Sánchez y la teoría del centésimo mono

El "Gobierno progresista de coalición" es en realidad un Ejecutivo de compresión de los demás poderes, incluidos los del partido coaligado y los demás ejecutivos salvo los presidenciales

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en rueda de prensa tras el Consejo de Ministros del pasado martes. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en rueda de prensa tras el Consejo de Ministros del pasado martes. (EFE)
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Es improductivo, en términos de explicación, utilizar categorías coloquiales para describir los comportamientos del presidente del Gobierno. O en otras palabras: sus cambios de criterio y opinión no son mentiras, y sus apreciaciones contradictorias con la realidad no implican expresiones de cinismo. Todo lo que hace, y cómo lo hace, remite a una concepción del poder que se caracteriza por su sesgo de contemporaneidad. Hemos entrado en la era de la posdemocracia liberal, en la que se están recuperando, incluso en los sistemas de garantías más consolidados, formas y maneras de hacer política que evocan los ademanes de la autocracia, es decir, del ejercicio en una mano de un conjunto exorbitante de facultades públicas. Tiempos en los que la veracidad es anecdótica, fugaz e intrascendente y las palabras carecen de densidad.

El populismo y las formas iliberales no son solo propias de algunos países toscamente autoritarios sino que, sin alterar ni una sola coma de sus vigentes leyes constitucionales, se producen en modelos políticos sofisticados como los Estados Unidos de Donald Trump o el Reino Unido de Boris Johnson. Por no hablar de lo que ocurre en Polonia o Hungría, y lo que bien puede ocurrir en Italia si regresa Salvini al poder. Hay autores —ahí está la última obra de Christian Salmon— que califican la presidencia de Emmanuel Macron como “jupiterina”, es decir, evocadora de una deidad.

Pedro Sánchez ha llevado a la práctica la teoría del centésimo mono, que consiste en el efecto imitación que llega a crear una masa crítica. La tal teoría arranca de una investigación en la década de los años cincuenta del pasado siglo. Un grupo de científicos comprobó en una isla japonesa que cuando se ofreció a macacos patatas dulces pero terrosas, las rechazaron, hasta que uno de ellos las lavó y se las comió. En poco tiempo, los demás aprendieron a lavar el tubérculo y a ingerirlo. Y así hasta 100. Y a partir del centenar, el consumo de patatas dulces se generalizó generando una “masa crítica” a la que se resistieron los animales mayores, mientras los más jóvenes se incorporaban rápidamente al nuevo uso alimenticio.

En las formas de hacer política, ocurre algo similar: se crean nuevos modelos favorecidos por también renovadas circunstancias históricas y emergen —en las urnas, con una legitimidad inatacable— personalidades de rasgos autocráticos que aprenden los unos de los otros y resultan antagonistas de sus predecesores: el presidente republicano de los Estados Unidos sucede a un demócrata paradigmático como Obama; el primer ministro conservador del Reino Unido barre en las elecciones a un socialdemócrata ideológicamente arteriosclerótico y a una colega 'tory' de manual; en Brasil, un ultraderechista toma el relevo a un izquierdista de referencia; en Hungría, un conservador al uso se convierte en un iliberal, y en Polonia ocurre tres cuartos de lo mismo; en Francia, la partida política se libra entre el macronismo (¿qué es el macronismo?) y la extrema derecha, sin que aparezcan signos de vida inteligente ni en el socialismo ni en el conservadurismo liberal de los republicanos.

En España, Sánchez representa —con los matices que se quiera— esa nueva forma de ejercicio del poder. Los síntomas de ello son inequívocos y enlazan con una relativización absoluta de los compromisos electorales y con una extraordinaria volatilidad de las estrategias. Todo a lo que Sánchez se comprometió, mediante afirmaciones y negaciones, entre el 28 de abril y el 10 de noviembre de 2019, es ahora un mero recuerdo que no conmueve a la 'masa crítica' que celebra un “Gobierno progresista de coalición” que en realidad es un Ejecutivo de compresión de todos los demás poderes, incluidos los del partido coaligado y los propios del poder ejecutivo que no sean los presidenciales.

Y así ocurre que la exministra de Justicia y futura fiscal del Estado presenta, según Sánchez, una trayectoria “impecable” (sus conversaciones con Villarejo formarían parte de un 'fake'); el presidente está “encantado” de entrevistarse con Quim Torra (ya no es el “Le Pen español”, y las razones por las que no le descolgó el teléfono durante semanas han dejado de concurrir); el jefe del Ejecutivo fragmenta las competencias de sus ministros (uno de ellos, el de Universidades, se manifestó en desacuerdo por la amputación de la ciencia y la innovación de su cartera) para reinar él en el puzle de taifas en que ha convertido el Consejo de Ministros, en el que soporta y disfruta dolor y gloria su otrora denostado vicepresidente segundo, Pablo Iglesias; por si fuera poco, el Gobierno se reunirá los martes sin que la presidenta del Congreso haya, hasta el momento, acompasado un nuevo calendario para la Cámara para salvar el relieve de las sesiones de control al Ejecutivo; ítem más: la Moncloa se convierte en un arsenal de poder dotando al jefe del Gabinete presidencial de poderes extraordinarios, tantos, que no admiten competencia con los de las vicepresidencias, pero librándose Iván Redondo del control parlamentario al que sí se someten los/as ministros/as.

Por lo demás, se usará y abusará del decreto-ley a la mínima resistencia que un proyecto de ley pueda registrar en el Congreso; no hay propiamente, ni habrá, hostilidad, pero sí indiferencia y distancia respecto de otras instituciones del Estado y máxima complicidad colaborativa con las fuerzas políticas más agresivas con el sistema constitucional, y todo se referenciará a 'valores' enfáticamente proclamados y selectivamente vigentes: el "diálogo", el “consenso”, “la interlocución intergeneracional”… Insertado todo ello en una estrategia de comunicación que es “la razón de ser de la política”, en palabras del ya citado Salmon y que Sánchez encomienda a su íntimo colaborador, que ni siquiera pertenece a su partido.

Ortega sostenía que “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Cierto. Y quizá lo que pase es que Pedro Sánchez, un buen observador de cómo se desarrolla la política y poseído por una desmesurada ambición personal, ha elaborado una urdimbre de poder aparentemente precaria pero en realidad resistente, aprendiendo las lecciones de estos tiempos plomizos para la democracia e imitando, como en la teoría del centésimo mono, las conductas de sus peores pares. El socialismo del PSOE, masa crítica del presidente, está en la higuera del arrobo progresista. La misma en la que lleva encaramada la derecha desde que Sánchez trabó contra Rajoy todas las hostilidades y el gallego solo acertó a refugiarse en un restaurante a 600 metros del Congreso mientras un “adolescente caprichoso” imaginó que era capaz de hacer historia y protagonizó un tremendo fiasco. Este entramado tiene, sin embargo, un cabo suelto. Habrá, también, que comentarlo.

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