La reina Letizia, una disrupción histórica

El matrimonio de Felipe VI fue el acontecimiento más disruptivo y único en siglos de monarquía española porque quebró un uso endogámico y abrió la institución a una mayor dosis de realidad

Foto: La reina Letizia en Cantabria. (LP)
La reina Letizia en Cantabria. (LP)
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El 22 de mayo de 2004 el actual rey Felipe VI se casó en Madrid con Letizia Ortiz. Lo hizo pese a las reticencias de su padre y, en general, de buena parte de su familia y bajo las severas admoniciones de los más ortodoxos monárquicos. No era para menos. Porque nunca en la historia de las dinastías Austria y Borbón una "plebeya" —y para más datos, divorciada— sería reina consorte, como lo es ahora, tras la proclamación de su marido Rey de España ante las Cortes Generales en junio de 2014, previa abdicación de su padre, Juan Carlos I.

Las reinas españolas, desde Carlos V hasta el presente, y después de Isabel la Católica y su hija Juana, apodada 'La loca' han sido, salvo Isabel II, titulares de la Corona, si no consortes, pero muchas de ellas ejercieron una notabilísima influencia en la política real de su tiempo. Algunas, asumieron el difícil papel de regentes por "minoridad de edad" del heredero o heredera, o para la gobernanza temporal por ausencia de los reyes.

El rey Felipe y la reina Letizia el día de su boda. (EFE)
El rey Felipe y la reina Letizia el día de su boda. (EFE)

En el siglo XIX e inicios del XX en España, hubo dos reinas viudas: Cristina de Borbón (1806-1878), cuarta esposa de Fernando VII y madre de Isabel II, que ejerció esa responsabilidad durante siete años, y María Cristina de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria, segunda esposa de Alfonso XII, madre de Alfonso XIII, que desempeñó la regencia entre 1885 y 1902. Antes de ellas, las reinas viudas, madres de los reyes, tuvieron también un papel en algunos casos determinantes en la gobernación e influyeron en decisiones cruciales de la política española e, incluso, internacional.

Todas ellas, sin excepción alguna, reunieron las condiciones que, con mejor o peor suerte, se exigían a las esposas de los reyes desde las Partidas de Alfonso X el Sabio (1221-1284). Este código referencial del derecho público medieval, con aspectos también en el ámbito privado, requería que las consortes de los reyes fuesen de "buen linaje", "ricas" y "hermosas". Su función consistía en asegurar la sucesión y desempeñar un rol simbólico con exigencia de atesorar "virtudes" que ensalzasen, a través de ellas, la figura del monarca. Y aunque suene a un anacronismo fuera de cualquier contexto, el llamado "matrimonio entre iguales" —las consortes de los reyes habían de ser de linaje real o emparentadas con las familias reales— se ha observado hasta el matrimonio entre Felipe de Borbón y Grecia y Letizia Ortiz Rocasolano.

Juan Carlos I se casó con Sofía de Grecia, princesa de ese país, cuando su padre, el rey Pablo, ostentaba en plenitud la Corona helena, luego perdida por su hermano Constantino. El abuelo del rey, don Juan de Borbón, matrimonió con María de las Mercedes de Orleans y Borbón (1910-2000), infanta de España y Princesa de Orleans, y su bisabuelo, Alfonso XIII, contrajo nupcias con Victoria Eugenia de Battenber (1887-1969), nieta de la reina Victoria de Inglaterra. Todo ese peso histórico y tradicional lo quebró Felipe VI al decidir su boda con Letizia Ortiz, para la que era su segundo matrimonio, una profesional del periodismo, hija de una familia de clase media —sus padres divorciados— y nieta de un taxista. Como la vida misma. Así, se producía la disrupción histórica más interesante y en estos momentos más significativa de la monarquía española, que desde la Constitución de 1978 es plenamente parlamentaria.

Las características de la reina Letizia garantizan usos, modos y costumbres inéditos en la familia real. Supuso la 'democratización' de la Corona

Las características de la reina Letizia garantizan usos, modos y costumbres inéditas en la familia real. Sus predecesoras estaban educadas, preparadas y dispuestas a que sus respectivos maridos se permitiesen un amplio margen de discrecionalidad en la fidelidad matrimonial, descansaban sus responsabilidades de la educación de sus hijos sobre tutores y preceptores y asumían un papel subordinado. Ya no. Porque el matrimonio de los reyes es, efectivamente, por completo diferente a los de sus antecesores e implica lo que se ha dado en llamar una "democratización" de la Corona, pero, sobre todo, la inserción en ella de una persona que procede de un ámbito plenamente ciudadano, de una profesional con los pies en la calle, que ha sudado en su trabajo, que ha compartido insuficiencias, éxitos y fracasos, que sabe cómo es la vida de la gente corriente y que, como una mujer de su tiempo, exigirá a su marido lo que ninguna otra consorte real estaba en condiciones de requerirle a sus predecesores.

Ahora, cuando algunas conductas de Juan Carlos I están sometidas a averiguación del ministerio fiscal y que abruman por su irresponsabilidad y deterioran su trayectoria como estadista, la reina de España supone un factor indudable de renovación en las prácticas de la familia real, representa un apoyo decisivo a su marido en este trance en el que quizás —y en función del desarrollo de los acontecimientos— deba adoptar medidas adicionales. Garantiza también que la educación de las hijas de ambos —la princesa de Asturias y la infanta Sofía— se adecúa a la realidad del país.

De todas las medidas que Felipe VI ha ido tomando —una proclamación aconfesional, código de buena conducta a los miembros de su Casa, drástica reducción de la familia real, revocación del título ducal a su hermana la infanta Cristina, incorporación de la Corona a las normas de transparencia, apartamiento de su padre de la agenda oficial y representativa, supresión de su asignación presupuestaria, renuncia simbólica a la herencia que podría corresponderle de fondos opacos, retirada de la infraestructura material y de los recursos humanos de asistencia como rey emérito— el acontecimiento que marca una diferencia histórica abismal fue su matrimonio con Letizia Ortiz. El fin de la endogamia.

Unas nupcias que adquieren en estas circunstancias un valor estratégico porque siglos de usos dinásticos se resignan a la decisión de un rey como Felipe VI que cuando ha tenido opción de elegir —y no siempre la ha tenido empezando por su propio destino de ser rey— se ha decantado por la mejor alternativa, por la más contemporánea, con la que debiera —y seguramente lo haya conseguido— sintonizar más con los valores "republicanos" de una monarquía parlamentaria que forma parte del pacto constitucional en el que se sustenta la democracia española.

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