1.950.000 fascistas para el autoengaño progresista
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José Antonio Zarzalejos

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1.950.000 fascistas para el autoengaño progresista

Para la derecha sería un chollo que la izquierda desconociese la realidad de las causas de su derrota porque, como escribió Ortega, ignorarlas provocarían su venganza

placeholder Foto: La sede del PP tras conocerse el resultado de las elecciones del 4-M. (EFE)
La sede del PP tras conocerse el resultado de las elecciones del 4-M. (EFE)

La izquierda más auténtica se define como tal y solo la que tiene dudas sobre su propia solvencia ideológica acude a refugiarse bajo el paraguas del progresismo, un concepto de perfiles difusos, equívoco y cómodo salvoconducto de corrección política. Abunda en España el tipo de progresista que responde a la definición de Franklin Delano Roosevelt según el cual lo es "un hombre con los pies firmemente plantados en el aire". Que es en donde algunos –los más lenguaraces– de los perdedores del 4-M los asientan tras la debacle de la izquierda en Madrid. Se aplican autoayudas que les calmen el desasosiego de enfrentarse a los errores que han cometido y tratan de aferrarse a explicaciones simples y descalificatorias de una realidad que no quieren admitir. Una realidad tan molesta que les impulsa al insulto y a la falsedad. Se autoengañan.

Según estos progresistas, los electores del PP y de Vox serían "ultraderechistas", "trumpistas", pero, sobre todo, "fascistas", porque ya el gran prescriptor de la campaña –Pablo Iglesias– categorizó a los votantes: todo aquel que no optase por una de las tres fuerzas de la izquierda era necesariamente "fascista". Así, en Madrid el pasado día 4 de mayo, 1.950.000 ciudadanos –suma de los que se inclinaron por Ayuso y Monasterio– se retrataron anónimamente como afines a Mussolini, aunque algunos/as majaderos/as han aventurado que una buena parte podría estar tocando las lindes del nazismo. Y además, beben cerveza y comen berberechos, hábitos nada progresistas. Y "tabernarios", en calificación de José Félix Tezanos, inmarcesible responsable del CIS. O en versión más "técnica" a cargo del ministro de Interior: votantes de una "organización criminal" (el PP).

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP a la reelección, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente del partido, Pablo Casado. (EFE)

La izquierda seria, que la hay, no saca la cabeza porque se la cortan los progresistas de hogaño ("ahora nos toca a nosotros") que empuñan la dogmática de la corrección política que incluye la interpretación auténtica de los fenómenos sociales. Valgan Leguina y Redondo como advertencia. Son un tropel de políticos sin oficio pero con beneficio; unos cuantos periodistas prevaricadores; intelectuales a los que nadie ha concedido tal condición y escritores sin lectores; politólogos 'à la page' y una pléyade de personajes con alguna notoriedad que nada tiene que ver con la política auténtica pero sí con la que se estila que es la del espectáculo, el morbo, la estupidización de las audiencias de televisión y el gregarismo de consigna. Para la derecha es un chollo que el análisis electoral que requiere la izquierda lo marquen estos estamentos banales e indocumentados porque mientras persistan en el error, en la descalificación de sus votantes, en su estigmatización, les predisponen a que perseveren en su opción. Ya escribió Ortega que toda "realidad que se ignora prepara su venganza".

La realidad es que el PSOE y UP han perdido de forma inapelable las elecciones madrileñas por razones de contexto general y por otras de ámbito autonómico. Las primeras son nítidas: la dependencia gubernamental de fuerzas políticas antisistema (ERC y Bildu), la infiltración en el Consejo de Ministros de una subversión descarada del entramado institucional mantenida de forma constante por los ministros de Unidas Podemos, políticas contradictorias, desordenadas e ineficientes en la gestión de la pandemia, incapacidad gestora en el reparto de las ayudas sociales, falta de compromiso con las responsabilidades que el ordenamiento jurídico atribuye al Gobierno –acaba de dejar la gestión sanitaria a criterio de los Tribunales– desconcierto en la toma de decisiones que hoy son firmes y mañana se volatilizan, ausencia de credibilidad y de resultados positivos en el manejo de la crisis catalana, entre otras. Y el blanqueo de los que han subvertido el orden constitucional (ERC) y de los que no condenan los atentados de ETA (Sortu, núcleo de Bildu), mientras se exigen 'cordones sanitarios' a Vox cuyo grupo parlamentario salvó la convalidación del decreto ley del Gobierno sobre los fondos europeos. No es extraño que la ciudadanía no haya tragado.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el momento de votar. (EFE)

