Palestinos a la intemperie

Trump parece haber abandonado la que ha sido política oficial de Washington durante muchos años: la defensa de dos estados sobre el viejo Mandato británico de Transjordania

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump (d), y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump (d), y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. (Reuters)

Vamos hacia un mundo más inseguro cuando comienza una transición desde el multilateralismo al multipolarismo que venía de atrás, que la llegada de Donald Trump ha acelerado y que se anuncia llena de incertidumbres y de sobresaltos. Los focos potenciales de tensión no faltan, como la actitud de Rusia en Europa central; la escasa fiabilidad de las primeras semanas del nuevo gabinete norteamericano, llenas de contradicciones y de giros inesperados; el expansionismo chino en forma de aventuras marítimas; la tensión entre los EEUU y México; las provocaciones nucleares de Corea del Norte y los inoportunos ensayos balísticos de Irán; el rearme nuclear de las superpotencias; los conflictos abiertos de Oriente Medio....

Y no hay que olvidar que otros problemas son menos evidentes pero quizás igual o más peligrosos, como el ciberterrorismo, que crece exponencialmente y cuyo combate ni es fácil ni está al alcance de cualquiera. Baste pensar que desvirtuar los resultados de las próximas elecciones en Alemania y Francia podría acabar con el proyecto europeo si se beneficia artificialmente a las fuerzas euroescépticas en liza, como algunos pretenden.

Por otra parte, el abandono aparente por parte de Washington de los foros internacionales de resolución de conflictos y del sistema de alianzas forjado desde la Segunda Guerra Mundial, unido a un acendrado proteccionismo ('America first'), solo puede contribuir a hacer el mundo más pobre y más inseguro. Y muchos de los actuales líderes mundiales son nacionalistas confesos, como Trump, Putin, Modi, Abe, Kim Jong-un, Xi Jinping, Duterte, Netanyahu... Y ya se sabe que los nacionalistas actúan más por impulsos que tras una reflexión serena, pues su ideario apela más a los sentimientos que a la razón.

La chispa puede saltar en cualquier lugar y lo más probable es que acabe haciéndolo, porque se avecina un terremoto tectónico con el fin del dominio del mundo por parte de Occidente y la emergencia de otras potencias con voluntad de protagonismo. Este cambio exigirá un reparto diferente del poder, que ya está en marcha pero se está acelerando. Si en 1960 los EEUU, Europa y Japón disponían del 70% del PIB mundial, hoy apenas llegan al 40%. Lo mismo ha sucedido con el G-6, y por eso ha habido que inventar el G-20 (85% del PIB mundial), del que España quedó inicialmente fuera por un inexcusable despiste de nuestros dirigentes. Pero se equivocará quien piense que el cambio puede ser pacífico porque estos trasvases de poder y riqueza nunca lo son, como muestra el nacimiento de Prusia y las consecuencias que eso trajo para nuestro continente.

Pero entre tantos problemas, hay un conflicto enquistado desde hace 70 años que podría reactivarse en cualquier momento. Desde la creación del Estado de Israel, palestinos e israelíes han peleado en guerras abiertas en 1949, 1956, 1967 y 1973. Y además ha habido invasiones en Gaza y Líbano, revueltas populares (intifadas), destrucción repetida de Gaza, terrorismo y muchas muertes y mucho sufrimiento sin que los casi 60 planes de paz presentados hasta la fecha hayan dado ningún resultado.

Los parámetros de la solución estaban claros, al menos hasta ahora: dos estados viviendo en paz uno junto a otro con Jerusalén como capital de ambos y garantías de libre acceso a los lugares sagrados de las tres religiones, seguridad para todos garantizada por la comunidad internacional, retorno a las fronteras de 1967 con ligeros retoques aceptados por ambas partes, solución para el problema de los refugiados y poco más. Son cosas evidentes que han reafirmado 70 países a mediados de enero en una conferencia internacional reunida en París sin participación de israelíes y palestinos. "Como una boda sin los novios", ha comentado una sarcástica Tzipi Livni, exministra de Exteriores de Israel.

