Pueblos frustrados

Argelia, Sudán y Libia tienen en común ser tres países creados por la descolonización, con fronteras hechas a golpe de escuadra, con poblaciones muy jóvenes y que atraviesan dificultades económicas

Foto: Argelinos salen a las calles para pedir la caída del antiguo régimen. (EFE)
Argelinos salen a las calles para pedir la caída del antiguo régimen. (EFE)

La Primavera Árabe parece revivir ocho años después de su comienzo, a pesar del mal resultado que, con la única excepción relativa de Túnez, han tenido todas las revueltas hasta la fecha: cruentas guerras civiles en Siria o en Yemen, Estado fallido en Libia, y cambio de un general por otro en Egipto. Pero como lo último que se pierde es la esperanza, ahora lo intentan en Argelia y en Sudán, mientras en Libia ha aparecido un general con la intención de acabar con el desmadre en que el país lleva sumido desde 2012.

El pueblo argelino, que tras la terrible guerra civil que ocasionó casi 200.000 muertos en la década de los noventa parecía haber quedado curado de espantos y querer evitar más riesgos, ha perdido la paciencia con la pretensión de eso que allí llaman Le Pouvoir de perpetuarse con el quinto mandato de un presidente enfermo e incapaz desde que sufriera un infarto cerebral en 2013, y se ha echado a las calles desde el pasado 8 de febrero en protestas masivas y pacíficas, que tienen la peculiaridad de tener lugar únicamente los viernes, mientras que el país recupera su ritmo normal los demás días de la semana.

El Ejército, que es el que de verdad manda en Argelia entre bambalinas desde la misma guerra de liberación nacional, ha tomado al fin cartas en el asunto forzando la dimisión del anciano Bouteflika y está pastoreando el proceso que debe llevar a elecciones de forma que no descarrile y se asegure que sigan mandando los de siempre. Lo llaman estabilidad. Lampedusa tiene muchos más seguidores de los que nunca pudo imaginar. Los manifestantes se sienten engañados y las protestas continúan, y cuanto más duren más tiempo tendrán los manifestantes para organizar sus exigencias y mayor será el riesgo de que se radicalicen, que es algo que nadie desea.

Además de vecino (Argel está más cerca de Madrid que Rabat), Argelia es un país de extraordinaria importancia para nosotros como suministrador de gas y petróleo, un "socio estratégico", ha dicho el ministro Borrell, y por eso nuestro Gobierno es muy cuidadoso con su reacción: a la vez que expresa "confianza en las instituciones", espera que se hagan realidad las "legítimas esperanzas" del pueblo argelino.

En Sudán, ha ocurrido algo parecido. Una mala gestión económica combinada con una inflación del 60%, desempleo, corrupción y malas cosechas en un país empobrecido tras la pérdida de los pozos de petróleo, con la independencia de Sudán del Sur en 2011, ha conducido a una revuelta popular con manifestaciones igualmente masivas y pacíficas que han desembocado en que también allí el Ejército haya dado un golpe para apartar del poder al presidente Omar al-Bashir, que llevaba tres décadas en el cargo al frente de un Gobierno sanguinario que durante años se dedicó a difundir el radicalismo islámico por todo el Sahel, y colocar en su lugar al general Abdel Fatah Burhan, que ha declarado el estado de excepción y se ha comprometido a convocar elecciones en un plazo de dos años.

De entrada, y porque entre colegas hay que protegerse, se ha negado a entregar a Al-Bashir al Tribunal Penal Internacional, que le quiere juzgar por genocidio, crímenes de guerra y contra la Humanidad cometidos por sus tropas cuando aplastó la rebelión de Darfur en 2003, con un saldo de 300.000 muertos y dos millones de desplazados. Y al igual que ocurre en Argelia, también en Sudán los manifestantes se sienten engañados, las protestas continúan y han arrancado a los militares la concesión de poner a un civil al frente del Gobierno de transición. No es suficiente para unos manifestantes que exigen la vuelta de los militares a los cuarteles (en realidad, nunca han estado dentro) y que se desmantele su despiadado aparato de seguridad.

