A Sánchez le estalla la coalición e Iglesias se da a la fuga
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José Antonio Zarzalejos

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A Sánchez le estalla la coalición e Iglesias se da a la fuga

Iglesias ha hecho mucho daño al socialismo, lo ha lesionado históricamente, y el PSOE no ha aportado nada a Podemos. Ni uno ni otro se deben agradecimiento, sino un reproche mutuo. Y acabarán rompiendo a no tardar

placeholder Foto: El líder de Unidas Podemos y candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Unidas Podemos y candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias. (EFE)

Desde que se constituyó en enero de 2020 el Gobierno de coalición entre el PSOE y UP, los dos partidos no han hecho sino recorrer un tránsito electoral autonómico frustrante y perdedor. En Galicia (12 de julio del año pasado), el PSdeG quedó en tercer lugar y la confluencia de Podemos desapareció del Parlamento gallego; en el País Vasco, en la misma fecha, los morados pasaron de 11 a seis escaños y el PSE se mantuvo sin más; en Cataluña, el PSC, con una abstención histórica, logró ser el partido más votado, sumando solo 45.000 votos a los que obtuvo en 2017, y los comunes mantuvieron su representación parlamentaria, pero perdiendo voto popular y disminuyendo su porcentaje sobre el total de los emitidos.

Este martes, el PSOE registró en Madrid una auténtica debacle y Unidas Podemos redujo su 'efecto Iglesias' a tres escuálidos diputados más en una Asamblea legislativa que ha pasado de los 132 en 2019 a los 136 escaños de 2021. No solo eso: a los socialistas les sobrepasó Más Madrid, que adelantó en 14 actas y en porcentaje a Unidas Podemos y, para mayor escarnio de la 'alerta antifascista' de Iglesias, Vox le rebasó en tres diputados. Y si estas elecciones eran de alcance nacional —y las de Madrid son tan sistémicas como las de Cataluña—, en este registro hay que leerlas y concluir que Pedro Sánchez debió detenerse en el mes de abril de 2019, mantenerse en la negativa a coaligarse con Unidas Podemos y, sobre todo, con Pablo Iglesias, y eludir el apoyo de los independentistas.

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En vez de atenerse a la sensatez, se abonó a la audacia temeraria y la coalición se hizo necesaria por la debilidad del PSOE y de UP tras el fallido 10-N de 2019. Las consecuencias están a la vista: a Sánchez le ha estallado el Gobierno y Pablo Iglesias huye hacia lares en los que no tenga que competir, trabajar, gestionar ni asumir compromisos. Dice ser un “chivo expiatorio” como excusa para no reconocer que es un bolchevique de los años veinte del siglo pasado y que su escenario no es la contemporaneidad sino la nostalgia del leninismo. Se va dejando empantanado su partido, purgados a todos sus adversarios y designando a la vicepresidenta tercera, Yolanda Díaz, que no es militante de Podemos sino del PCE, sucesora sin consultarlo a las bases. Por su santa voluntad.

Los socialistas y los partidos a su izquierda —en especial los comunistas— no han tenido experiencias fructíferas de colaboración. Sánchez desoyó la historia y no atendió a la prudencia, se desdijo y comenzó a gobernar envuelto en una mezcolanza de contradicciones, consignas, políticas identitarias, desvertebración del Consejo de Ministros, vaciamiento de la organicidad del PSOE —caudillismo puro y duro—, extrañas y repelentes compañías (la de EH Bildu, por ejemplo), sin disminuir la crisis de Cataluña (ERC negocia en la cárcel el Gobierno de la Generalitat, que no será un tripartito con el PSC). La gestión de la pandemia ha sido y está siendo desconcertante, al emplear modelos de estados de alarma disímiles y anunciando su vencimiento el próximo día 9, cuando terminará la vigencia de la normativa de emergencia, contradiciendo el criterio de la mayoría de los presidentes autonómicos. Sánchez ha tenido que callar o utilizar eufemismos (¿falsedades?) para justificar el permanente desajuste de su Gabinete, que ha entrado en una fase de mayor discreción cuando Iglesias abandonó el Consejo de Ministros pese a que ha sido una jaula de grillos.

