El Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones

Es importante aclarar las dudas que tienen quienes se oponen al TTIP, porque tan importante es lo que se acuerde como la percepción que la sociedad tenga de lo acordado

Foto: La bandera de la Unión Europea, decorada con pegatinas contra el Tratado de Asociación Transpacífico. (EFE)
La bandera de la Unión Europea, decorada con pegatinas contra el Tratado de Asociación Transpacífico. (EFE)

Hay un asunto muy poco popular del que los políticos tratan de alejarse como de la peste y contra el que se ha levantado una formidable oposición. Pretende la negociación de un acuerdo comercial de nueva generación para el siglo XXI, y es conocido por sus siglas en inglés TTIP (Trasatlantic Trade & Investment Partnership), aunque con toda la demagogia que se ha escrito y se dice sobre él, eso de que se le conoce no deja de ser un eufemismo. Ya se sabe que el del populismo consiste en dar soluciones simplistas y simplonas a problemas complejos y luego convertir esa respuesta en artículo de fe. Y esa es precisamente una de las dificultades, y no la menor, que enfrenta la negociación del TTIP, y por eso los políticos le tienen tanto miedo, pues no se puede ni debe desconocer que el TTIP provoca una fuerte oposición que procede principalmente de cuatro grupos de ciudadanos: los que temen que rebaje nuestros estándares de protección en medio ambiente, calidad médica o alimentaria, protección de datos, etc.; los que viven angustiados en mitad de una crisis que está erosionando duramente su nivel de vida y temen que este tratado sea otra vuelta de tuerca en ese descenso a los infiernos; los que se engloban en el amplio movimiento antiglobalización que tiene gran capacidad de convocatoria, y, finalmente, está la oposición ideológica de aquellos que ven con desconfianza todo lo que viene de Estados Unidos.

Pero el debate coste/beneficio es sano y es importante aclarar las dudas que tienen quienes se oponen al TTIP, porque tan importante es lo que se acuerde como la percepción que la sociedad tenga de lo acordado. En democracia, estas cuestiones son tan legítimas como importantes y merecen respuesta.

El mundo sigue con su giro hacia el oeste, y el Pacífico se está convirtiendo en el nuevo eje económico. Ese giro no es bueno ni para España ni para Europa

El espacio económico euroatlántico tiene unas dimensiones descomunales, pues concentra casi el 50% de la producción mundial de bienes y servicios, el 30% de su comercio (casi 3.000 millones de euros diarios) y mantiene 13 millones de puestos de trabajo a ambos lados del océano. El 19,4% de las exportaciones europeas va a los Estados Unidos, y de ellos recibimos el 15,4% de nuestras importaciones totales. Casi nada. Pero el mundo sigue con su giro implacable hacia el oeste, y el Pacífico se está convirtiendo en el nuevo eje económico y comercial del planeta, algo que habría sucedido con mayor rapidez de haber tenido Obama las manos menos atadas por Putin, las guerras de Oriente Medio y la crisis de Europa. Ese giro no es bueno ni para España ni para nuestro continente, pues se hará en detrimento nuestro y ninguna disminución de la actividad comercial o de servicios es generadora de empleo. De hecho, desde que ha estallado la actual crisis económica, el comercio crece menos que el PIB global y hace falta estimularlo con acuerdos internacionales que lo faciliten, pues en los últimos años se han multiplicado el proteccionismo y las barreras no arancelarias al comercio. Nuestro interés es contrarrestar tanto esas tendencias proteccionistas como ese giro hacia el Pacífico de los EEUU, haciendo más atractiva la cuenca atlántica, sin que ello tenga que hacerse en detrimento del medio ambiente o de la salud humana, como algunos afirman.

