De la epidemia de corrupción, ¿quién se encarga?
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Irene Lozano

Palabras en el Quicio

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De la epidemia de corrupción, ¿quién se encarga?

Me temo que el Gobierno no se da cuenta, pero la epidemia de corrupción que asuela el país es la mayor amenaza al sistema democrático desde

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Reuters)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Reuters)

Me temo que el Gobierno no se da cuenta, pero la epidemia de corrupción que asuela el país es la mayor amenaza al sistema democrático desde el 23-F. Pocos discutirán el carácter viral de esta enfermedad que corroe el país y cuyos síntomas están a la vista: saqueo de las arcas públicas, impunidad de los corruptos, hundimiento del país, parálisis de la economía, crisis política.

Ninguna institución está a salvo, porque se trata de un fallo multiorgánico que sufrimos desde hace demasiado tiempo. La más grave secuela de este mal también va quedando patente. Los ciudadanos creímos vivir en una democracia, pero descubrimos con frustración que se trata de una oligarquía de ladrones. Los cleptócratas discuten en público sobre cuestiones políticas que les hacen parecer irreconciliables. Pero forman parte del círculo cerrado de parásitos y están de acuerdo en que la vida vale la pena a costa del contribuyente.

Vean qué curioso bucle de amistades se descubrió ayer. El hasta hace poco socio y ahora sospechoso de ser testaferro de Oleguer Pujol, Luis Iglesias, está casado con la hija de Eduardo Zaplana, asesora de la secretaria de Estado de Turismo, a su vez amiga del diputado del PP Martínez-Pujalte. ¿Por qué pregona Rajoy en público su deseo de dialogar con Mas? ¿No ve Mariano que si le dice a Eduardo que acuda a María para hablar con Oleguer y este le transmite a Jordi que avise a Artur todo iría como la seda y se acabaría el pernicioso separatismo? Será verdad ese tópico de que la distancia máxima entre dos personas son seis contactos. En el caso de nuestra oligarquía andan tan juntos que no se pueden ni rebullir.

Un comité de crisis como el del ébola sería una medida adecuada, porque esa enfermedad constituye la metáfora perfecta de España. Un riesgo que debía estar previsto nos coge por sorpresa causando un peligro objetivo para la sociedad (pongamos la crisis financiera, la corrupción, el ébola). La actuación de los poderes públicos a través de las instituciones, lejos de solucionar el problema, lo agrava (como las cajas de ahorros agravaron la crisis con las preferentes). Finalmente, gracias al buen trabajo de los profesionales y la resistencia de la población el país supera el trance. No se consigue por el papel desempeñado por las instituciones, sino a pesar de ellas. Así se ha curado Teresa Romero, pero en el caso de la crisis general de España será más difícil lograrlo. Y la capacidad de resistencia de la población está al límite.

Sólo queda una salida política contra la corrupción: tomarse en serio el riesgo y constituir un comité de crisis que aborde el problema de frente. ¿Por qué lo hizo el Gobierno con el ébola? En primer lugar, para contener el contagio y evitar un problema de salud pública. Pues bien, la corrupción es un problema de salud democrática de primera magnitud, y si no se hace algo seriamente, se llevará por delante nuestra democracia.

En segundo lugar, el Gobierno quiso contrarrestar la alarma social causada por la pésima gestión de los primeros días de la crisis. ¿No ve llegado el momento de combatir la alarma social provocada por la corrupción y aumentada por la nula labor de limpieza que se está haciendo? Se equivoca el Gobierno si piensa que serán los tribunales los que pongan las cosas en su sitio. Los jueces encarcelarán a los ladrones –y Pedraz es uno de mis favoritos, desde luego–. Pero restaurar la dignidad de la vida pública y la autoridad social de las instituciones sólo puede hacerse desde la política. Es un trabajo para la vicepresidenta. Y debe iniciarlo ya.

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