El fracaso se debe a todos. A Israel, que es potencia nuclear pero que sigue sin ser aceptado por sus vecinos en el entorno geográfico en el que se ubica, en lo que constituye un monumental fracaso diplomático y político, y que teme por su seguridad mientras ocupa tierras palestinas y construye sobre ellas asentamientos que la comunidad internacional considera ilegales, contrarios al derecho internacional y un obstáculo para la paz, como afirma la resolución 2334 aprobada el pasado diciembre por el Consejo de Seguridad de la ONU. Catorce de sus 15 miembros votaron a favor y solo se abstuvieron los EEUU, probablemente frustrados tras ocho años de esfuerzos vanos por su parte, aunque también debió pesar que Obama ya pensara más en la Historia que en otra cosa. Trump, que todavía no había tomado posesión, trató de evitar que esta resolución se aprobara en una insólita intervención.

Pero las culpas son compartidas y el fracaso se debe también a los palestinos, que como decía Abba Eban, nunca han perdido una oportunidad para equivocarse y que están divididos entre Fatah, más proclive al entendimiento con Tel Aviv, y Hamás, que no acepta la misma existencia del Estado de Israel y que le envía terroristas mientras tira cohetes desde la banda de Gaza. Y aunque tanto palestinos como israelíes afirman querer negociar, los israelíes quieren hacerlo cara a cara, donde tienen ventaja, y los palestinos prefieren una conferencia internacional, donde como parte débil se sienten más arropados.

Ahora todo esto parece haber cambiado con la visita que el primer ministro de Israel, 'Bibi' Netanyahu, ha hecho a Washington. La rapidez con la que ha sido recibido por Trump, poco después de su toma de posesión, muestra la permanente importancia que Israel tiene para los Estados Unidos, donde cuenta con el apoyo de 'lobbies' muy poderosos. Allí, ambos dirigentes han dejado de lado el problema que plantea la política israelí de colonización como algo sin importancia y Trump se ha limitado a decir a su huésped que le "gustaría ver" que da "un poquito marcha atrás con los asentamientos", cuando Obama había exigido que se detuvieran (lo que había enfriado su relación con Israel) y cuando los palestinos se retiraron de las conversaciones de paz en 2014 precisamente como protesta ante la continuidad de las construcciones.

Hoy ya hay 400.000 colonos en Cisjordania y otros 200.000 en Jerusalén Este. Cuantos más asentamientos y colonos haya, menos tierra queda sobre la que edificar el Estado palestino, es así de sencillo. No parece que la tímida petición de Trump vaya a tener éxito, porque Netanyahu se ha limitado a responder que ya "veremos" lo que se puede hacer al respecto, porque Tel Aviv ha permitido la construcción de 6.000 nuevas viviendas desde que Trump asumió la presidencia el pasado 20 de enero, porque Israel acaba de aprobar una ley que permite expropiaciones 'a posteriori' de tierras palestinas ocupadas (algo nunca hecho hasta ahora y sobre cuya legalidad el propio fiscal general del Estado tiene dudas), y porque el Gobierno de Netanyahu necesita para sobrevivir el apoyo de grupos extremistas y nacionalistas (como la Casa Judía), que lo que quieren es quedarse con toda Cisjordania con el argumento de que se trata de las bíblicas Judea y Samaria "que Dios dio a nuestros padres".

La cosa es más grave, porque Donald Trump parece haber abandonado la que ha sido política oficial de Washington (y de la comunidad internacional) durante muchos años: la defensa de dos estados sobre el viejo Mandato británico de Transjordania. Lo que Trump ha dicho de forma más coloquial que diplomática es que le da igual "un estado o dos estados. Aceptaré lo que acuerden", con lo que se alinea con la otra exigencia israelí de respaldar una negociación directa con los palestinos. Y Netanyahu, animado por lo que estaba oyendo, se lanzó a fondo para exigir como líneas rojas innegociables el reconocimiento del carácter judío del Estado de Israel y la necesidad de que sus Fuerzas Armadas controlen la frontera de seguridad oriental que marcan el río Jordán y el Mar Muerto.