El TTIP está montado sobre tres pilares: acceso a mercados, armonización regulatoria y resolución de disputas empresariales. Ya quedan muy pocas tarifas arancelarias entre ambas riberas del Atlántico (se ha pactado acabar con el 97% y se trabaja para alcanzar el 100%); la armonización de los regímenes regulatorios (por ejemplo, para enchufes) sin bajar los niveles de protección recíproca es algo muy importante, porque los obstáculos no arancelarios son hoy la principal traba al comercio; y el espacio euroatlántico necesita unas reglas claras de funcionamiento, con un tribunal independiente de arbitraje que resuelva con rapidez y transparencia las disputas entre empresas, y frente a cuyas decisiones quepa el recurso de apelación. Son cosas que redundarán en beneficio de consumidores, empresas y contribuyentes siempre que se hagan bien, de forma que promuevan un desarrollo sostenible y un crecimiento equilibrado que tienda al pleno empleo, al progreso social y a la mejora del medio ambiente, como propugna la Comisión Europea.

Los beneficios potenciales del TTIP oscilan entre unos estudios y otros. La Fundación Bertelsmann es muy optimista, pero otros lo son menos. La Comisión Europea cree que hará aumentar el comercio en un 28% y que hará ganar 120.000 millones de euros a Europa y 90.000 millones a los Estados Unidos. Por su parte, la Universidad Complutense estima que creará miles de puestos de trabajo en España, que beneficiará de forma muy especial a las pymes y que en los primeros cinco años de vigencia incrementaría nuestro PIB en 3,6 puntos, con especiales beneficios para sectores manufactureros tradicionales como el agroalimentario, conservero, automoción, farmacéutico, cerámico, textil y otros con todavía escasa penetración en el mercado estadounidense.

Esto no significa que no haya problemas, y por eso llevamos ya 14 rondas de negociación. Hay problemas y son importantes, pues los europeos tememos que la armonización se haga a la baja, rebajando exigencias; que se creen puestos de trabajo en algunos sectores y países y se destruyan en otros, como inevitablemente sucederá; que se recorten derechos laborales; que se perjudique a los pequeños negocios en beneficio de las multinacionales; que bajen nuestros elevados niveles de protección al consumidor en agricultura y, en particular, en el ámbito alimentario (carnes engordadas con hormonas), y también en el ámbito del medio ambiente. Todo esto no resultaría aceptable, aunque quepa aducir que si hoy hay en la UE productos americanos de comercialización prohibida, el TTIP no tiene por qué autorizarlos. También tememos abrir nuestros mercados públicos a la competencia norteamericana sin una actitud equivalente por su parte, pues llevamos años sufriendo su elevado proteccionismo con la cláusula "Buy American". Ese mercado se evalúa en 230.000 millones de dólares y los americanos son renuentes a abrirlo. 

Otros problemas afectan a telecomunicaciones, transporte marítimo y protección de inversiones. Aunque la lucha contra el terrorismo está cambiando muchas cosas, la protección de datos privados es más alta en Europa y no queremos ni debemos rebajarla, igual que defendemos nuestras denominaciones de origen como Rioja o Camembert y deseamos proteger nuestra industria cultural frente al 'soft power' americano, simbolizado en la gran potencia de Hollywood. Queremos incluir una definición de estándares comunes para servicios financieros como bancos, 'traders' y agencias de calificación, mientras que Washington responde que el TTIP no es el lugar adecuado para hacerlo, igual que queremos incluir un capítulo específico sobre energía que liberalice su comercio y los EEUU prohíben la exportación de crudo desde el embargo petrolero de 1973 y someten a licencia previa la exportación de gas. Aunque el aumento de la producción norteamericana a raíz de la explotación de esquistos ('shale') con la técnica de 'fracking' puede hacerles cambiar de actitud, un par de senadores envió el año pasado una carta a Mike Froman, el principal negociador americano, para recordarle que ese asunto es por ahora intocable. Este desacuerdo es para nosotros un asunto de seguridad estratégica, pues queremos depender menos de suministradores de energía tan volátiles como Rusia o el Golfo Pérsico. Otro problema es el referéndum británico, que modifica toda la contabilidad atlántica manejada hasta la fecha, ya que el 25% de las exportaciones norteamericanas a Europa va al Reino Unido.