Libia es un país dejado de la mano de Dios y de Occidente. Lo estaba con Gadafi y lo siguió estando después de que una intervención de la OTAN acabara con el régimen del coronel (yendo más allá de lo que pedía la ONU, que era garantizar una zona de no sobrevuelo para que no aplastara “como ratas” a los manifestantes de Benghazi) para desembocar en el actual desorden generalizado, con tres gobiernos y multitud de milicias tribales armadas hasta los dientes con los arsenales del antiguo dictador. Y es precisamente en Libia donde en abril ha surgido en el este un general que primero se distanció de Gadafi, luego se exilió en Estados Unidos y ahora se ha lanzado a la conquista del país desde su base de poder en la Cirenaica.

Comenzó el año pasado tomando los puertos mediterráneos de exportación de petróleo y este año ha ocupado los pozos situados en el sur, para lanzar luego una ofensiva militar contra la capital, Trípoli, mientras estaba allí el secretario general de la ONU, António Guterres, con objeto de preparar una Conferencia de Reconciliación Nacional que debía celebrarse solo un par de semanas más tarde. Parece una broma, pero es una auténtica bofetada a la organización y un error del general Haftar, porque impide que le apoyen abiertamente incluso los que ven con comprensión una iniciativa tendente a acabar con el desorden que impera en el país.

Haftar tiene el apoyo abierto de Egipto, Arabia Saudí (fue a ver al príncipe heredero, Mohamed bin Salman, justo una semana antes de iniciar su ofensiva) y Emiratos Árabes Unidos. También el de Rusia (que le arma y le da dinero, además de impedir que el Consejo de Seguridad de la ONU tome cartas en el asunto) y el de Francia, preocupada por un Estado fallido con una frontera sur muy permeable cuando está comprometida en una operación en el vecino Malí para estabilizar el Sahel. Y ha obtenido finalmente el apoyo más tardío de Donald Trump, que ha alabado sus esfuerzos por "estabilizar" el país (?) y su cooperación contra el terrorismo islamista, mientras tiene el silencio cómplice de casi todos los países europeos, preocupados por el foco de inestabilidad y de salida de migrantes y refugiados en que se ha convertido Libia.

Un ejemplo es España, que en un par de comunicados del Ministerio de Asuntos Exteriores evita nombrar al general rebelde mientras exige el fin de su ofensiva, recordando que el conflicto no tiene solución militar y que es imperativo el regreso al diálogo político que auspician las Naciones Unidas. Nadie quiere un Estado fallido frente a sus costas, y eso es precisamente lo que es Libia. En contra de Haftar están Italia, vieja potencia colonizadora que tiene celos de que Francia intervenga en lo que considera su jardín privado, y también Turquía y Qatar, que apoyan a los Hermanos Musulmanes, los mismos que ahora Trump quiere declarar "organización terrorista".

Argelia, Sudán y Libia tienen en común ser tres países creados por la descolonización (francesa, británica e italiana) con fronteras hechas a golpe de escuadra, regla y cartabón, con poblaciones muy jóvenes y que atraviesan dificultades económicas que ya no se acallan con referencias a gloriosas guerras de liberación nacional. Mi impresión es que —salvo sorpresas— en los dos primeros casos las revueltas pueden acabar cambiando a los dirigentes del momento, como de hecho ya ocurre, pero manteniendo el poder en los círculos donde estaba antes de que comenzaran las protestas. Y en el caso de Libia, un general sucederá a un coronel.

Cambiarán las personas, pero los regímenes seguirán y los pueblos que se manifiestan en las calles se verán burlados en su búsqueda de libertad y de democracia. Como ya les pasó a los egipcios de la plaza Tahrir, que derribaron al general Mubarak para acabar en manos del general Sisi, en un viaje para el que no necesitaban alforjas. Es una película que ya hemos visto antes.

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