Wert no es el toro, sino el mal torero

Enésimo intento de reforma educativa y enésimo debate de bajura, sobre curas y nacionalistas, como si estuviéramos en el siglo XIX y no en el XXI.

Enésimo intento de reforma educativa y enésimo debate de bajura, sobre curas y nacionalistas, como si estuviéramos en el siglo XIX y no en el XXI. Seguimos, entretanto, sin hablar de educación. En el quinto año de la crisis, resulta más que evidente la necesidad de buscar alternativas económicas, porque para los chicos de 18 años ha dejado de existir la construcción, y para las elites empresariales extractivas ha desaparecido la especulación inmobiliaria y el dinero fácil. Parece evidente que el futuro está en la economía del conocimiento, la tecnología y la innovación. Y sólo se llegará a ello con la educación, formando ciudadanos capaces de competir profesionalmente en el mundo global, con universidades punteras en investigación y cambios de mentalidad que estimulen el espíritu creativo. O potenciamos esos sectores económicos -que ya existen y son muy buenos- o nos quedaremos para siempre con sueldos bajos y trabajos de escasa cualificación.

Educar es como votar. Hacerlo en blanco puede proporcionar una enorme satisfacción a quienes enarbolan el sobre vacío como muestra de rebeldía, pero alguien gobernará y el votante en blanco habrá renunciado a ejercer su influencia

Una diría que no hay mucho que pensar, que la elección está clara. Sin embargo, el Gobierno duda. Ha tardado demasiado en presentar una reforma educativa, que como sólo rinde frutos en el medio plazo resultaba urgente. De hecho, si se hubiera puesto en marcha al inicio de la crisis no tardaríamos en empezar a ver sus resultados. Después de brutales recortes en I+D+i, es decir, de agostar el futuro de la investigación española, el ministro se descuelga ahora con el debate de sotana y campanario. ¿Quiere usted discutir sobre la enseñanza de los idiomas? ¿Quiere usted saber por qué tras 15 años de enseñanza del inglés en el colegio su hija sólo lo chapurrea, a menos que le haya usted pagado un profesor particular? ¿Está usted convencido de que la educación religiosa ya se la brinda usted, si así lo estima, y desearía escuchar argumentos sobre el conocimiento comprensivo o técnico que el Estado asegura para sus churumbeles? Pues tampoco. Oirá usted hablar mucho de la tierra, eso sí.

Educar es como votar. Hacerlo en blanco puede proporcionar una enorme satisfacción a quienes enarbolan el sobre vacío como muestra de rebeldía, pero alguien gobernará y el votante en blanco habrá renunciado a ejercer su influencia. Los Gobiernos no quedan vacíos del mismo modo que los niños no quedan nunca sin educar, como suele recordar Fernando Savater. Si no los educamos  -y bien- en las aulas, alguien lo hará: la televisión, la pandilla, el tuenti. Y, sin embargo, uno tras otro, los Gobiernos nos vienen hurtando ese debate, con la connivencia de los medios de comunicación, poco interesados en un debate real sobre nuestro sistema educativo. Real quiere decir que no tome como puntos de referencia los centros de decisión del poder partidista, sino a los príncipes que mañana nos gobernarán, motivo suficiente para que nos preocupe su formación.

Si Wert fuera el toro bravo embestiría contra todo lo añejo del sistema educativo. Por desgracia, es el mal torero agitando el trapo al que entran gustosos los nacionalistas. Y el PSOE. Una vez más. Sencillamente, la obligación de proporcionar enseñanza en castellano en las comunidades con lengua autonómica ya existe en la ley, y ha sido refrendada por el Constitucional y el Supremo. Ahora privatiza el derecho porque este toro se amansa cuando toca hacer cumplir las sentencias: es inconveniente y no da resultados a corto plazo. Por el contrario, legislar de nuevo lo que ya existe no resulta trabajoso: el BOE es una página en blanco que no se le ha resistido a ningún Gobierno. Y proporciona a sus votantes desesperanzados la dosis de identificación ideológica necesaria para mantener su adhesión viva hasta las próximas elecciones. En cuanto a la Educación para la Ciudadanía, este mismo debate, con todo su desdén hacia la relevancia de la educación en un sistema democrático, es la prueba evidente de cuánto civismo nos queda por aprender. Por cierto, que yo la impartiría también en cursos para adultos y haría un intensivo entre periodistas y cargos públicos. Qué triste es España algunos días.

Palabras en el Quicio
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