Todavía hay más críticas que tienen que ver con el secreto de las negociaciones (con filtraciones parciales e interesadas); con el inaceptable espionaje norteamericano sobre los correos y teléfonos de los negociadores europeos para desvelar tácticas y líneas rojas; con la posible pérdida de derechos, de seguridad jurídica y de protección sin un previo debate social; con las aparentes prisas de Obama por concluirlo durante su mandato, y con el populismo que rodea el tema. Pero es imposible negociar bajo los focos de la opinión pública y de los medios de comunicación, porque la esencia de toda negociación es ceder en unos puntos para ganar en otros, y eso es imposible cuando se atan las manos de los negociadores por los autoproclamados guardianes de las esencias.

Y del populismo ya he hablado más arriba, pero hace daño en época electoral como la que ahora vivimos, en la que muy pocos políticos tienen valor para decir en público lo que de verdad piensan sobre este asunto, y cuando el tratado que se firme exigirá la ratificación de 27 parlamentos europeos y del Congreso norteamericano. La misma Hillary Clinton, que defendía el TTIP y el Tratado Transpacífico (TPP), ha cambiado su discurso público ante el acoso de Sanders, desde la izquierda, y de Trump, desde la derecha, que afirman que perjudican a los trabajadores estadounidenses. Su tramitación futura no va a ser nada fácil al otro lado del Atlántico.

Todas las objeciones que he reseñado, y más que sin duda hay, son atendibles y merecen respuestas individualizadas. Pero los objetivos esenciales (eliminar aranceles y obstáculos extraarancelarios, armonizar estándares, resolver disputas y desarrollar el comercio) son positivos, siempre que lo hagamos bien. Lo que nunca hay que hacer es tirar al niño al mismo tiempo que el agua sucia de la bañera, y eso nos exige negociar a cara de perro defendiendo nuestros intereses con argumentos y con firmeza, y luego someter el resultado al debate de la opinión pública y a la aprobación o rechazo del Parlamento Europeo, donde tiempo habrá para criticar y cambiar lo que haga falta.

No hay que rebajar las expectativas, caer en prisas por motivos electoralistas, ceder a populismos sin fundamento que critican algo que aún no existe

Haciendo bien las cosas y sin prisas, pues solo llevamos tres años negociando, y el TPP se llevó seis y el NAFTA (entre EEUU, Canadá y México) tardó siete. Lo que no hay que hacer en ningún caso es rebajar las expectativas, caer en prisas por motivos electoralistas, ceder a populismos sin fundamento que critican algo que aún no existe, y conformarnos con un TTIP menos ambicioso, como ahora proponen algunos, con Italia a la cabeza, que se conformarían con un acuerdo de mínimos que recoja los acuerdos alcanzados hasta la fecha en automóviles, productos médicos y farmacéuticos, aranceles, etc., pues nos jugamos el futuro. Europa no puede resignarse a ser un rincón olvidado del planeta Tierra, pues es nuestro nivel de vida el que está en juego y no será construyendo muros como lograremos mejorarlo.

Estos días, quienes se oponen al tratado están de enhorabuena porque el ministro alemán de Economía y Energía, Sigmar Gabriel, ha dicho que el acuerdo "de facto' ha fracasado aunque nadie lo haya reconocido abiertamente", a pesar del apoyo que le dieron el pasado abril la canciller Merkel y el presidente Obama. Y al rebufo de estas declaraciones ha salido el secretario de Estado francés de Comercio, Matthias Fekl, que ha anunciado que su país pedirá a la Comisión Europea "la paralización definitiva" de las negociaciones porque los americanos "no dan nada, en todo caso migajas. No se negocia así entre aliados". El mismo primer ministro Valls ha reconocido que "el acuerdo, en sus términos actuales, es inaceptable". Los franceses temen la llegada masiva de productos agrícolas y ganaderos americanos (engordados con hormonas) que hundan los precios sin respetar nuestras exigencias sanitarias y medioambientales, y no están satisfechos con el acceso que se da a los europeos en los mercados financieros y contratos públicos en los EEUU, ni con las garantías en el plano cultural.

