Tratar a Torra y a Puigdemont y la hegemonía amarilla

Mañana se reúne la comisión bilateral y se ha impuesto un nuevo acto de hegemonía en el orden del día: se hablará de presos y del referéndum

Foto: Carles Puigdemont y Quim Torra. (Reuters)
Carles Puigdemont y Quim Torra. (Reuters)

En Cataluña se ha instalado la hegemonía amarilla. Es decir, la separatista. Ocupa el espacio público con cruces de ese color y banderas con la estrella. Playas y plazas. Calles y edificios. Toda la actividad institucional de la Generalitat está subordinada a la creación de un ambiente que asfixie a los mal llamados 'unionistas', sean de Ciudadanos, del PSC o del PP. No hay acto institucional que no sea de exaltación de la épica republicana del 1 de octubre de 2017. Cataluña es amarilla, desde los lazos en la solapa de políticos y funcionarios hasta las celebraciones públicas. Los no independentistas, los constitucionalistas, no existen. Carecen por completo de visibilidad. Se han convertido en los 'otros catalanes'.


Son las víctimas (mucho más de la mitad de los votantes en las últimas elecciones del 21-D) de la manipulación verbal, gestual y política de un Gobierno que no trabaja en la gestión de los asuntos ciudadanos sino en la vigencia de su insurrección y de un Parlamento que se cierra arbitrariamente sin que ni una sola voz autorizada lo reproche. El silencio, el acatamiento, la cerviz inclinada. El sometimiento, en definitiva, de la mayoría a la minoría. Evocaciones de aquel País Vasco de hace unos cuantos años cuando tuvieron/tuvimos que marcharse/nos decenas de miles para vivir en libertad. Lo que ocurrirá en Cataluña. Detrás de las empresas, se irán otros: profesionales, artistas, funcionarios… Es cuestión de tiempo que esta distorsión democrática comience a enseñar las excrecencias de la injusticia.

El Gobierno no repara en que la apariencia comienza a minar la moral de la sociedad española en general y la de todos los socialistas en particular


Mañana se va a producir otro acto de arbitraria imposición hegemónica. Se reunirá, después de siete años sin hacerlo, la comisión bilateral Generalitat-Gobierno. El Ejecutivo ha admitido un orden del día que altera la naturaleza jurídica y política de ese organismo de coordinación e interlocución administrativa. Ha permitido que la Generalitat plantee el debate sobre los presos preventivos (competencia exclusiva de los jueces y tribunales) y sobre la posibilidad de un referéndum de autodeterminación (sin opciones legales en nuestro ordenamiento). El Gobierno está en una estrategia de apaciguamiento. Quiere distinguir los gestos de los hechos. Aquellos, los soporta. Estos, advierte de que no los consentirá. Pero no repara en que la apariencia —como la de Waterloo o como la previa en Bruselas de Torra y Puigdemont en una rueda de prensa retransmitida íntegramente por TVE 24 horas— comienza a minar la moral de la sociedad española en general y la de los socialistas en particular.

Ética de la responsabilidad

Javier Cercas, que es un escritor con una gran capacidad para el análisis político, escribió el domingo en 'El País Semanal' que él no habría saludado a Torra tras las barbaridades que ha escrito sobre los españoles y de las que no se ha retractado. Pero el escritor comprende perfectamente que Sánchez le acoja en La Moncloa con besos y abrazos. Los ciudadanos sin encomiendas políticas, escribe Cercas, podemos mantenernos en la weberiana ética de la convicción y podríamos negar sin cargo alguno de conciencia el saludo a Quim Torra. Pero los políticos están sujetos a la ética de la responsabilidad, de modo que si con esas efusiones logran resultados positivos, hay que darlas por bien empleadas.

Foto: EFE.
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Tiene razón Javier Cercas, pero solo hasta cierto punto. Porque, ¿qué ocurre si las recepciones festivas y amigables a Torra remiten un mensaje que la ciudadanía no entiende? Grave problema. Empieza a ocurrir. Muchas fiestas en La Moncloa al presidente vicario de la Generalitat para que a las primeras de cambio su superior jerárquico —Puigdemont— le apriete inmisericordemente las tuercas a Sánchez. Podría ser que la ética de la convicción y la de la responsabilidad converjan para que los catalanes constitucionalistas no se suman en la depresión y el resto de los españoles no interpreten que su Gobierno está 'secuestrado' por un síndrome de inútil apaciguamiento.

¿Hasta cuándo se ha de ser comprensivo con la 'desinflamación' de Sánchez? No conviene precipitarse, pero tampoco prolongarla 'sine die'


La ministra portavoz del Gobierno y titular de Educación, Isabel Celaá, declaró el domingo en 'El Mundo' que están "encontrando reciprocidad en el diálogo con Torra". Si así fuera, la tesis de Cercas —que propugna incluso el “beso de lengua” entre los dos presidentes— estaría muy en razón. De nuevo el problema: los catalanes constitucionalistas no detectan esa reciprocidad y el resto de los españoles tampoco. Solo contemplan que el amarillo es hegemónico tanto simbólica como institucionalmente. ¿Hasta cuándo se ha de ser comprensivo con la política de 'desinflamación' de Sánchez? No conviene precipitarse, pero tampoco prolongarla 'sine die'. La ministra de Educación debe, urgentemente, listarnos los gestos y las decisiones recíprocas que el Gobierno ha recibido de Quim Torra. Todos —y el Gobierno el primero— tendríamos que saber cómo tratar a un xenófobo y racista (en palabras de Sánchez) presidente de la Generalitat y a un fugado de la Justicia que se ha hecho un militante activísimo contra el Estado de derecho español.

Cuestiones sin resolver

Hay muchas más preguntas en el aire, como esa que inquiere por la imperturbabilidad del Gobierno ante la titulada 'Casa de la República' que rotula la mansión de Puigdemont en Waterloo; o cómo se financia ese ir y venir de los secesionistas, si con dinero altruista de los independentistas o con cargo al FLA; cómo es posible que el Rey tenga que entregar los premios de la Fundación Princesa de Girona en un recinto hostelero de los hermanos Roca, y, en fin, otras muchas interrogantes que cuestionan cuándo y cómo se han de mantener distanciadas la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

Como la política parece que las disocia, Cercas concluye que “quizás por eso es tan difícil para un buen hombre ser un buen político y para un político ser un buen hombre”. Vuelvo a la pregunta inicial ¿cuándo el Gobierno va a disponer de unas pautas para tratar a Torra y Puigdemont que no avergüencen a una gran parte de la ciudadanía, en particular, a los catalanes constitucionalistas? Esperamos todos, ansiosos, saber en qué ha consistido la reciprocidad de Torra con Sánchez. El viernes, tras el Consejo de Ministros, Isabel Celaá podría explicarlo.

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