Heidi-Iglesias y la segunda oportunidad de Rivera

El líder morado va a jugar a Heidi con el socialista al estilo Echenique: al borde del precipicio y con amago de arrojarlo al vacío. La cuestión es que Sánchez no es el exsecretario de organización de UP

Foto: El rey Felipe VI saluda al líder de Podemos. (EFE)
El rey Felipe VI saluda al líder de Podemos. (EFE)

Hay ironías lacerantes. Por ejemplo, la de Pablo Iglesias transmutado en una Heidi cruel, lanzando al precipicio a Pablo Echenique desde su silla de ruedas. Se manifiestan con risotada fácil sentidos del humor malsanos. El meme con su correspondiente tuit ("disfruta de tu purga @pnique que te va a durar poco") resulta de esa clase de chascarrillo que define el sentido de la estética del autor, pero también explica la personalidad subordinada del aparentemente vejado que le ríe la (maldita) gracia al jefe. Su caída al vacío la ha definido el zamorano como una "rotación" que es "buena". La suya, por lo visto, no lo sería.

Heidi-Iglesias ya ha demostrado de antiguo sus instintos patibularios. De la plana mayor de Unidas Podemos no queda nada ni nadie y los sustitutos van cayendo como los sustituidos. De lo que se trata es de que no lo hagan ni Pablo ni Irene y de ir entregando cabezas debidamente guillotinadas para que el Consejo Ciudadano quede saciado, no sea que los inscritos e inscritas tengan la tentación de ajustarle las cuentas a la dupla dirigente que es la que se ha cargado la organización.

Unidas Podemos ha entrado en un evidente proceso de descomposición. La pérdida de poder autonómico y municipal es tan cuantitativa como cualitativa (todos los ayuntamientos del "cambio" se han ido al garete menos el de Kichi en Cádiz, enemigo acérrimo del secretario general de UP) y ya no es seguro que un gobierno de coalición con el PSOE sea el remedio que detenga el avance de la gangrena. Lo suyo es que Iglesias tomase las de Villadiego.

No lo hará. En la lógica que utilizan estos liderazgos soviéticos, la radicalización suele ser una terapia de último recurso, así que Iglesias se va a dedicar a ponerle a Sánchez su investidura tan difícil como esté en su mano hacerlo. El líder morado va a jugar a Heidi con el socialista al estilo Echenique: al borde del precipicio y con amago de arrojarlo al vacío. La cuestión es que Sánchez no es el exsecretario de organización de UP.

Heidi-Iglesias y la segunda oportunidad de Rivera

A España, al PSOE, a Sánchez y a la propia izquierda no les convendría en absoluto un tándem de socialistas con morados, estos bajo el mandato de Heidi-Iglesias. La situación interna de UP hace insostenibles sus exigencias al presidente todavía en funciones. El Gobierno del país no puede absorber en el ejercicio del poder ejecutivo a una organización como la morada carcomida por una afección vírica de naturaleza prácticamente letal. Un eventual e improbable acuerdo de coalición con el PSOE no haría otra cosa, además, que agudizar las contradicciones internas en UP y aumentar el estertor agónico que ya es audible en la organización.

A Sánchez, concluidas las consultas con el Jefe del Estado que ha transmitido a través de la presidenta del Congreso que es él el que puede someterse con éxito (todavía no asegurado) a la investidura, le faltan piezas en el puzle. Muchas. Pero es él y el PSOE los que deben gobernar por mandato de las urnas. Si Albert Rivera se aproxima a lo que se espera de un estadista y milita en algo parecido al patriotismo, tal y como lo hace Manuel Valls en Barcelona, con la cuestión catalana abierta en canal, la navarra en ciernes y la vasca en el horizonte, entendería que las circunstancias le ofrecen una segunda oportunidad: la de prestar al secretario general socialista, en la forma que le permita gobernar en solitario y con la asunción de los mínimos pero imprescindibles compromisos recíprocos, los 57 votos de su grupo parlamentario.

Un improbable acuerdo de coalición no haría otra cosa que agudizar las contradicciones internas en UP y aumentar el estertor agónico que ya es audible

Se constituiría así un gobierno para una España que lo necesita de una manera históricamente perentoria. Y si el presidente de Ciudadanos tampoco ahora sabe leer el curso y la naturaleza de los acontecimientos, empeñándose en un propósito que jamás alcanzará (liderar la derecha), él y su partido formaran parte del problema y en nada de la solución.

Apoyar —por activa o por pasiva— la investidura de Sánchez se debe a una emergencia, no a una conducta estandarizada o habitual en el desarrollo de las relaciones entre los partidos políticos en competición por el poder. El comportamiento de Iglesias no es nuevo, pero resulta cada vez más alarmante, lo que brindaría a Rivera y a su partido esa segunda oportunidad para demostrar su funcionalidad, su utilidad y la ocasión de acreditar su razón histórica. ¿Hay alternativa? Por supuesto: un presidente del Gobierno hipotecado por el extremismo, o unas segundas elecciones. Si Rivera persiste en su no es no —¿a qué suena ese remoquete?—, si Iglesias no se recluye cual cartujo en Galapagar y si los independentistas continúan en su deriva, aquí puede pasar de todo. Y nada bueno.

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