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Marta Domínguez, el dopaje y varias toneladas de hipocresía
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Juan Carlos Escudier

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Marta Domínguez, el dopaje y varias toneladas de hipocresía

Con esto del dopaje, solemos hacernos de nuevas y aparentar un gran escándalo cuando la realidad es que su historia es tan antigua como la de

Con esto del dopaje, solemos hacernos de nuevas y aparentar un gran escándalo cuando la realidad es que su historia es tan antigua como la de los deportistas de alto nivel, si por tales puede asimilares a aquellos atletas de la Grecia clásica que, para participar en los diferentes Juegos, además de ingerir múltiples brebajes para correr más o saltar una distancia mayor, se extirpaban el bazo por creerlo inútil para su organismo. Ello no quiere decir que lo de alucinar en colores fuera algo exclusivo del deporte. Los berserker, unos guerreros vikingos que si no te mataban de un hachazo lo hacían del susto que te daban, consumían amanita muscaria, esas setas rojas con pintas blancas donde viven los pitufos, para inmunizarse al dolor y flipaban añadiendo al pan o la cerveza el cornezuelo del centeno, el LSD de la antigüedad. Lo que es evidente es que allí donde ha existido profesionalización a lo largo de la historia, ya fuera para lanzar jabalinas o matar enemigos, ha estado presente la química.

En España la conmoción ha sido grande tras la redada practicada el jueves por la Guardia Civil dentro de la llamada Operación Galgo, en la que fueron detenidos la atleta Marta Domínguez, auténtico ícono del atletismo español, su entrenador César Pérez y su manager José Alonso Valero, junto a un grupo de personas entre los que figuraban otros deportistas, entrenadores, farmacéuticos y suministradores de sustancias dopantes, además del ya clásico Eufemiano Fuentes, el doctor que ya fue detenido en 2006 en otra operación similar, la Puerto, por la que está pendiente de juicio. A Fuentes le apodan Astérix, sin duda por su relación con las diversas pociones mágicas.

Sería demasiado prolijo hacer aquí un inventario del dopaje, que empezó a tomarse en serio a raíz de la muertes en 1886 del ciclista galés Arthur Linton por sobredosis de trimethyl en la París-Burdeos y la del corredor de fondo Thomas Hicks, que ganó la maratón en 1904 bajo los efectos de la mezcla de brandy, estricnina y yema de huevo y al que se considera la primera víctima del dopaje en los Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

En cambio, sí merece la pena resaltar que muchos de los grandes mitos del deporte se han visto envueltos en escándalos tras descubrirse que si llegaron a pasar por superhombres fue con la ayuda de sustancias algo más elaboradas que la glucosa. En ciclismo la lista sería interminable, aunque pueda destacarse al propio Eddy Merckx, obligado a abandonar el Giro de 1969 al serles detectados estimulantes. De Carl Lewis, que luego se convirtió en una especie de apóstol contra el dopaje, se dijo con alguna evidencia que su prominente mandíbula, al estilo del Pedro Bello de los Autos Locos, era el producto de su consumo de la hormona del crecimiento.

Famosos fueron los casos de Ben Johnson, quien reconoció que tomaba pastillas de todos los colores del arco iris, la de las nadadoras de la RDA Kornelia Ender, que reconoció haber podido tomar sustancias prohibidas aunque sin saberlo, y Kristin Otto, que ganaba medallas como churros y que en un control antidopaje supero en seis veces los niveles permitidos de testosterona. Nos enamoramos de Florence Griffith, y nos preguntamos con ingenuidad el porqué de su apresurada retirada del atletismo, poco antes de que se prohibieran las ya citadas hormonas del crecimiento. También lo hicimos de Marion Jones, pero se nos pasó el amor cuando se supo que consumía THG como rosquilllas y tuvo que devolver sus cinco medallas de Sídney.

