‘Troika’ es una palabra rusa

“Troika” es una palabra rusa de origen frío y siniestro. Frío, porque designaba un trineo. Siniestro, porque el término llegó al vocabulario político en la antigua URSS

Foto: Wolfgang Schaeuble (ministro de finanzas alemán) y su homólogo griego, Yanis Varufakis (Reuters)
Wolfgang Schaeuble (ministro de finanzas alemán) y su homólogo griego, Yanis Varufakis (Reuters)

“Troika” es una palabra rusa de origen frío y siniestro. Frío, porque designaba un trineo tirado por tres caballos. Siniestro, porque el término llegó al vocabulario político en la antigua Unión Soviética, donde designaba un “equipo político dirigente, formado por el presidente de la República, el jefe de Gobierno y el secretario general del Partido Comunista”, según el Diccionario de la Academia. Nótese que, hablando de la URSS, estas tres personas son una y lo mismo, la Santísima Trinidad, el poder.

La troika financiera europea tiene algo tan siniestro y opaco como aquello: pese a que la mayor parte de su labor sea técnica, sus decisiones han tenido consecuencias políticas terribles para millones de europeos. Contra esa oscuridad se han rebelado los griegos al votar a Syriza, que convirtió la Troika en el demonio. Es sabido que los humanos somos, sobre todo, un potente cerebro reptiliano que necesita divisiones binarias del mundo: el pueblo y la casta, la troika y los griegos… Nosotros y ellos: la tribu.

El sino de la política de nuestro tiempo es hacer juegos con palabras. Algunos tendrían hasta gracia si no hubiera tantos damnificados por la ineptitud y el latrocinio

El planteamiento de Alexis Tsipras, primer ministro griego, simplifica tanto que el ministro de Economía francés, Michel Sapin, ha respondido con idéntica simpleza, aunque sospecho que se tiene por genio. Su propuesta es hacer desaparecer la Troika: “Es sólo una palabra”, ha declarado, “pero tiene un significado en la gente y hay que tenerlo en cuenta. Es un término muy negativo en las cabezas de los griegos”. El planteamiento de Sapin afirma, sin ambages, que cambiemos la terminología para no cambiar la realidad. En lugar de disolver la deuda griega, disolvamos la institución y la palabra…

A fuerza de tanto debate simbólico, estamos rozando el grado cero de la política. Espero que nadie pretenda de verdad construir Europa impulsando un puñado de palabras bien pulidas y eliminando del lenguaje político los términos con aristas punzantes: lo que ha hecho perder a Grecia una cuarta parte de su riqueza no ha sido una palabra rusa, sino una elite corrupta, una concepción dinástica de la política, la infinita incuria que no les ha permitido articular ni tan siquiera un sistema de recaudación fiscal digno de tal nombre. Se podrá eliminar la Troika, pero los problemas no desaparecerán.

Una cosa es trabajar la retórica para elaborar discursos persuasivos o articular un fecundo storytelling en los mítines y otra es creer que todo enunciado tiene valor performativo. Austin se habrá revuelto en su tumba con las palabras de Sapin. Claro que no sólo el lenguaje está afectado por la creencia en las propiedades mágicas de ciertas frases. Ahí estará Whitehead, también aterrorizado en su ataúd por la afirmación de Pedro Sánchez, a propósito de los cambios pretendidos por el ministro Wert en los grados universitarios: “Tres más dos no es lo mismo que cuatro más uno”, dijo. Y se quedó tan ancho. El sino de la política de nuestro tiempo es hacer juegos con palabras. Algunos tendrían hasta gracia si no hubiera tantos damnificados por la ineptitud y el latrocinio. Observen el último eufemismo referido a los políticos y la política: “Desafección”. Alguien lo ha puesto rápido de moda para evitar manía, ojeriza, asco, tirria, desprecio, odio. Y tantos sinónimos hirientes como un escupitajo.

Palabras en el Quicio
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