Rajoy y el PSOE (coartada, aversión y obsesión)
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José Antonio Zarzalejos

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Rajoy y el PSOE (coartada, aversión y obsesión)

El (ex) secretario general del PSOE ha hecho de Rajoy una obsesión que es una fijación mental y emocional que enlaza más con la psicología que con el realismo que exige la política

placeholder Foto: La bancada socialista al término de la votación de la investidura fallida del candidato a la presidencia del PP, Mariano Rajoy. (EFE)
La bancada socialista al término de la votación de la investidura fallida del candidato a la presidencia del PP, Mariano Rajoy. (EFE)

Es parcial y sesgado explicar la crisis del PSOE solo por la existencia de "bandos" vertebrados, unos en el “no es no” a la investidura de Mariano Rajoy, y otros, en la abstención que le “facilitaría” el gobierno al PP (verbo que utilizan los más ambiguos) o que “no impediría” un Ejecutivo popular (expresión que emplean los partidarios más transparentes de la abstención).

Pedro Sánchez está en el "bando" del no. En la negativa, dice, a “indultar” al presidente ahora en funciones. El (ex) secretario general del PSOE conjuga ese verbo que es de carácter técnico-penal. Es una expresión nuclear en el relato de los "bandos" que ha impuesto Sánchez con la habilidad más destacada de las que hasta ahora ha demostrado: reducir de forma simplista la crisis del PSOE a un disenso sobre el no o la abstención a Rajoy.

Relato incompleto pero que ha logrado dos objetivos: el primero, que su militancia y parte de su electorado establezca un reduccionismo antagónico ya que de una parte estaría la épica de Sánchez, resistiendo a la derecha, y de la otra, los socialistas “subalternos” al PP; y el segundo objetivo alcanzado: que prácticamente ninguno de sus críticos se atreva —excepción hecha de Felipe González y Borrell en su momento— a recomendar la abstención, no solo para evitar unas terceras elecciones que castigarían al país, sino también porque recurrir de nuevo a las urnas sería tanto como propiciar, con el rechazo a Rajoy, más Rajoy y por más tiempo.

O sea, el presidente en funciones —no o abstención a su investidura— como gran coartada argumental para la crisis interna del PSOE.

Rajoy suscita la aversión de la izquierda en un grado anormalmente alto en la disputa ideológica. Lo que se debe a la propia naturaleza de la política y de la encarnizada lucha por el poder en España, pero resulta que esa aversión al presidente del PP ha prendido también —aunque más moderadamente— en otros sectores que desde el mes de diciembre, tras la pérdida de la mayoría absoluta popular, consideran al político gallego más como un lastre que como un activo.

Esa aversión al presidente del PP ha prendido también en otros sectores que desde diciembre consideran a Rajoy más como un lastre que como un activo

Se ha manejado de manera insistente que Rajoy debía dar un paso atrás para facilitar al PSOE una abstención a un Gobierno del PP. También se ha barajado que se retirasen los dos, Sánchez y Rajoy. Y hasta ha habido propuestas para que no repitiesen candidatura los cuatro actuales líderes de los principales partidos españoles.

Esta aversión a Rajoy, extendida más allá de la izquierda, se explica por dos razones: la corrupción en su partido, a la que el presidente en funciones no ha combatido con la convicción que se le reclamaba, y un temerario quietismo en abordar políticamente la cuestión catalana que se agrava por momentos. Irrita del personaje algunos requiebros ya históricos, siendo el mayor y peor la negativa al rey cuando le propuso la candidatura a la investidura en la anterior legislatura. Y la arrogancia.

Sin embargo, la democracia tiene unas reglas de compromiso que hay que considerar. El PP recibió su correctivo en las elecciones del 20-D (de 186 a 123 diputados) y, pasada la factura, remontó el 26-J (137), lo que es señal inequívoca de que el suelo electoral popular oscila entre los siete y los ocho millones de ciudadanos. Rajoy, a regañadientes y porque no le quedaba otra, obtuvo el apoyo crítico de Ciudadanos y Coalición Canaria y se presentó a una investidura con 170 diputados, cuando Sánchez hizo lo mismo unos meses antes pero con 131, aunque resultaron fallidas.

Y por fin dos datos que blindan a Rajoy pese a esa amplia aversión que suscita: 1) su partido no solo no le cuestiona sino que le apoya, después de que él se haya encargado de reducir cualquier disidencia interna, y 2) el PP, en un momento crítico, ha ganado por mayoría absoluta las elecciones autonómicas gallegas y ha mantenido el tipo en el País Vasco, en donde desde ayer, con la pérdida de un escaño, el PNV tendrá que completar la mayoría absoluta no solo con los socialistas sino también con Alonso, mientras el PSdeG y el PSE obtenían —como antes en las generales el PSOE— los peores resultados de su historia.

Más allá de aversiones, simpatías, filias o fobias, los datos son estos.

Sánchez ha entrado en un laberinto más sentimental que racional en el modelo de relación con Rajoy, hasta considerar la interlocución con él "prescindible"

El (ex) secretario general del PSOE ha hecho de Rajoy una obsesión que es una fijación mental y emocional que enlaza más con la psicología que con el realismo que exige la política. Sánchez, desde el debate con Rajoy en la campaña del 20-D, en el que le caracterizó como indecente y Rajoy a él como miserable, ha entrado en un laberinto más sentimental que racional en el modelo de relación con el presidente del Gobierno en funciones hasta el punto de que la interlocución con él —recuérdese la última reunión— la considera “prescindible”.

Y esa obsesión de Sánchez con Rajoy, añadida a la aversión que el presidente del PP suscita, ha servido de bastidor para montar el relato de la crisis del PSOE. Que responde, no principalmente a la postura del PSOE en una nueva investidura, sino a la temeridad de Sánchez, que no ha asumido la naturaleza de su propio partido —federal y con diferentes resortes de poder—, que ha intentado urdir una mayoría alternativa con Podemos y con los independentistas y que no ha aceptado dos realidades deslumbrantes en su obviedad: que es un perdedor electoral y que no ha sabido granjearse la confianza y la complicidad de quienes le auparon a la secretaría general del PSOE.

El contragolpe de los críticos ha evitado la alternativa con Podemos e independentistas, de modo que la elección, dadas las circunstancias, no tiene duda

Sánchez ha hecho a Rajoy más indigerible de lo que era para que el PSOE pueda deglutir una abstención en una eventual nueva investidura. Otra torpeza del (ex) secretario general de los socialistas, porque ahora son lentejas: o Rajoy o terceras elecciones. El contragolpe de los críticos, aunque de ejecución imprecisa y poco brillante, ha evitado la alternativa con Podemos e independentistas, de modo que la elección, dadas las circunstancias, no tiene duda. Pero alguien tendrá que decir —quizás hoy en el comité federal— que al “inelegible” Rajoy (Ignacio Varela 'dixit') hay que “no impedirle” gobernar.

PD: La izquierda española no terminará nunca de 'agradecer' el “no es no” de Pablo Iglesias a Pedro Sánchez en la XI legislatura. En el momento agónico de Rajoy, el líder de Podemos le practicó una decisiva terapia de resucitación política.

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