Acudí este viernes a una junta de accionistas y tuve la suerte de coincidir en la mesa con un tipo que había fundado y desarrollado una empresa tecnológica de cierto calado y que, tras su venta a una multinacional, se había dedicado a estudiar y a pensar que, aunque las más de las veces se nos olvida, es por lo que nos pagan a los ‘ejecutivos’, figura muy distinta a esos ‘ejecutores’ que cierran el día felices por ‘haber dejado el correo a cero’. En fin, sin comentarios.
Como no podía ser de otra manera, en la conversación salió el convulso entorno propiciado por la IA. Y con el atrevimiento de quien no tiene nada que demostrar, ni que perder, me soltó algunas perlas que dejo para mi biblioteca particular: "La IA es más artificial que inteligencia", "es como la vaca que mira pasar el tren" o "lo que será verdaderamente disruptivo será la computación cuántica que, eso sí, lo cambiará todo". Sin embargo, y pese a ese descreimiento ‘antihype’, no pudo más que reconocer que es una realidad y que, siendo así, resulta clave cómo abordarla.
Y es entonces cuando soltó la frase para el recuerdo: "La IAno tiene que ayudarte a vivir mejor, sino a ser mejor"’. Chupa del frasco, Carrasco.
Y esto, que en el mundo de la hiperconectividad y la incapacidad de reflexión actual en el que nos desenvolvemos puede sonar a sentencia intrascendente, es la mejor recomendación que podemos dar a nuestros hijos en particular, y a cualquiera que tenga interacción con la IA en general, sobre su irrupción y manejo. Porque es, en esencia, la diferencia entre gobernar o ser gobernado, entre progresar o estancarse, entre sobrevivir laboralmente o morir por inacción. Tal cual.
Claramente, la visión generalizada sobre la inteligencia artificial está condicionada por nuestro ‘legacy’, modo de pensar y obrar del pasado. De ahí que buena parte de la aplicación de la misma esté basada en el proceso: resolución, ordenación o simplificación de los problemas. Incluso los procesos creativos que se desarrollan bajo su manto, directamente o a través de agentes responden a este patrón. Con una finalidad última, la mejora personal (más tiempo) o funcional (mejor resultado).
Pero, en la medida en que nos ayuda a hacer cosas y vamos delegando en ella parcelas de lo que es esencialmente humano y nos diferencia no solo de otras especies, sino los unos de los otros, vamos siendo cada vez más planos, más anodinos, más susceptibles de ser reemplazados por unas máquinas que operan infinitamente mejor que nosotros, en mucho menos tiempo y a un coste que, de puro bajo, se antoja inimaginable. Nos vamos haciendo ‘nada’ mientras engordamos ese ‘todo’. Si nuestra raza se ha quedado para ‘promptear’, apaga y vámonos, amén de que antes o después ni eso lo haremos nosotros.
Sin embargo, si se adopta la visión contraria, esto es: ¿en qué me puede hacer mejor la IA? O, dicho de otro modo: ¿en qué me puedo apalancar en ella para mantener mi condición diferencial y aportar valor añadido en un mundo en el que cada vez será más escaso?, entonces la cosa cambia radicalmente. Porque ya no estamos hablando de cesión de parcelas, sino de la construcción de otras distintas que gobierno como quiero y no como otro me marca o, peor aún, como intuye que deseo.
La frase, insisto, parece nimia, pero va a la esencia del debate entre hombre y máquina. Porque nos vamos a encontrar en un momento en el que el que realmente va, parece que viene, tal será la corriente en contra de los que ya se hayan abandonado a las ‘virtudes’ de las nuevas herramientas convirtiéndose, eso sí, en prescindibles. De ahí que sea fundamental mantener el control, potenciar lo propio y aprovechar, pero no sucumbir a lo que ya está aquí. Tu propia supervivencia está en juego.