Mucho testigo, poco abogado y Rajoy por peteneras

El presidente del Gobierno aplica siempre la misma plantilla: valora a los adversarios y confía ciegamente en sus errores

Foto: Mariano Rajoy. (Reuters)
Mariano Rajoy. (Reuters)

Al presidente del Gobierno le salió bien la testifical de ayer en la primera pieza separada (1999-2005) del caso Correa porque Rajoy aplica siempre la misma plantilla: valora a los adversarios y confía ciegamente en sus errores. Él ya conocía sus fortalezas de salida.

La primera consistía en que el juicio iba a retransmitirse por TV —no por TVE, lo que ahonda la preocupación por el concepto de servicio público que tienen sus responsables—, lo cual requería sus mejores dotes oratorias y parlamentarias. Las utilizó a fondo. Evitó los circunloquios y los eufemismos todo lo que pudo; tampoco recurrió en demasía a la desmemoria; movió las manos acompañando sus afirmaciones y miró fijamente a sus interrogadores, ora de la acusación, ora de la defensa. Un ciudadano de a pie, lego en materia jurídica, bien podía pensar que el presidente del Gobierno se movía en un debate parlamentario o en un rueda de prensa. El clima judicial de la comparecencia brilló por su ausencia.

La segunda fortaleza estribaba en su posición en la sala de la vista oral. Se sentó, parapetado en una mesa, a la derecha del tribunal y a la izquierda de las defensas, en el mismo plano que los magistrados y letrados, diluyendo por tanto la plasticidad de la subordinación posicional. Con violación del artículo 685 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, no se mantuvo en pie mientras el presidente del tribunal le hacía observación de las generales de la ley. Por fin, empleó un tono rotundo, inteligible y convencido, manejando énfasis verbales (“absolutamente”, “perfectamente”, “nunca jamás”) que otorgaron credibilidad a sus palabras y soltando remoquetes muy de su gusto para desconcertar a su interlocutor (“como todo el mundo puede entender”, “es de sentido común”).

Se sentó, parapetado en una mesa, a la derecha del tribunal y a la izquierda de las defensas, en el mismo plano que los magistrados y letrados

La tercera fortaleza que asistía a Rajoy era también conocida: la realización televisiva de la testifical, con plano fijo y largo. La cámara —inmóvil prácticamente— no permitía primeros planos, que son los que más perjudican al presidente, dotado de algunos tics gestuales poco estéticos y una vocalización defectuosa más perceptible en la cercanía que en la distancia media. Por otra parte, su soledad en la mesa testifical ofrecía una sensación de amplitud frente a la de abigarramiento de los estrados en los que se sentaban acusaciones y defensas. A mayor abundamiento, las sillas de los acusados en la causa estaban vacías, de modo que Rajoy pudo conducirse sin miradas inquisitivas, fueran estas las de Correa, Pérez o Crespo. Y, claro es, no asistió Bárcenas.

La cuarta fortaleza fue que el presidente del Gobierno no improvisó. Tuvo el buen juicio de despejarse la agenda y prepararse con algún 'sparring' el interrogatorio. Su línea argumental —allá cada cual lo que crea o no— fue que la dedicación política (la suya) estaba alejada, y era incluso incompatible, con la financiera (de otros) y que, en consecuencia, él desconocía irregularidad alguna. Cómo sea eso de verosímil, es otra cosa. No es discutible, sin embargo, que él acudía como testigo y por lo tanto a dar “razón de ciencia” de lo que conocía, y dijo desconocer todo lo que afectaba a los dineros del partido.

Él acudía como testigo y por lo tanto a dar “razón de ciencia” de lo que conocía, y dijo desconocer todo lo que afectaba a los dineros del partido

Pero en donde el presidente del Gobierno —en términos comunicacionales más que estrictamente técnico-jurídicos— obtuvo una buena puntuación resultó ser en la optimización de los errores de los abogados —empezando por Benítez de Lugo, que solicitó (¿para qué?) su testifical—, o más exactamente, del mal interrogatorio al que fue sometido. Falta de perspicacia en las preguntas formuladas de manera frontal (14 fueron declaradas impertinentes por el presidente del tribunal) y sin segundas; ausencia de cadencia en el planteamiento de las cuestiones —entre una y otra pregunta, mediaban demasiados segundos, como si el abogado de turno se hubiese quedado en blanco—; reiteraciones que delataban que los letrados de la acusación no se habían coordinado en absoluto, como si sus intereses resultasen contrapuestos en la causa, y, finalmente, tosquedad en el desbordamiento procesal de las interrogantes que Rajoy dejó se sustanciase en un seco toma y daca entre el magistrado Ángel Hurtado y los acusadores que, en cascada, hicieron constar su protesta. Por fin, el jefe del Ejecutivo se permitió lanzar dos puyas irónicas a Mariano Benítez de Lugo perfectamente audibles aunque mediase el intento de atajarlas por el presidente del tribunal. Salió el gallego por peteneras sin zozobras ni agobios.

La buena noticia para Rajoy es que esta comparecencia le ha salido bien porque no hubo una pregunta que realmente le hiciese dudar de su línea argumental previamente ensayada. Le ayudaron indeciblemente desde la localización física en la sala hasta la escasez de los letrados que incurrieron, además, en roces continuos con el presidente del tribunal. La mala noticia para el presidente del Gobierno es que pueden quedarle en los próximos años (entre tres y cinco) algunas comparecencias más de este tipo. Por lo demás, hagamos caso a Francisco de Quevedo: “Muchos son los buenos, si se da crédito a los testigos; pocos si se toma declaración a su conciencia”.

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