Por ahora, los americanos no se dan por aludidos, pues Michael Froman ha respondido diciendo que "las negociaciones continúan con progreso constante" y también un portavoz de la Comisión Europea ha llegado a decir que esperan poder finalizarlas antes de fin de año. Ni unos ni otros tienen razón. En Alemania, Merkel sigue siendo favorable ("nos interesa no ir por detrás de otras regiones del mundo") y también en Francia, porque no se desea tanto poner fin a las negociaciones como paralizarlas temporalmente para poder luego reiniciarlas sobre nuevas bases, eliminando lo que Hollande ha llamado el "evidente desequilibrio" en favor de los EEUU del actual proyecto.

Lo que pasa es que, como ninguno de los candidatos norteamericanos a la presidencia apoya ahora el tratado (e incluso ponen el tela de juicio otros como el TPP y el NAFTA), y encima hay elecciones pronto en Francia y en Alemania, a lo que vamos en mi opinión es a un aplazamiento a la espera de tiempos mejores. Sobre todo, una vez que el principal valedor europeo del tratado, el Reino Unido, ha votado salir de la Unión Europea. Hoy, el TTIP languidece, sometido a la pinza de las presiones contrapuestas pero coincidentes de la ultraderecha xenófoba y proteccionista y de la izquierda radical ecologista y antiglobalización. Entre ambas ocupan la calle y provocan una tormenta de la que los políticos huyen amedrentados, sin valor para explicar que el TTIP es necesario para reequilibrar en beneficio de la cuenca atlántica el desplazamiento hacia el Pacífico del centro económico del planeta.

Como ninguno de los candidatos norteamericanos apoya ahora el tratado y hay elecciones en Francia y en Alemania, a lo que vamos es a un aplazamiento

Porque el mal es mucho más profundo y tiene que ver con el ascenso del populismo, con todo lo que tiene de criticas a la globalización, a las élites cosmopolitas, a los acuerdos de libre comercio, a la inmigración y a las uniones supranacionales. En este contexto, el TTIP se convierte en destinatario del malestar generado entre los perdedores de una globalización que exagera las desigualdades. Pero no es el proteccionismo el que mejorará la situación, como ya se vio en la crisis de 1929, y lo malo es que las tendencias proteccionistas no paran de crecer desde que se desató la crisis actual: desde 2008, se han elevado barreras comerciales que afectan al 4,6% del comercio mundial, que solo crece a la mitad que lo hacía hace 10 años (la patronal alemana BDI estima que desde entonces los países del G-20 han aprobado más de 1.400 medidas que imponen barreras comerciales no arancelarias). Como decía Fidel Sendagorta en 'El País' (30 de agosto de 2016), esto responde al cruce a ambos lados del Atlántico del miedo a un deterioro del nivel de vida como consecuencia de lo que se percibe como "un giro equivocado e injusto en el devenir de la historia", y a una "pérdida de identidad vinculada con los cambios culturales provocados por la inmigración", aderezada en el caso europeo con fuertes tendencias nacionalistas y centrífugas.

Ante esta situación, se constata que faltan líderes en Europa y sobran gestores, como se ha demostrado en la cumbre europea de Bratislava, donde salvo en defensa no han circulado ideas nuevas sobre el futuro de Europa. Hay miedo al coste interno de decir las cosas claras. Pero el statu quo no es sostenible. O avanzamos hacia una mayor integración o la desintegración se hará inevitable. Hay que explicar con claridad que el proteccionismo no aumentará nuestra calidad de vida, no reducirá las desigualdades y no creará el empleo juvenil que necesitamos. Hay que ser capaces de ofrecer a los pueblos de Europa un nuevo proyecto que tenga en cuenta los efectos perversos de una globalización, que no es reversible, y les oponga una respuesta europea conjunta y progresista.

Y en cuanto al TTIP, paradójicamente, el que no haya acuerdo o que las negociaciones se estanquen es signo de que se negocia bien y se defienden con fuerza las respectivas posiciones, sin ceder a presiones de ningún tipo. El acuerdo no está muerto, pero va a quedar en hibernación a la espera de tiempos mejores y de líderes a la altura de los retos, que dirijan y que no gobiernen a golpe de encuesta.

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