Cataluña devora a Iglesias (cena de patriotas)

Iglesias ha sido devorado por el secesionismo catalán, perdiendo así todas las opciones de gobierno en España. Comprometerse con la causa separatista le invalida como líder nacional

Foto: Oriol Junqueras y Pablo Iglesias llegan por separado a la casa de Jaume Roures en Barcelona. (El Confidencial)
Oriol Junqueras y Pablo Iglesias llegan por separado a la casa de Jaume Roures en Barcelona. (El Confidencial)

En otras circunstancias, la cena de Iglesias y Junqueras en Barcelona, el día 26 de agosto, tras la manifestación contra los atentados del 17-A, podría haber pasado como un episodio sin mayor trascendencia. Pero como el líder de Podemos es, en política, poco más que un becario con pretensiones, aceptó un ágape secreto-discreto con el interlocutor más peligroso y en el momento más delicado. El resultado fue que el morado quedó señalado. Y la imagen que proyectó no pudo ser más lesiva: Junqueras le pidió ayuda para que los seguidores de Podemos voten el 1-O e Iglesias reclamó al vicepresidente del Gobierno de la Generalitat el concurso de ERC para echar al presidente Rajoy.

No parece una transacción ni limpia ni oportuna. Tampoco transparente. Cuando los secesionistas lanzan al Estado su peor desafío, no resulta estético (ni ético) que el dirigente de la tercera fuerza parlamentaria española cambie cromos con el secesionismo y que ambos urdan la posible defenestración del jefe del Gobierno. Ahora, justamente ahora.

Los socialistas no van a intentar una nueva moción de censura porque el socio del posible derribo de Rajoy sería mucho peor para todos que el PP

Por fortuna, Pedro Sánchez no estaba al tanto de esa cena de patriotas (sí Puigdemont). El encuentro —desvelado por este periódico— ha alertado a todos. Al PDeCAT, que se 'huele' un tripartito en Cataluña cuando fracase el 1-O (así será, seguramente), y a los socialistas, que, en palabras de Adriana Lastra, no van a intentar una nueva moción de censura porque el socio del posible derribo de Rajoy —el Podemos actual— sería mucho peor para todos que el PP. El dirigente morado ha perdido el control. No es lo más grave que en su partido se le hayan rebelado las comisiones de garantías territoriales ante el intento saduceo de acumular más poder, lo que ha tratado de evitar la presidenta expulsada de la Comisión Estatal, Olga Jiménez. Tampoco que entre Podemos y sus confluencias las fisuras se multipliquen y requieran que el aragonés Echenique tenga que dejar su escaño autonómico para desempeñar a horario completo sus funciones de bombero.

Lo más grave es que Iglesias ha sido devorado por el secesionismo catalán, perdiendo así todas las opciones de gobierno en España. Comprometerse con la causa separatista le invalida como líder nacional. El próximo día 11 (la Diada) se ha citado con Colau y Domènech para celebrar un acto “por la soberanía de Cataluña” durante el que reiterará que el referéndum del 1-O es una “movilización legítima” (justamente lo que no es) y reivindicará un proceso constituyente para tumbar la Constitución de 1978 (es lo que quiere Junqueras). ¿Es todo esto una grave deslealtad de Iglesias?, ¿constituye una traición? Ambos son conceptos un tanto excesivos que se cohonestan mal con la envergadura política de dirigente populista.

Mucho más simple: Iglesias carece de criterio atinado y demuestra ser incapaz de comportarse en una crisis de Estado como correspondería a la responsabilidad que él y su grupo deben asumir en la política española. Se apunta a todo aquello que zancadillee al sistema constitucional, quiebre el 'statu quo' y agreda el orden establecido (para destrozarlo, no para reformarlo). Su discurso está tan repleto de contradicciones como denuncian los problemas internos en Podemos, y sus posicionamientos políticos son tan erráticos que se pueden confundir con el nihilismo, los tópicos más inveterados, la simulación y el ventajismo.

Iglesias demuestra ser incapaz de comportarse en una crisis de Estado como correspondería a la responsabilidad que debe asumir en la política

En momentos tan cruciales, el país no puede contar con Iglesias. Los adversarios del Estado sí pueden hacerlo. Esta es la realidad de un político sin preparación para ejercer de tal que comparece —como los nacionalistas— de 'observador' en el pacto antiyihadista, considera el acoso al Rey en Barcelona como un acto de “libertad de expresión” y pretende hacer tándem con los secesionistas parea echar a Rajoy suponiendo —en el fondo, ¡cuánto desprecia a Sánchez!— que el PSOE va a secundar gregariamente sus planes. Iglesias corre hacia los márgenes para ser un líder marginal. Decisión que toma, desacierto que comete. Dentro y fuera de su organización. Va de tumbo en tumbo: desde la frustrada moción de censura a Rajoy hasta la cena patriótica con Junqueras, pasando por la degradación de su partido.

Ya ofrecí en este mismo espacio (25 de julio pasado) referencia del libro del catedrático José Luis Villacañas ('El lento aprendizaje de Podemos'. Editorial Catarata, 2017) que retrataba las peores características de Pablo Iglesias. Quizás el académico erró solo en el título de su excelente ensayo: no se trata del “lento aprendizaje de Podemos”, sino de su lenta pero implacable migración hacia la irrelevancia política bajo el mandato de Iglesias. Solo hace falta que concurran dos factores más para que se consume la dilución de los morados: que Íñigo Errejón siga en el ostracismo y que Pedro Sánchez tenga claro que la resucitación del PSOE requiere de su alejamiento táctico y estratégico de las propuestas de Iglesias.

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