Aquí no había crisis, las empresas no manipulaban sus balances como en Wall Street, nuestro sistema financiero estaba sanísimo y, por supuesto, no había dopaje, y la prueba era que hasta 2006 no fue tipificado como delito, y eso porque se optaba a la Juegos Olímpicos y era requisito sine qua non

Con esto del dopaje, solemos hacernos de nuevas y aparentar un gran escándalo cuando la realidad es que su historia es tan antigua como la de los deportistas de alto nivel, si por tales puede asimilares a aquellos atletas de la Grecia clásica que, para participar en los diferentes Juegos, además de ingerir múltiples brebajes para correr más o saltar una distancia mayor, se extirpaban el bazo por creerlo inútil para su organismo. Ello no quiere decir que lo de alucinar en colores fuera algo exclusivo del deporte. Los berserker, unos guerreros vikingos que si no te mataban de un hachazo lo hacían del susto que te daban, consumían amanita muscaria, esas setas rojas con pintas blancas donde viven los pitufos, para inmunizarse al dolor y flipaban añadiendo al pan o la cerveza el cornezuelo del centeno, el LSD de la antigüedad. Lo que es evidente es que allí donde ha existido profesionalización a lo largo de la historia, ya fuera para lanzar jabalinas o matar enemigos, ha estado presente la química.

En España la conmoción ha sido grande tras la redada practicada el jueves por la Guardia Civil dentro de la llamada Operación Galgo, en la que fueron detenidos la atleta Marta Domínguez, auténtico ícono del atletismo español, su entrenador César Pérez y su manager José Alonso Valero, junto a un grupo de personas entre los que figuraban otros deportistas, entrenadores, farmacéuticos y suministradores de sustancias dopantes, además del ya clásico Eufemiano Fuentes, el doctor que ya fue detenido en 2006 en otra operación similar, la Puerto, por la que está pendiente de juicio. A Fuentes le apodan Astérix, sin duda por su relación con las diversas pociones mágicas.

Sería demasiado prolijo hacer aquí un inventario del dopaje, que empezó a tomarse en serio a raíz de la muertes en 1886 del ciclista galés Arthur Linton por sobredosis de trimethyl en la París-Burdeos y la del corredor de fondo Thomas Hicks, que ganó la maratón en 1904 bajo los efectos de la mezcla de brandy, estricnina y yema de huevo y al que se considera la primera víctima del dopaje en los Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

En cambio, sí merece la pena resaltar que muchos de los grandes mitos del deporte se han visto envueltos en escándalos tras descubrirse que si llegaron a pasar por superhombres fue con la ayuda de sustancias algo más elaboradas que la glucosa. En ciclismo la lista sería interminable, aunque pueda destacarse al propio Eddy Merckx, obligado a abandonar el Giro de 1969 al serles detectados estimulantes. De Carl Lewis, que luego se convirtió en una especie de apóstol contra el dopaje, se dijo con alguna evidencia que su prominente mandíbula, al estilo del Pedro Bello de los Autos Locos, era el producto de su consumo de la hormona del crecimiento.

Famosos fueron los casos de Ben Johnson, quien reconoció que tomaba pastillas de todos los colores del arco iris, la de las nadadoras de la RDA Kornelia Ender, que reconoció haber podido tomar sustancias prohibidas aunque sin saberlo, y Kristin Otto, que ganaba medallas como churros y que en un control antidopaje supero en seis veces los niveles permitidos de testosterona. Nos enamoramos de Florence Griffith, y nos preguntamos con ingenuidad el porqué de su apresurada retirada del atletismo, poco antes de que se prohibieran las ya citadas hormonas del crecimiento. También lo hicimos de Marion Jones, pero se nos pasó el amor cuando se supo que consumía THG como rosquilllas y tuvo que devolver sus cinco medallas de Sídney.

Aquí no había crisis, las empresas no manipulaban sus balances como en Wall Street, nuestro sistema financiero estaba sanísimo y, por supuesto, no había dopaje, y la prueba era que hasta 2006 no fue tipificado como delito, y eso porque se optaba a la Juegos Olímpicos y era requisito sine qua non

Marta Domínguez