En este comienzo de año

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha provocado una maremágnum de reacciones en las relaciones internacionales de todo el mundo

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No es fácil pasar revista en el plano internacional a un año tan complejo como ha sido 2017, en buena medida porque la elección de Donald Trump a la presidencia de EEUU lo ha puesto todo un poco patas arriba. Desde que llegó en enero a la Casa Blanca no hemos parado de tener sobresaltos, un día sí y otro también.

2017 ha sido un año intermedio entre el mundo multilateral que ambicionaba Obama y el mundo multipolar al que nos lleva Trump, que con su rica personalidad se limita a acompañar a lo que en realidad obedece a fuerzas profundas de la historia, por más que no oculte la ambición de borrar la herencia de su predecesor. Donde antes se procuraba la cooperación internacional, se privilegia ahora el nacionalismo del sálvese quien pueda; donde antes se primaban las organizaciones internacionales, se propugna ahora el 'America First'; antes había instituciones fuertes para la resolución de los conflictos internacionales y hoy están debilitadas; antes se fomentaba el libre comercio y ahora se levantan fronteras y barreras de todo tipo... Y así todo. Y, además, se miente sin rubor.

Trump cabalga sobre estas fuerzas, acelerando en el ámbito internacional un proceso de introspección que comenzó cuando Obama anunció su retirada de Oriente Medio al leer el cansancio de sus conciudadanos por años de guerras que no podían ganar. Irán y Arabia Saudí pelean allí hoy por la hegemonía, aprovechando que Turquía y Egipto concentran sus energías en reprimir a sus propios ciudadanos. Y en el plano global, son China y Rusia las que aspiran a llenar el vacío que deja la retirada norteamericana.

China, con Xi Jinping reforzado tras el congreso del Partido, pretende superar a mitad de siglo a la economía norteamericana y sueña con un G-2 dominando el planeta, mientras que Rusia, con un PIB ligeramente superior al español, pelea por encima de su peso con una política exterior nacionalista y expansiva a pesar de las sanciones internacionales por su ilegal (y probablemente irreversible) anexión de Crimea. Putin, que enfrentará elecciones este año y lleva 17 años mandando en Rusia, podría gobernar hasta 2024. Pero no nos engañemos, porque los Estados Unidos seguirán siendo a medio plazo la potencia dominante aunque ya no hegemónica.

De momento, Trump se las tiene tiesas tanto con rusos como con chinos y supongo que ve con aprensión el acercamiento estratégico entre ambos. Tras amenazar a China con todos los males del infierno por prácticas que le deparan un abultado superávit comercial y por sus ambiciones en el Mar de China, ha buscado luego el acercamiento porque sabe que sin su ayuda no podrá resolver la amenaza nuclear de Corea del Norte. Y le ha hecho el regalo de denunciar el Tratado Transpacífico de Libre Comercio, dejándole campo libre para extender su propio modelo de Alianza Económica Integradora Regional y fijar las reglas comerciales para la zona Asia-Pacífico.

Con Rusia es más complicado. Da la impresión de que Trump admira al macho alfa y líder fuerte que es Putin. No lo ocultó al principio de su mandato, aunque las intromisiones del Kremlin en la campaña electoral que le llevó a la Casa Blanca son hoy su mayor quebradero de cabeza. No hay entre Rusia y Estados Unidos conversaciones sobre desarme y ambos modernizan sus arsenales nucleares, mientras regresa un lenguaje propio de una guerra fría que creíamos superada. Nos equivocamos, como prueba la nueva estrategia de defensa norteamericana que se ha dado a conocer estos días.

Al mismo tiempo, Trump necesita de China y de Rusia para resolver sus dos mayores problemas: Corea del Norte e Irán. Kim Jong-un es inatacable porque ha logrado atravesar el umbral nuclear y la inseguridad de poder destruir de una tacada todo su arsenal acarrea riesgos inasumibles para Japón y Corea del Sur, también envueltos en programas de rearme. A pesar de la nueva ronda de sanciones del Consejo de Seguridad, China es la única que podría poner de rodillas a Pyongyang si le niega el petróleo. Pero no lo hará por dos razones: para no recibir millones de refugiados famélicos y porque tampoco desea una frontera directa con una Corea reunificada bajo la influencia de Washington. Y como EEUU tampoco quiere provocar una recesión económica global, lo más probable es que sigan buscando una solución negociada a lo largo de 2018. En este sentido, el discurso de fin de año de Kim, algo más conciliador, ofrece alguna esperanza.

Irán es una crisis creada por Trump, que está solo en su deseo de denunciar o al menos renegociar el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA)

Irán es una crisis creada por Trump, que está solo en su deseo de denunciar o al menos renegociar el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), que es como se llama el acuerdo nuclear suscrito en 2015 por la república islámica y la comunidad internacional, por la simple razón de que Irán lo está cumpliendo, como reconoce la Agencia de las Naciones Unidas para la Energía Atómica. Pero Trump, próximo a Israel en este asunto (y en otros, como la decisión de trasladar su embajada a Jerusalén), piensa que es un mal acuerdo porque ha dado a Teherán dinero para armarse y para desestabilizar Oriente Medio con sus aliados alauitas en Siria, houthis en Yemen, o Hezbolá en Líbano, y también para desarrollar una tecnología de misiles de largo alcance. La ironía es que ese poder y esa influencia, que son reales, no se los ha dado solo el JCPOA sino la intervención y destrucción de Irak por Bush, que ha convertido Irán en la potencia dominante en la región. Y lo es más tras la derrota del Estado Islámico. Trump teme que con Irán se repita el escenario de Corea, siente el tiempo correr en su contra y duda entre la contención y el cambio de régimen (por eso aplaude los actuales disturbios en Teherán) mientras empuja al joven Mohamed bin Sultan, hombre fuerte de Arabia Saudí, para contrarrestar esa influencia iraní que puede acabar provocando una guerra con Israel o entre este último país y Hezbolá.

