Las razones de Albert Rivera para no ser el Nick Clegg español

Rivera trata de que congenien unas razonables posiciones que eviten el bloqueo político e institucional con el mantenimiento de las expectativas de su organización

Foto: Albert Rivera, presidente de Ciudadanos. (EFE)
Albert Rivera, presidente de Ciudadanos. (EFE)

Del “tiro al pichón” y “naranjito” (Rafael Hernando dixit) hemos pasado al fuego graneado sobre Albert Rivera y Ciudadanos. Se les exige, tanto por el PP como, implícitamente, por el PSOE, que se entreguen con armas y bagajes a los conservadores y aporten su sí a la investidura de Rajoy para que nada perturbe la cerrada negativa abstencionista de Sánchez quien, además, supone -y supone mal- que los de Génova pactarán también con el PNV y la ex-CDC. Los socialistas se quitan de en medio como si Ciudadanos no hubiese hecho ya su aportación a la gobernabilidad: han dicho que se abstendrán en la segunda votación de una posible investidura de Rajoy y que colaborarán con su Gobierno en las políticas económicas básicas y en aquellas otras que sean de Estado. Teniendo en cuenta de dónde partía Ciudadanos se constata que ha habido un desplazamiento de posiciones que si fuese de parecido calibre en el PSOE -incluso menor- conllevaría la formación de un nuevo Ejecutivo en el próximo mes de agosto. Lo que es urgente que suceda.

Muchas troneras mediáticas escupen argumentos, advertencias, requerimientos y consejos a Albert Rivera como si el líder catalán fuese el protagonista único de un guion que le corresponde especialmente a Sánchez, que para difuminarse en el paisaje ha desaparecido del espacio público dejando que la presión recaiga sobre el exwaterpolista catalán. Resulta un tanto extraño que Rivera no haga algo parecido y se esfume de periódicos, radios y televisiones tras haber dejado las cosas claras y después de haber rectificado sabiamente -¿no es rectificar ceder, negociar, atender el mandato de pacto y cambio que han enviado las urnas?- y dejado en suerte a Rajoy una negociación con el PSOE al que podría ofrecer contrapartidas que si su secretario general no quiere atender, otros en su organización considerarían, más aún cuando el político gallego ya ha anunciado que está dispuesto a gobernar con su austera minoría de 137 escaños.

Está comprobado en la historia política democrática que los ayuntamientos descompensados destrozan al más débil de la ecuación y musculan al más fuerte

A Rivera se le está reclamando que se suicide o que, de facto, se fusione con el PP. Mariano Rajoy ha ganado las elecciones pero esa victoria minoritaria no le redime de sus responsabilidades políticas anteriores con las que Ciudadanos -como es lógico- no quiere contaminarse. De hacerlo, el partido de Rivera carecería de horizonte que, aun así, es brumoso y volátil. Por lo demás, está comprobado en la historia política democrática que los ayuntamientos descompensados destrozan al más débil de la ecuación y musculan al más fuerte. Y Rivera lo sabe y trata de que congenien unas razonables posiciones que eviten el bloqueo político e institucional con el mantenimiento de las expectativas de su organización.

En mayo de 2010, David Cameron y su partido obtuvieron en las elecciones británicas 307 escaños, a 19 de la mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes. La completó con los liberales-demócratas de Nick Clegg que obtuvieron nada menos que 57 diputados y a los que entregó cinco ministerios y al propio líder liberal la vicepresidencia. La mayoría solo podía conformarse con el partido tory y el liberal-demócrata pero no con el laborista, que sólo llegó a los 258 escaños. Salvando las distancias, un panorama parecido al español de 2016. Pues bien: en las generales de 2015, Cameron obtuvo la mayoría absoluta y el partido de Clegg pasó de aquellos gloriosos 57 escaños a unos escuálidos 8. Dimitió de inmediato y el partido liberal-demócrata ha regresado al sótano político. Es posible que emerja, pero sin saber ni cómo ni cuándo. La misma historia podría relatarse sobre los liberales alemanes y otras fuerzas que exceden su condición de bisagras y se pasan de frenada. De ahí que sean muy lógicas y explicables las razones por las que Albert Rivera no desee caer en el error de convertirse en el Nick Clegg hispano ni abocar a su partido a una suerte de fusión fría con el PP.

David Cameron y Nick Clegg. (EFE)
David Cameron y Nick Clegg. (EFE)

La gran ventaja argumental de Ciudadanos consiste en que ni siquiera aunque ellos ofreciesen un arriesgado sí a Mariano Rajoy la investidura estaría asegurada. Se precisarían siete votos más. CC y PNV aportarían -en el improbable caso de que los nacionalistas vascos, enfebrecidos, dieran su aquiescencia a Rajoy- seis más. Seguiría faltando uno que estaría en el grupo socialista. Y como no es cuestión solo de cantidad sino también de calidad política, de solvencia institucional para España y de compromiso con el sistema democrático, el PSOE en su conjunto, para ejercer de oposición debe antes permitir que haya gobierno con suficiente estabilidad. Es un trágala pedir a otros que se hagan el haraquiri mientras Sánchez se esfuma en los vapores de este largo y cálido verano. Por lo demás, si cuando tiraron al “pichón” no impactaron sobre Rivera, gastar pólvora en un fuego graneado que en Ciudadanos se recibe como salvas, resulta un ejercicio estéril. Que la cañonería apunte a donde debe: a Ferraz.

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