El pase negro de Rajoy y la supervivencia del PSOE
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José Antonio Zarzalejos

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El pase negro de Rajoy y la supervivencia del PSOE

La España que se mostró empática con el "espectáculo" de la constitución del Congreso quiere romper convenciones, retirar normas e introducirse en una espiral tan entusiasta como irreflexiva de cambio

Foto: Mariano Rajoy, en la rueda de prensa tras la reunión mantenida con el rey Felipe VI. (EFE)
Mariano Rajoy, en la rueda de prensa tras la reunión mantenida con el rey Felipe VI. (EFE)

Sorprendiendo a propios y extraños, Mariano Rajoy -con mucho riesgo- hizo ayer lo que en el juego del mus se denomina “pase negro”: desbarató la previsión de Pedro Sánchez y le situó en la tesitura de envidar a la grande si realmente quiere conformar un gobierno de izquierdas. La maniobra del presidente en funciones tiene mucho de desesperada y algo de táctica. El PP sólo tiene oportunidades -Rajoy no se retira de la carrera, sólo se echa a un lado- si previamente el secretario general del PSOE no puede cuajar un heterogéneo acuerdo para formar un Ejecutivo. ¿Puede y, sobre todo, debe, Pedro Sánchez intentarlo o, como se propugna en amplios sectores, tendría que abstenerse de hacerlo por los muchos riesgos que contrae?

Una parte de la sociedad española tiene nada o relativamente poco que perder y, por lo tanto, profesa una cierta iconoclastia política. No le importa el vuelco que provocaría un gobierno de izquierdas con el PSOE y Podemos. Es esa ciudadanía que se encuentra reflejada en el informe que esta semana ha emitido Oxfam Intermon según el cual nuestro país es diez veces más desigual que el promedio de los europeos. Es, así mismo, la ciudadanía que se siente reflejada en el informe -también de esta semana- de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que califica a España como uno de los países con mayor porcentaje de “empleo vulnerable” o “precario” al nivel de Grecia, Chipre, Portugal o Eslovaquia. O sea: altas tasas de paro juvenil y de larga duración en mayores de 45-50 años y sueldos que no rescatan a sus perceptores de la pobreza.

La parte de España que ha dejado en la cuneta esta incipiente salida de la crisis -representada en buena medida por Podemos e IU y grupos más minoritarios- y que en las urnas han sumado más de seis millones de votantes, desean que Sánchez intente un gobierno de izquierdas porque cree que cualquier otra fórmula que no sea la más radical será continuista y sus expectativas seguirán siendo tan inquietantes y cerradas como lo son ahora. Tampoco percibe el riesgo enorme -lo es, desde luego- de que un Ejecutivo de estas características tenga que hacer concesiones intolerables a los independentistas y, en todo caso, está deseando que un Ejecutivo español se encare con Bruselas y la troika.

La España que se mostró empática y cómoda con el “espectáculo” de la constitución del Congreso de los Diputados la semana pasada quiere romper convenciones, retirar normas, quebrar usos y costumbres e introducirse en una espiral tan entusiasta como irreflexiva de cambio porque ha prendido en ella la semilla del populismo, del estado de indignación permanente -tantas veces justificado por las tropelías de la clase dirigente- y el deseo socializado de volcar el 'status quo' injusto. La base del eventual gobierno de izquierdas es social, de la “gente”, de los de “abajo” a los que Podemos ha apelado y a los que un independentismo también populista ha anunciado un viaje a la Arcadia más feliz.

La izquierda que es Podemos, pero no hasta el momento el PSOE, es una pura especulación que nada ha probado aún en términos de gestión política

El miedo ante esta efervescencia de un Iglesias que casi impone ayer a Sánchez su nombramiento como futuro vicepresidente de un gobierno de izquierdas, presentando al mismo tiempo a sus futuros ministros, está muy generalizado. La izquierda que es Podemos -pero no hasta el momento el PSOE- es una pura especulación que nada ha probado aún en términos de gestión política, ni siquiera presenta con nitidez trazabilidad democrática por sus peligrosas y no claras afinidades con regímenes antidemocráticos, y por su banalidad al afrontar cuestiones como la de la integridad de España. Hay miedo -y justificado- a que Podemos arrolle a los socialistas; hay miedo a que su líder haga concesiones exorbitantes con tal de alcanzar el poder; hay miedo a que la reversión de reformas socio-económicas nos devuelva a un estado crítico; hay miedo, en definitiva, a que se rompa lo bien establecido y se sustituya por la improvisación o, simplemente, por la nada verbalizada en consignas. Y Rajoy todo esto lo ha procesado.

Los retos inmediatos ante el entusiasmo de unos, el miedo de otros y el cálculo de Rajoy, parecen claros. Si Sánchez quiere intentar un gobierno de izquierdas deberá acreditar, con las garantías que corresponden al secretario general del PSOE, que será capaz de controlar el magma de partidos cuya colaboración necesita para llegar al poder; que se respetarán pactos que atemperen el radicalismo de muchas propuestas programáticas de sus potenciales socios; que se asegure la estabilidad del Ejecutivo de manera digna; que se preserve la unidad plural de España, que no se arramble con los buenos logros alcanzados y que se cuente con la oposición (el PP dispone de minoría de bloqueo para una reforma constitucional agravada y mayoría absoluta en el Senado) en una agenda social y reformista. Si Sánchez consigue todo eso -que no es un desiderátum sino un programa de mínimos- sí estaría en condiciones de construir un gobierno de izquierdas.

Pero oteando el panorama con un esfuerzo de ecuanimidad, no se ve de qué manera el secretario general del PSOE saldría indemne de una negociación en la que sus interlocutores -se vio ayer- quieren, primero, utilizarle y, luego, sustituirle. A él y a su partido. Y es muy razonable que haya un miedo cerval a que el PSOE naufrague porque si lo hace el socialismo constituyente de 1978, el sistema entra en peligro de extinción. Y eso es, exactamente, lo que Mariano Rajoy pesó y midió minutos antes de declinar la oferta del Rey de someterse a la primera sesión de investidura: sabe que Sánchez se está jugando su futuro pero también el de su partido.

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