Los “white trash” y Trump, el primer dictador de EEUU

Varios factores explican que la victoria del republicano se haya producido incluso en los más tradicionales feudos demócratas

Foto: Portadas de periódicos en Ciudad Juárez tras la elección de Donald Trump como presidente de los EEUU. (Reuters)
Portadas de periódicos en Ciudad Juárez tras la elección de Donald Trump como presidente de los EEUU. (Reuters)

Era posible pero no probable. Se suponía que los “white trash” o “tráiler trash” –la llamada “basura blanca”, ciudadanos blancos, sin formación y aislacionistas- fuesen receptivos al populismo del ya presidente electo Donald Trump. Sin embargo, con la llamada “América profunda” los números no daban. Y sin embargo, la victoria del republicano se ha producido incluso en los más tradicionales feudos demócratas. Y hay una serie de razones que lo explican aunque en su momento no supieron valorarse.

Los “white trash” y Trump, el primer dictador de EEUU

1. El progresismo de Obama. El carismático primer presidente negro de EE UU ha dejado instalado en la Casa Blanca a su más radical adversario que ha propuesto en su campaña revertir la mayoría de sus reformas. Obama ha sido percibido tan integrante del establishment washingtoniano como la propia Clinton. Su política exterior –Cuba, Irán, Libia- errática. Y sus logros económicos, insuficientes. Se volcó con Hilary pero no sirvió de nada. Obama ha pasado de formar parte de la solución demócrata a serlo del problema de su partido, en minoría en las dos cámaras legislativas.

2. El autismo mediático y de las elites. En mayo pasado Dana Millbank se comía materialmente su crónica en el Washington Post según la cual, Trump no alcanzaría nunca la nominación republicana. Ayer los grandes periódicos norteamericanos reconocían haberse confundido en el cálculo de la transcendencia del populismo de Trump, extendiendo la responsabilidad a las clases dirigentes convencionales y a las casas de encuestas. Trump ha creado una vía informativa subterránea y paralela –redes sociales- más potente que la de los más grandes medios de comunicación a los que ha hostigado de manera constante. Ha tenido enfrente a la mayoría pero les ha ganado.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos. (Reuters)
Donald Trump, presidente de Estados Unidos. (Reuters)


3. Los hispanos instalados y las mujeres. Se suponía que la mayoría de los 27 millones de hispanos inscritos votarían a Clinton. No ha sido así. El voto sólo lo tienen los hispanos instalados, con papeles y trabajo. Y no desean que vayan más a EE UU porque les hacen competencia y afectan a su espacio de confort actual. De ahí que hayan preferido a Trump. Tampoco las mujeres se han volcado con Hilary. Estados Unidos es un país con ramalazos misóginos que el presidente electo ha verbalizado desgarradoramente (Carolide Side en Letras Libres de este mes). Los norteamericanos son crédulos y proclives a las teorías conspirativas: le han comprado a Trump toda la mercancía averiada que ha vendido sobre su oponente demócrata que ha carecido de capacidad de respuesta efectiva. Y no les ha importado el machismo impenitente del ya presidente electo.

4. La desinhibición emocional. Según el analista Paul Berman, Trump ha dado “permiso” a sus seguidores para “regresar al tipo de odios racistas” antes intolerables en EE UU. Son personas que lo han apoyado, dice, “porque es grosero, arrogante y violento, lo que permite que ellas también lo sean”. Ha roto todo tipo de convenciones sin importarle presentarse como “un estafador que desea ser visto como un estafador”, como un evasor fiscal o como difamador del presidente Obama al que negó la veracidad de su nacimiento en EEUU, lo cual ponía en cuestión la legalidad y legitimidad de su elección. Trump ha permitido un desahogo incívico de inhibiciones individuales y colectivas.

5. La explotación de la ignorancia. Como han escrito autores tan diferentes como John Carlin o Enrique Krauce, Trump “no es el problema”, o no es solo él. Más importante resulta el de los electores que le siguen. Según el autor mexicano “para los adeptos, proclives a creerlo todo, sus elucubraciones son dogmas, artículos de fe. Y así se va abriendo paso a una mentalidad no sólo ajena sino opuesta a la razón, la demostración empírica, la verdad objetiva.” Para el escritor británico, “el problema es la gente que cree que semejante bicho es digno de ser presidente de los Estados Unidos, el país de más poder sobre la humanidad sobre cualquier otro”.

A estos factores que superan con mucho al electorado de los “blancos basura” añádanse millones y millones de dólares de determinados ámbitos empresariales con intereses opacos y objetivas complicidades en los objetivos de populismos tan aparentemente distantes como los de Vladimir Putin, Viktor Orbán, Neil Farage o Marine Le Pen y dispondremos de una aproximación bastante cierta al que podría ser el nuevo fascismo del siglo XXI representado especialmente por el que Krauze adivina como “el primer dictador de la historia estadounidense”.

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