Colau y Carmena: fraude gestor y activismo sectario
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José Antonio Zarzalejos

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Colau y Carmena: fraude gestor y activismo sectario

Para ambas dirigentes, las alcaldías son púlpitos ideológicos que albergan un propósito ideológico y revisionista (también empobrecedor) y en modo alguno gestor e integrador

Foto:  La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena (i) junto a Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. (EFE)
La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena (i) junto a Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. (EFE)

Madrid y Barcelona, las dos ciudades más importantes de España, van a llegar a fin de año sin presupuestos para 2017. En la Ciudad Condal la oposición ha tumbado la propuesta financiera a Ada Colau y se tendrá que someter a una cuestión de confianza. En la capital de España, el PSOE comunicó ayer a Carmena que le no aprobará la previsión de ingresos y gastos para el año que viene si no acepta un nuevo enfoque presupuestario. Ambas alcaldesas –las dos icónicas representantes del “cambio” municipal liderado por Podemos en plataformas ciudadanas heterogéneas- zanjan su segundo ejercicio con un considerable fracaso de gestión.

En el caso de Madrid, la coyuntura es particularmente grave: el equipo de Carmena ha dejado sin ejecutar el 40% de las inversiones previstas. De un importe de 580 millones, 220 irán –no a las necesidades inmediatas de las muchas que tiene la ciudad- sino a amortizar por adelantado la deuda. En Barcelona, Colau pretende una política de remunicipalización de servicios –también en Madrid- que quiere la gestión directa de los de carácter funerario (compitiendo con empresas privadas) y, nada menos, que también la del agua (económica y técnicamente, un despropósito) Las dos alcaldesas y sus equipos son incapaces de aprobar y ejecutar los presupuestos pero aspiran a imponer un modelo de ciudad y de la gestión de los servicios tan anacrónico como ideologizado.

Ambas están siendo pésimas gestoras pero eficaces activistas, camuflando con su discurso lo que ya es un fracaso “del cambio” municipal que prometieron

Ni un solo proyecto de desarrollo de ambas ciudades ha salido adelante. En Madrid está atascada la operación de expansión de la ciudad por el norte (paralizando una inversión de más de 6.000 millones de euros), la remodelación de la plaza de España –tras un fracasado “proceso participativo”- se encuentra en punto muerto, la urbe sigue sucia (¿para cuándo la anunciada sociedad de servicios medioambientales?), contaminada (lo que la colapsa) y con graves problemas de movilidad haciendo creer a la gente que la solución es la peatonalización.

En Barcelona, Colau se equipara en ineficacia a Carmena: quiere unir el tranvía en la Diagonal (allí dicen que no lo conseguirá) y hacer más carriles bici, mientras crea una moneda local cuya utilidad es una incógnita. Eso sí: prohíbe que en el salón de la infancia de la Feria barcelonesa se instalen stands de la Policía y las Fuerzas Armadas, expresión de un sectarismo demagógico que Colau suaviza con sus maneras amigables y hasta cordiales.

Carmena y Colau no sólo no son gestoras, sino que sus equipos tampoco están a la altura. Las dos alcaldesas se hacen fuertes en su activismo político. En el Ayuntamiento de Barcelona se está gestando el partido de la alcaldesa para tenerlo dispuesto en una próxima confrontación electoral en Cataluña, razón por la que Colau “ficha” por el independentismo “legal y pactado” a cambio de que le permitan campar por sus respetos con sus escuálidos 11 concejales.

Y en el Ayuntamiento de Madrid se registra uno de los epicentros de la crisis cainita de Podemos. Ambas instituciones –y tanto el grupo de concejales de Ahora Madrid (20 sobre 57, que gobiernan gracias a los 9 escaños del PSOE), como de Barcelona Comú (11 concejales de 41, que gobiernan con un apoyo inestable del PSC, de ERC y de la CUP)- están siendo subordinadas a propósitos no precisamente municipales.

Las alcaldías son para las dos políticas un púlpito ideológico que se sostiene en el equilibrio inestable de una mezcolanza de grupos, organismos y asociaciones

Las ocupaciones ilegales de locales y viviendas en ambas ciudades se consienten. También los asentamientos de grupos variados que utilizan ilegalmente enganches a suministros de agua, luz y gas, y se contempla la mendicidad (auténticas redes de explotación) con los brazos caídos. Parece que tanto en Madrid como en Barcelona se estuviera ensayando un diseño de auténtica subversión al calor del discurso político de Carmena y Colau que, en un ejemplo de desfachatez, son capaces de desplazarse al Vaticano y lanzar desde allí una soflama sobre la acogida de inmigrantes en las dos ciudades al tiempo que ellas son incapaces de gestionar –y, antes, aprobar- los presupuestos de sus respectivos consistorios.

Colau por edad tiene más recorrido que Carmena en Madrid, pero ambas están siendo pésimas gestoras –no han sido elegidas por las plataformas que las apoyan para serlo- pero eficaces activistas, camuflando con su discurso lo que ya es un fracaso “del cambio” municipal que prometieron los populismos que las dos representan.

Madrid tiene un problema gravísimo de proyecto futuro como gran ciudad y Barcelona, que hizo su gran reconversión en los años noventa, debe solucionar un muy serio problema de estrés de sus infraestructuras. En vez de aplicarse a hacer de Madrid una ciudad con nuevas posibilidades y de Barcelona una urbe sostenible, las alcaldías son para las dos políticas un púlpito ideológico que se sostiene en el equilibrio inestable de una mezcolanza de grupos, organismos y asociaciones que, desde posiciones minoritarias y gracias a la ayuda acomplejada de la “otra” izquierda (el PSOE y el PSC principalmente), albergan un propósito ideológico y revisionista (también empobrecedor) y en modo alguno gestor e integrador.

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