En las Américas, Trump ha endurecido la postura con Cuba frenando el acercamiento iniciado por Obama, insulta a los mexicanos, construye muros de separación, quiere renegociar el Acuerdo de Libre Comercio que liga a los EEUU, México y Canadá, y amenaza con intervenir en Venezuela... No es aventurado predecir que con Trump crecerá el desencuentro entre los EEUU y el resto del continente.

En lo que se refiere a Europa, que por fin remonta la crisis con tasas de crecimiento más altas que las de los propios EEUU, la llegada de Trump nos ha obligado a mirarnos en el espejo de nuestras propias carencias, en un entorno inestable donde ya no podremos contar con la sombrilla protectora norteamericana, como veníamos haciendo desde la Gran Guerra de cuyo final se cumplirá un siglo en 2018. Sus dudas sobre la obsolescencia de la OTAN, su renuncia al Tratado Trasatlántico de Libre Comercio e Inversiones (TTIP) y sus aplausos al Brexit nos obligan a replantearnos nuestro futuro sin muletas externas. La derrota de los populismos en Francia y Alemania permite y, al mismo tiempo, exige el relanzamiento del proyecto europeo (economía, defensa), que solo tendrá éxito si enfrenta los problemas sociales que le dieron empuje.

Por otra parte, derrotado el Estado Islámico en Siria e Irak, sus maltrechas huestes escaparán a otros lugares como el sudeste asiático y el Sahel, desde donde continuarán una lucha que seguirá enviando oleadas de refugiados sobre Europa. Y seguiremos sufriendo ataques terroristas, mientras también crecerá el ciberterrorismo con objetivos no ya tanto de espionaje económico como para dañar infraestructuras críticas o desprestigiar el sistema democrático interfiriendo en procesos electorales (como ha ocurrido ya en Estados Unidos, Francia o Alemania) y sembrando confusión con noticias falsas, como vimos en torno al pasado 1 de octubre catalán. Todo eso exigirá mayor cooperación internacional, mayor coordinación interna y dotarnos de instrumentos defensivos cada vez más caros y sofisticados.

En los albores de 2018, la democracia parece perder impulso con su retroceso en países importantes como Rusia, Turquía, Venezuela o Filipinas. El propio Trump no ha ocultado sus simpatías por líderes fuertes o por el iliberalismo de Víctor Orban. Según un reciente informe de Freedom House, el porcentaje de países no libres en el mundo ha subido en los últimos 10 años del 23 al 25%, y a la misma conclusión llega el Latinobarómetro para América Latina, que este año celebrará comicios presidenciales en países tan importantes como México, Colombia o Brasil. Ese retroceso es culpa del malestar económico, del desempleo y del aumento de sangrantes desigualdades que son producto no solo de la gran crisis que comenzó en 2007, sino también de la globalización y de la revolución tecnológica. Hoy, las cinco compañías con mayor capitalización bursátil son tecnológicas y ya no energéticas o financieras. En 2018 se seguirán destruyendo empleos, y aunque también se crearán otros, puede ser más tarde, en otros lugares y con remuneración más baja. El miedo que todo esto provoca está en la base de los populismos y de los nacionalismos que nos aquejan y que nos llevan hacia un escenario internacional más de confrontación que de cooperación.

Hemos vivido el año más caliente en mucho tiempo, y es preocupante que el presidente del país más poderoso del planeta no atienda a estas cuestiones

En términos globales el mundo nunca ha estado mejor (menos guerras, más educación, crecimiento de las clases medias, mayor esperanza de vida...), pero sigue habiendo demasiada gente que muere de hambre y los desastres naturales y la maldad humana aumentan el número de desplazados y de refugiados hasta cifras escandalosas (65 y 22 millones, respectivamente). Los rohingya de Birmania son solo los últimos de una larga lista. Y el cambio climático no mejorará las cosas. Hemos vivido el año más caliente y más seco en mucho tiempo, con furiosos huracanes e incendios, y es muy preocupante que el presidente del país más poderoso del planeta no preste atención a estas cuestiones, pues solo así se explica que abandone la Conferencia de París sobre el Clima o la Organización Internacional de las Migraciones, como ya antes había abandonado la Unesco. Cerrar los ojos ante los problemas no los soluciona.

Son tiempos revueltos, tiempos de cambio e incertidumbre en los que el mundo necesita seguridad y Trump, para quien ser impredecible es una virtud ("we have to be unpredictable"), no está en condiciones de proporcionarla. Y tampoco parece que los norteamericanos vayan a imponer a su presidente una rectificación en las elecciones de Mid Term que elegirán este año a un tercio del Senado y a los 435 miembros de la Cámara de Representantes. A los Estados Unidos lo criticamos cuando manda en el mundo, cuando deja de mandar y cuando quien manda va dando tumbos, como ocurre ahora.

Por eso me gusta la frase de Popper de que lo mejor de la democracia no es tanto la posibilidad de votar a los mejores (?) sino de poder echarlos luego en un plazo predeterminado.

Página tres

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