder

A Rajoy le puede ocurrir algo parecido a lo sucedido con Mas. Unas nuevas elecciones significarían someter las actuales posiciones de poder de los partidos a los votantes, un escrutinio arriesgado

Foto: Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, en la constitución de la Cámara baja. (EFE)
Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, en la constitución de la Cámara baja. (EFE)

El poder es tan cobarde como el dinero: huye de los riesgos. Del poder se benefician muchos. Eso explica que desarrolle un instinto clientelar y criminal –metafóricamente criminal– que liquida a los políticos que no logran alcanzarlo o retenerlo. Desde que Bruto hundió su daga en el pecho de Julio César en el año 44 antes de Cristo (“¡Tú también, Bruto, hijo mío!”) en lo que los republicanos romanos consideraron un acto de patriotismo, la lealtad incondicional es en la política una mera cláusula de estilo. Sirve para el elogio fúnebre –y ninguno más elocuente que el shakesperiano de Marco Antonio ante el cadáver de César– y el agradecimiento impostado.

Cuando en 1990 los dirigentes conservadores obligaron a renunciar a Margaret Thatcher, impopular por su política fiscal desde 1987, ninguno de ellos esgrimió nada especialmente personal contra la “dama de hierro”. Simplemente, miembros de su gabinete y altos cuadros del partido 'tory' llegaron a la conclusión de que con ella al frente perderían las elecciones. Y la sustituyeron por el gris pero eficaz John Major. Tenían razón. Porque Thatcher, primera ministra desde 1979, después de haber desempeñado una larga y exitosa gestión, había consumido sus energías y no garantizaba ya al 'establishment' los beneficios alimenticios que suministraba el poder.

Está en la lógica de la situación política que el instinto criminal del poder termine por consumar un ritual sacrificial para entregar la cabeza de Rajoy al PSOE

Desde el mismo momento en que en el escenario catalán el dilema se formuló entre Mas y marzo (elecciones), el presidente de la Generalitat en funciones quedó sentenciado. Unos nuevos comicios resultaban seguramente letales para los partidos independentistas y, en particular, para CDC, de manera que la maquinaria de retención del poder por parte de sus beneficiarios comenzó a relativizar lo que parecía un valor absoluto: Mas como activo indiscutible del proceso soberanista. Como en otros episodios políticos, se trató de vender cara la renuncia del líder, pero, al final, uno de sus adversarios de la Candidatura de Unidad Popular describió lo que había sucedido: “Hemos echado a Mas a la papelera de la Historia”. Y todos han tragado después de haber asegurado con un énfasis digno de mejor causa que no lo harían. Eso sí, Mas abandonaba el escenario entre también shakesperianos elogios de los que negociaron su apartamiento.

A Mariano Rajoy le puede ocurrir algo muy parecido en las próximas semanas o meses. Unas nuevas elecciones significarían volver a someter las actuales posiciones de poder de los partidos al criterio de los votantes, un escrutinio incómodo para ellos y, sobre todo, arriesgado, porque más vale pájaro en mano que ciento volando. Está en la lógica de la situación política española que, de nuevo, el instinto criminal del poder desarrolle su potencia y termine por consumar un ritual sacrificial para –entre encendidos elogios a su generosidad– entregar la cabeza de Rajoy a un Partido Socialista que la aceptaría antes que enfrentarse, de nuevo, al dictamen de unas urnas que no le serían en modo alguno favorables.

Los socialistas españoles desarrollan maniobras de distracción hasta que en el último minuto del último día pidan -y obtengan- la renuncia de Rajoy

Ni los propios ni los ajenos aluden explícitamente a esta hipótesis purgante, pero es que la política se desarrolla con metodología y protocolos sobreentendidos. Como en las mejores novelas de Agatha Christie, el crimen se perpetra ya avanzado el relato y cuando los personajes de la trama están correctamente retratados. En la política española –que como se vio en la constitución del Congreso sigue siendo la propia de un país machadiano de “charanga y pandereta” aunque se nos pretenda dar gato por liebre, o sea, pasar por nueva la vieja bullanga– el ritual sacrificial no ha comenzado pero no ha dejado de estar en el guión desde la noche electoral del 20-D.

Se podría oponer que cabe un gobierno de izquierdas trabado por el pertinaz Pedro Sánchez, pero después de contemplar el espectáculo tan aleccionador del miércoles en el hemiciclo, una coalición del PSOE con Podemos y adhesiones varias y sorprendentes sería un “experimento” que, según Benjamin Disraeli, “en política significa revoluciones”. Los socialistas españoles no están por la revolución, así que tampoco harán experimentos. Desarrollan maniobras de distracción hasta que llegue el momento y en el último minuto, de la última hora, del último día pidan –y obtengan– la renuncia de Rajoy, que es lo que de verdad pretenden desde que se desplomaron el 20-D. Mientras, en el PP, se mantienen las formas, pero llegado el momento, el partido exhibirá, como todos, su instinto de poder, que es inevitablemente criminal. Metafóricamente hablando.

Notebook
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
24 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios