¿Qué sacamos de París?
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¿Qué sacamos de París?

Francia estaba ya desde los atentados de enero de este mismo año en situación de máxima alerta y, aun así, los terroristas han logrado golpear de nuevo en la capital francesa

Foto: Francia recuerda en silencio a las víctimas de los atentados. (EFE)
Francia recuerda en silencio a las víctimas de los atentados. (EFE)

A la hora de valorar los efectos de la masacre ocurrida en París el pasado día 13, nada hay comparable a la pérdida de 129 vidas humanas y al trauma que afectará, seguramente de por vida, a los heridos, familiares y amigos de las víctimas. Pero tratando de ir más allá del drama humano, lo que sintéticamente extraemos de la brutal experiencia vivida es que:

- La seguridad absoluta es inalcanzable. Francia estaba ya desde los atentados de enero de este mismo año en situación de máxima alerta y, aun así, los terroristas han logrado golpear de nuevo en la capital francesa, saltándose todos los filtros de seguridad establecidos. El terrorismo yihadista es un rasgo de nuestro tiempo y, aunque nos cueste admitirlo, no hay perspectiva de erradicarlo a medio plazo. Eso supone convivir con una amenaza permanente, sabiendo que ni sería socialmente soportable una militarización total de nuestras sociedades, ni, peor aún, sería eficaz.

En principio, lo ocurrido no supone ningún fallo de seguridad, sino la constatación obvia de que no es posible (ni deseable) poner un policía o un soldado al lado de cada ciudadano. Es, dicho de otro modo, el precio a pagar por vivir en sociedades abiertas, bajo el imperio de la ley que define a todo Estado de derecho.

- La amenaza es muy real. Al margen de las diversas motivaciones que pueden tener quienes promueven y ejecutan actos terroristas, la realidad nos muestra que existen grupos- con Al Qaeda y Daesh a la cabeza- e individuos con voluntad de matar a partir del convencimiento de que solo la violencia puede permitirles alcanzar sus objetivos. En su delirante ensoñación, consideran que tanto el enemigo cercano -los gobiernos de los países donde tienen sus feudos principales- como el lejano -Occidente en términos amplios- son los responsables de sus desgracias. No olvidemos, en todo caso, que la mayoría de sus víctimas son personas de identidad musulmana, tanto por considerarlas colaboracionistas con los gobiernos que ellos combaten, como por entender que se han desviado del verdadero Islam que ellos dicen representar.

Son muchos ya los ejemplos de creación de pequeños monstruos que su promotor cree controlar, hasta que toman conciencia de su propio poder

Eso no quiere decir que no haya actores externos (estados y particulares) interesados en promover a esos grupos. Son muchos ya los ejemplos de creación de pequeños monstruos que su promotor cree controlar, hasta que toman conciencia de su propio poder y pasan a desarrollar su propia agenda, atacando incluso a quienes inicialmente fueron sus promotores (Arabia Saudí es un buen ejemplo, pero también Pakistán, Estados Unidos y tantos otros en una secuencia que nos lleva, como mínimo, al Afganistán ocupado por los soviéticos hace más de 30 años).

- No hay atajos para contener la amenaza. Como nos demuestran los ejemplos de Afganistán e Irak (pero también Somalia, Nigeria o Libia), las respuestas que otorgan el protagonismo a los instrumentos militares están condenadas al fracaso, por la sencilla razón de que las fuerzas armadas ni están instruidas, ni equipadas para hacer frente al yihadismo. En el mejor de los casos, con su despliegue en escenarios yihadistas pueden contribuir a descabezar algunas de estas organizaciones y ganar algo de tiempo hasta que se recuperen del castigo (el Daesh de hoy es la Al Qaeda en Irak de hace una década), pero en ningún caso pueden encontrar remedio a los problemas que alimentan la vocación violenta de quienes se alistan en estos grupos.

Las respuestas que otorgan el protagonismo a los instrumentos militares están condenadas al fracaso

Para segar la hierba bajo sus pies, la labor fundamental se centra en promover el bienestar y la seguridad de aquellos a los que se les niega la posibilidad de llevar adelante una vida digna. Eso supone, igualmente, dejar de apoyar acríticamente a unos gobernantes que hasta ahora se han preocupado mucho más de explotar las riquezas nacionales en su propio beneficio que en atender las demandas de su población.

- No estamos en guerra. Eso es precisamente lo que desean los yihadistas, que se ven a sí mismos como soldados (sin serlo) de un ejército (que no es tal) para hacer justicia a su manera contra cualquiera que no comulgue con sus ideas. La respuesta tiene que atender a las causas que sirven de caldo de cultivo a los violentos, procurando integrar plenamente a quienes ya están entre nosotros y, por su color de piel o por su apellido, se sienten discriminados. Del mismo modo, habrá que entender que ya no es posible garantizar la estabilidad de esos territorios al estilo clásico, confiando en la labor represiva de dictadores que en ningún caso atienen a las necesidades de la mayoría de sus poblaciones (la bendición del golpe de Estado en Egipto es un error que solo puede traer malas consecuencias para los egipcios y para todos nosotros). No se puede olvidar tampoco la necesidad de poner fin a un conflicto tan amargo como el que enfrenta a los israelíes con los palestinos, aunque solo fuera para restarles a los yihadistas su diaria apelación a que su acción es solo una manera de compensar el abandono a sus supuestos hermanos palestinos.

Saltarse el Estado de derecho y apostar por mecanismos militares no lleva a buen puerto

- Hace falta más Europa. En la medida en que la amenaza es global y excede las capacidades de cada Estado por separado, es preciso activar una respuesta multidimensional y multilateral. La Unión Europea es el actor mejor equipado -con su combinación de medios diplomáticos, socioculturales, económicos, políticos y militares- para hacer frente a la amenaza yihadista, tanto para atender a sus efectos más brutales -coordinando esfuerzos policiales y de inteligencia, así como la labor de autoridades económicas para cerrar los grifos financieros que alimentan a estos grupos y de responsables judiciales para lograr un efectivo tratamiento legal contra el delito terrorista- como a sus causas más profundas. Además de lo ya dicho anteriormente, en este segundo plano resulta tan fundamental frenar la creciente islamofobia en nuestras sociedades (inquieta pensar en el previsible aprovechamiento que el Frente Nacional hará de lo acontecido), como reforzar los programas educativos para modificar percepciones estereotipadas que presentan al Islam como el nuevo enemigo a batir.

Nadie dispone de la fórmula mágica para tratar la amenaza, pero sabemos por experiencia que saltarse el Estado de derecho y apostar por mecanismos militares no lleva a buen puerto. Ojalá no volvamos a tropezar en la misma piedra.

*Jesús A. Núñez Villaverde (@SusoNunez). Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)