Rajoy, su mejor y su peor discurso

Si Rajoy convenció con su discurso de logros y éxitos, Soraya, que le ha acompañado desde 2011 como plenipotenciaria de sus sucesivos gobiernos, debería arrasar a Casado

Foto: El presidente del PP, Mariano Rajoy. (EFE)
El presidente del PP, Mariano Rajoy. (EFE)

¿Puede ser una pieza oratoria buena y mala a la vez?, ¿cabe un discurso excelente y pésimo en una misma valoración?, ¿es posible elogiar y criticar al mismo tiempo al interviniente? Lo es. Y el caso más claro es el de ayer a propósito del discurso de despedida de Mariano Rajoy en el 19º Congreso del PP.

Fue su mejor discurso —o uno de los mejores— porque empleó una oratoria repleta de recursos inteligentes, con una entonación y un ritmo oportunos, y porque conectó emocionalmente con un auditorio doméstico fácil de contentar, pero expectante y muy crujido por los acontecimientos de los últimos años y, sobre todo, por el inédito desalojo del gobierno popular a través de una moción de censura que concitó toda suerte de entendibles, pero no siempre lógicas, invectivas.

Rajoy inicia su discurso afirmando que seguirá siendo siempre militante de PP

No solo por eso fue una de las mejores piezas del expresidente. También porque se deshizo de cualquier trazo autocrítico ofreciendo una retrospectiva entre épica e idílica a más de 3.000 compromisarios que la necesitaban porque tienen que resolver el marrón de decidir quién continúa al frente del partido. Rajoy les anestesió a través de una intervención amnésica y complaciente.

Y, en fin, fue un buen discurso porque formalmente se mantuvo neutral en la pugna entre los dos candidatos, Soraya Sáenz de Santamaría (a la que no mencionó) y Pablo Casado.

Pero fue un pésimo discurso porque Mariano Rajoy se tomó la licencia, poco menos que intolerable, de no mencionar el más grave de todos los problemas —con Cataluña— que han aquejado al Partido Popular: la corrupción. No solo no mencionó el concepto. Ni siquiera lo rozó.

Fue un pésimo discurso; Rajoy se tomó la licencia, poco menos que intolerable, de no mencionar el más grave de todos los problemas: la corrupción

Esa omisión inexcusable (y otras: por qué no dimitió, por ejemplo) hizo que la despedida de Rajoy fuese de cartón piedra y, a la postre, hiciera inexplicable la situación en la que se encuentra su partido y, en último término, la razón o las razones por las que él mismo se estaba despidiendo de la presidencia de la organización.

Fue un discurso, en definitiva, que no por tramposo dejó de tener virtudes, pero que omitió un relato racional y sereno que diese sentido al acto que se estaba celebrando y ofreciese a los futuros dirigentes de la organización las claves de su actual crisis. Si todo lo que dijo Rajoy fuese verdad, ¿por qué triunfó la moción de censura?, ¿por qué se le fue de las manos la crisis de Cataluña que comenzó en 2012?

Rajoy fue el mejor Rajoy que hemos conocido. Un político con cuarenta años de experiencia, con la grandeza de la oratoria y con los hábitos taimados de la política tahúr. Como siempre en él, mejor las formas que el fondo; lo dicho que lo hecho; lo previsto que lo cumplido; lo prometido que lo ejecutado.

La prueba del nueve la vamos a tener este mediodía, cuando emitan el voto los compromisarios. Si Rajoy convenció con su discurso de logros y éxitos, Soraya Sáenz de Santamaría que le ha acompañado desde 2011 como plenipotenciaria de sus sucesivos gobiernos, debería arrasar a Pablo Casado porque no hay legataria más auténtica de sus políticas.

Pero si es Pablo Casado el que alcanza la presidencia del partido, el discurso de Rajoy se habrá quedado en un buen andamiaje oratorio con efecto placebo, pero sin dimensión histórica para hacer entender qué, cómo y cuándo la derecha española pasó por su peor trance desde 1990. Su discurso no habría sido creíble.

Pero si es Casado el que alcanza la presidencia del partido, el discurso de Rajoy se habrá quedado en un buen andamiaje oratorio con efecto placebo

La corrupción innombrable, la incompleta reivindicación del tratamiento de la crisis no superada de Cataluña y una cuestión crucial que quedó en el aire, sin contestación, sin análisis y solo tratada con un puyazo dialéctico: con Rajoy y sus políticas, al PP le ha salido una competencia en su territorio que no es coyuntural ni episódica. La de Ciudadanos. La gran fortaleza de los populares ha sido hasta 2014 la ocupación de todo el espacio del centro hasta la derecha más levantisca. Ese 'status quo', voló con Rajoy en la Moncloa.

Si se driblan las explicaciones troncales que desentrañan el qué y el porqué de los acontecimientos, el discurso puede ser oratoriamente magnífico y, a la vez, argumentalmente pésimo. Eso sucedió ayer.

Pero no hay que precipitarse. Si todo fue tan excelente, Soraya, la mano ejecutora de tantos éxitos, saldrá en silla gestatoria de este 19º Congreso del PP. Si lo hace, por el contrario, Pablo Casado, será que la organización, tras una dignísima despedida a Rajoy, quiere comenzar un nuevo relato distinto o alternativo al del líder gallego. La suerte futura del PP se la labra el PP. Sea con la una o con el otro, Rajoy mediante.

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