La industria del progresismo, de Meryl Streep a Dani Rovira

Aunque el cine español ha sido víctima de la crisis, desde el escenario de los Goya no puede someterse al ministro popular de turno a la gota malaya de tres horas de reproches

Foto: Dani Rovira en la presentación de la Gala de los premios Goya de 2016.
Dani Rovira en la presentación de la Gala de los premios Goya de 2016.

Leí en su momento el discurso de la gran Meryl Streep pronunciado cuando, durante la gala de los Globos de Oro el pasado 9 de enero, recogió el premio Cecil B. DeMille a su trayectoria. “Todos los presentes —dijo la actriz— pertenecemos a un segmento denigrado de la población. Piénselo: Hollywood, extranjeros y prensa”. Fue un alegato intenso contra lo que significa Trump y su populismo, un presidente que venció a ese “segmento denigrado” que es el mundo del cine en aquel país. Porque la inmensa mayoría de las referencias hollywoodienses se volcaron con Hilary Clinton y, como los grandes medios de comunicación, jamás imaginaron que un tipo de la factura de Trump llegase a la Casa Blanca.

El discurso de Streep —zafiamente contestado por el presidente norteamericano— sería canónico si hubiese añadido a la denuncia una mínima autocrítica. Algo así como: “Compañeros, ¿qué hemos hecho mal en Hollywood para que Trump, después de ocho años de Obama, se haya sentado en el despacho oval”? No lo hizo porque el voto al magnate populista fue también contra el 'establishment' del que forma parte la alfombra roja de la industria cinematográfica de Estados Unidos, con excepciones muy contadas.

Maher, sorprendiendo a propios y extraños, les dio una lección y manifestó ante su audiencia las tres causas del fiasco progresista

Bill Maher resultó ser más lúcido que Streep. Conductor de un programa de culto para el progresismo norteamericano, Maher lanzó desde 'Real Time' de HBO los más descarnados ataques a Trump. Una vez el republicano ganó, Maher reunió en su plató a tres demócratas que, con la mayor autocomplacencia, eludieron las razones del fracaso de su candidata y de su partido. Maher, sorprendiendo a propios y extraños, les dio una lección y manifestó ante su audiencia las tres causas del fiasco progresista: 1) Los blancos se han sentido tratados como una minoría y han reaccionado como tal, 2) El 'bullshit' de lo políticamente correcto como lenguaje de la clase dirigente alejó a los ciudadanos de quienes lo manejaban y 3) Los demócratas enviaron mensajes confundidos sobre el islam cada vez que se producía un atentado terrorista.

Una parte del mundo del cine está instalado en el progresismo autocomplaciente. Allí —y aquí— siempre ha necesitado una referencia hostil para victimizarse y jamás se ha autocriticado, pese a que compone una comunidad profesional que dice cosas muy progresistas con las que no siempre es coherente. No es reprochable que lo haga porque el cine es un también un instrumento cultural de denuncia y de progreso. Pero con una mesura que se echa en falta. En EEUU, las industrias culturales y creativas, entre ellas el cine, representan más del 12% de su PIB. Genera riqueza y prosperidad pero ha perdido empatía con la ciudadanía tanto como ha ganado en endogamia.

En España ocurre algo similar, salvando las distancias. Los Goya, el gran festejo anual del cine español, ha sido frecuentemente la ocasión para exhibir un progresismo sin un adarme de autocrítica, localizando de forma sistemática un enemigo exterior que, por lo general, ha sido el Gobierno del PP, el de Aznar en su momento y el de Rajoy, ahora. El fracaso de la última película de Fernando Trueba ('La reina de España') hay que lamentarlo incluso si se debe a una suerte de boicot de parte del público español que se sintió ofendido por las palabras del director al recoger el año pasado el Premio Nacional de Cinematografía (“No me he sentido ni cinco minutos español”).

Fernando Trueba en una de las habitaciones de su casa. (EFE)
Fernando Trueba en una de las habitaciones de su casa. (EFE)

Ana Belén, a la que con todo merecimiento se le entregará el Goya de honor, ha salido en defensa de Trueba aduciendo que lo que le ha ocurrido "le retrotrajo a la dictadura franquista". ¿No hubiese sido más sencillo y más progresista asumir, el director y la actriz, el error de las palabras de aquel y cerrar así un episodio que en nada beneficia al cine español? Hay progresismos que se mantienen en el yerro con una perseverancia digna de mejor causa. No el de Nuria Espert que ha reconocido haber votado a Manuela Carmena, lo que no le ha impedido criticar a su concejala de Cultura, Celia Mayer: “No estoy segura de que sepa ni leer”, ha declarado la actriz catalana.

El cine español ha sido víctima de la crisis como otros sectores. Pero desde el escenario de los Goya no puede someterse al ministro popular de turno a la gota malaya de tres horas de reproches. Menos aún a Íñigo Méndez de Vigo que, con el actual secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, trata de estrechar lazos con el sector aunque sigan apareciendo titulares belicosos a cinco columnas ('Que el Gobierno no denigre el cine'). La realidad no es esa: no lo denigra aunque no pueda subvencionar las industrias culturales y creativas en la medida en que todos quisiéramos. No es hostilidad, es imposibilidad. Representan más de 3,5% de nuestro PIB y emplean a 500.000 personas.

Es urgente que se reduzca el llamado IVA cultural y se cree una fiscalía especial para luchar contra la desastrosa piratería

El Gobierno acaba de firmar una acuerdo con el Fondo Europeo de Inversiones que movilizará en dos años hasta 150 millones de euros para avalar la financiación de proyectos de pymes culturales y creativas; está en borrador el real decreto ley para restablecer el erróneamente suprimido canon digital (¿por qué no se aprueba ya si es una obligación del Ejecutivo en ejecución de sentencias europea y del TS?), se han mejorado algunos aspectos de la fiscalidad y es urgente que se reduzca el llamado IVA cultural y se cree una fiscalía especial para luchar contra la desastrosa piratería.

El cine ha entrado en una nueva fase porque el paradigma de esta industria también ha cambiado: se están sustituyendo las salas por los nuevos soportes digitales a los que nutren Netflix, HBO y tantas otras compañías poderosísimas. Ahí hay que apretar el acelerador, y ese es un desafío cultural y económico que nuestro buen cine tiene que encarar intensificando su empatía con toda la sociedad española. Dani Rovira tiene tema este sábado, en la 31ª edición de los Goya para dar contenido a sus monólogos.

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