Las causas madrileñas del desastre de PSOE y UP estriban en una campaña torticera en la que se jugó frívolamente con unas amenazas –unos por no condenarlas, otros por ventearlas hasta el ridículo, como el protagonizado por la ministra Reyes Maroto– mientras se ocultaba el vandalismo contra la policía por asalariados de Podemos; la supeditación del candidato socialista a los dictados de un cuadro de mandos errático en la Moncloa condicionado por el fracasado exlíder de UP; la adquisición de la mercancía averiada de que Madrid vivía una especie de proceso secesionista, bulo ofertado por –y comprado– los auténticamente inspiradores del separatismo populista que piden mano dura para Madrid y mesa de diálogo para la Cataluña amarilla; la programación de políticas fiscales para la capital y la región a la medida de las exigencias de los socios sediciosos de la coalición; el ucase de Sánchez en la imposición de los integrantes de la lista del candidato socialista; el número falaz del plante en la cadena SER (cuando Iglesias y Marlaska ya sabían que había sido detenido uno de los empleados del jefe morado y que otro estaba fichado también como presunto delincuente) y esa engreída superioridad moral según la cual Ayuso era una versión actualizada de Lina Morgan en 'La tonta del bote'.

Si todo este cúmulo de errores –que arrancan del engaño histórico de Sánchez tras las elecciones de abril de 2019, como se comprobó tras las de noviembre de ese mismo año– se despacha con la displicencia de la descalificación desde ese progresismo rampante, con la estigmatización de la ciudadanía que se "equivoca" al votar, con la negativa a asumir responsabilidades (José Manuel Franco y Ángel Gabilondo son los sacos terreros para refugio de Sánchez, Ábalos y Redondo), ni la izquierda se sobrepondrá ni la derecha será mejor de lo que es porque no dispondrá del estímulo de la inteligencia de la autocrítica de sus contrarios. Y perderemos todos.

Las causas madrileñas del desastre de PSOE y UP estriban en una campaña torticera en la que se jugó frívolamente con unas amenazas

Esperemos que los ganadores no incurran en una simetría acrítica y no crean que una victoria hace ciento, que Madrid es toda España y que ya nunca regresará el protagonismo de la izquierda seria de este país que se refugia ahora en las catacumbas, amedrentada por la escasa Adriana Lastra y la 'cal viva' que le ha arrojado Iglesias que no desistirá en la labor de destrozar al PSOE, quizás desde algún programa de la desopilante, para algunos, televisión-basura. Porque no otra cosa que material de vertedero puede producir ese egregio personaje de la historia de España, en expresión de un Pablo Echenique que recita lo que le soplan los apuntadores del bolchevique.

PD. Aconsejable: 'La traición progresista' de Alejo Schapire. Editorial Península. 2021

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La izquierda más auténtica se define como tal y solo la que tiene dudas sobre su propia solvencia ideológica acude a refugiarse bajo el paraguas del progresismo, un concepto de perfiles difusos, equívoco y cómodo salvoconducto de corrección política. Abunda en España el tipo de progresista que responde a la definición de Franklin Delano Roosevelt según el cual lo es "un hombre con los pies firmemente plantados en el aire". Que es en donde algunos –los más lenguaraces– de los perdedores del 4-M los asientan tras la debacle de la izquierda en Madrid. Se aplican autoayudas que les calmen el desasosiego de enfrentarse a los errores que han cometido y tratan de aferrarse a explicaciones simples y descalificatorias de una realidad que no quieren admitir. Una realidad tan molesta que les impulsa al insulto y a la falsedad. Se autoengañan.

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