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El PSOE no solo no se ha beneficiado de la coalición, sino que se ha desdibujado en ella. Aunque la señora Lastra desprecie —“ahora nos toca a nosotros”— el patrimonio del socialismo, lo cierto es que el adanismo sanchista, tantas veces a rebufo de las radicalidades de Iglesias y de su partido, ha debilitado su organización hasta el punto de ser rebasado por una fuerza regional de izquierda como Más Madrid, que ha absorbido las nuevas tesis de la izquierda europea. Iglesias ha hecho mucho daño al PSOE, lo ha lesionado históricamente, y el PSOE no ha aportado nada a Podemos, de tal manera que ni uno ni otro tienen nada que agradecerse, sino reprocharse todo. Pronto acabarán rompiendo. Por perder, socialistas y morados han extraviado hasta la habilidad en la creación de marcos mentales emocionales, dejándose arrebatar —justicia poética, al estar de por medio independentistas y la extrema izquierda de Podemos— aquel que el progresismo más atesoraba: la libertad. El recurso de ridiculizar a Díaz Ayuso por la manera en que ha conducido su campaña —horma del zapato de esta izquierda que establece los dogmas de la corrección política— ha hecho más amargo el desastre izquierdista de este martes.

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP a la reelección, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente del partido, Pablo Casado. (EFE)

El PP de Ayuso es una versión del PP de Casado que tiene otras en Andalucía, Galicia, Murcia o Castilla y León, como ocurriera cuando Ruiz-Gallardón o Esperanza Aguirre, que presidieron Madrid con líderes nacionales tan distintos a ellos como Aznar o Rajoy. Para Casado, la victoria de Ayuso le empodera y eso lo sabe Sánchez, que deberá mover ficha. Podrán restársele tantas cuantas virtudes se quieran al presidente del Gobierno, pero no su instinto político y de poder. Sería estúpido que ante el desastre en Madrid, la fuga de Iglesias y la situación creada tras la más torpe de las operaciones (la de Murcia), el secretario general del PSOE no diese un volantazo y tratase de recuperar la centralidad tras analizar el porqué de la emergencia de esa nueva izquierda de Errejón.

Por lo demás, es de suponer que se asumirán algunas responsabilidades. No podemos seguir con el tabernario Tezanos al frente del CIS y al servicio del Gobierno, y tendrán que recuperarse vestigios de vida inteligente en Ferraz, porque la Moncloa no es la sede del PSOE ni el jefe de su Gabinete, Iván Redondo, por estética institucional, puede compatibilizar su cargo con direcciones de campañas (y si son tan desastrosas como la de Madrid, peor aún). Hemos entrado en un cambio de rasante y nos aparece un horizonte nuevo. Todo es posible y hasta probable menos el quietismo. España no puede seguir siendo un patio de Monipodio ni por la derecha (que ya ha absorbido al prescindible, desde la primavera de 2019, Ciudadanos) ni por la izquierda. Todo tiene que cambiar, pero no 'lampedusianamente', es decir, para que todo siga igual. Lo único que seguirá igual será el discurso del fugado Iglesias, que tratará de 'asaltar el cielo' desde la agitación y propaganda mediáticas.

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Desde que se constituyó en enero de 2020 el Gobierno de coalición entre el PSOE y UP, los dos partidos no han hecho sino recorrer un tránsito electoral autonómico frustrante y perdedor. En Galicia (12 de julio del año pasado), el PSdeG quedó en tercer lugar y la confluencia de Podemos desapareció del Parlamento gallego; en el País Vasco, en la misma fecha, los morados pasaron de 11 a seis escaños y el PSE se mantuvo sin más; en Cataluña, el PSC, con una abstención histórica, logró ser el partido más votado, sumando solo 45.000 votos a los que obtuvo en 2017, y los comunes mantuvieron su representación parlamentaria, pero perdiendo voto popular y disminuyendo su porcentaje sobre el total de los emitidos.

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