Sobre estas premisas, lo que queda más muerto que vivo, a mi juicio, es el eufemismo que desde hace años llamamos proceso de paz en Oriente Medio, que ni es proceso (porque lleva años parado) ni trae la paz. Lo único a lo que Trump no se ha atrevido es a seguir apoyando el traslado de la embajada norteamericana desde Tel Aviv a Jerusalén, algo que hasta la fecha solo han hecho un par de países despistados (o quizá comprados), porque sería una provocación que desembocaría en graves disturbios, en el deterioro de la imagen norteamericana y en la ruina de las relaciones de Washington con todo el mundo árabe. Al parecer, el rey Abdalá II de Jordania le advirtió a Trump durante su reciente visita a Washington de la que se podía armar si seguía adelante con la idea, que defiende con entusiasmo el futuro embajador norteamericano en Israel, David Friedman, que es hombre de opiniones muy radicales.

Tampoco se ha atrevido el presidente Trump a denunciar el acuerdo nuclear con Irán, que en su día calificó como "un desastre, el peor acuerdo". Y eso a pesar de la presión de Israel, trasladada por Netanyahu, porque Irán está cumpliendo con sus obligaciones y porque los demás firmantes (Alemania, Francia, Reino Unido, Rusia, Unión Europea y China) no lo aceptarían. Hay que suponer que tras el brusco cese del consejero de Seguridad Nacional, el general Flynn, que era conocido por su fobia militante contra Irán, quedan en el entorno presidencial algunas mentes lúcidas y sensatas que tratan de aconsejarle en medio de grandes dificultades.

Lo que pasa es que con Donald Trump al timón nada es como parece, porque después de decir lo que dijo añadió que le gustaría mucho ser él (¿quién si no?) quien hiciera la paz entre israelíes y palestinos, y que además también le gustaría que otros países árabes ("otros actores") se incorporaran al esfuerzo para encontrar una solución regional. Debía pensar en Jordania, Egipto y las petromonarquías del Golfo. ¿En qué quedamos, negociaciones bilaterales o foro multilateral? ¿Y de verdad puede Trump pensar que estos países aceptarían dejar sin Estado a los palestinos como defiende Neftalí Bennet, ministro de Educación de Israel? No puede decir en serio que acepta la solución de un Estado. Y como el asunto todavía no estaba suficientemente confuso, Nikki Haley, representante norteamericana en el Consejo de Seguridad (que es un puesto con nivel ministerial), afirmaba sin cortarse un pelo que los EEUU siguen apoyando "absolutamente" la tesis de los dos estados. La confusión es tal que cada uno puede defender a partir de ahora lo que quiera y podrá respaldarlo con declaraciones previas, porque las hay para todos los gustos. No hay quien dé más.

Si no hay dos estados, habrá al menos uno donde tendrán que convivir israelíes y palestinos

La gran incógnita ahora es lo que vaya a suceder a partir de este momento, porque si no hay dos estados, habrá al menos uno donde tendrán que convivir israelíes y palestinos (salvo que se les deporte en masa a Jordania o se les arroje al mar), y en ese caso o se dan a los palestinos musulmanes los mismos derechos que tienen los israelíes judíos o no se les dan. No hay otra. En el primer caso, Israel dejaría de ser un Estado judío. En el segundo, se intensificaría la actual 'bantustanización' de Cisjordania, con los palestinos viviendo en una especie de 'apartheid', e Israel dejaría de ser un Estado democrático. Ninguna de esas opciones parece buena y seguro que así lo piensan también muchos israelíes. Y tampoco sería una buena noticia para el mundo, porque a nadie interesa la desestabilización de la única democracia que hay en Oriente Medio. Quizá por eso, Netanyahu se abstuvo de apoyar explícitamente a Trump cuando este se refirió a la posibilidad de un solo Estado y salió por la tangente con vagas referencias a que la "substancia" es más importante que las "etiquetas".

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha reiterado su apoyo a la solución de dos estados y lo mismo ha hecho Federica Mogherini, máxima representante diplomática de la Unión Europea. En mi opinión, la idea de un Estado no tiene futuro, puede ser un éxito miope y a corto plazo para la extrema derecha israelí, pero no es una victoria para Israel. Los verdaderos amigos no son los que te dejan hacer lo que quieras cuando te ven camino del precipicio, sino los que te dicen la verdad. Aunque no guste oírla.

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