"Rectificar es de sabios. Yo defiendo la neutralidad informativa de RTVE"

Rajoy y su partido aplicaron una peculiar versión de la sabia rectificación modificando el modo de elección del presidente de RTVE, que no se volvió a elegir casi por unanimidad

Foto: El Pirulí, centro de comunicaciones de RTVE. (EFE)
El Pirulí, centro de comunicaciones de RTVE. (EFE)
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Mariano Rajoy, el 22 de septiembre de 2011, dos meses antes de su aplastante victoria electoral, dejó dicho: “Yo para la televisión pública defiendo la neutralidad informativa y que no esté a las órdenes de ningún Gobierno”. Sus palabras, aparte de ratificar la letra de la Ley de la Corporación de Radio y Televisión Española (RTVE) que apoyó en 2006, eran un reproche público a la medida del consejo de administración de RTVE de concederse acceso privilegiado al programa informático de los servicios informativos de Televisión Española (TVE). De los consejeros propuestos por su partido, que fueron quienes introdujeron y aprobaron dicha resolución para luego desdecirse y sancionar la contraria, Rajoy dijo: “Habrán pensado, seguramente con razón, que la mejor decisión es esta segunda y, por tanto, hay que celebrarlo. Rectificar es de sabios”.

Menos de un año después de la declaración, Rajoy y su partido aplicaron una peculiar versión de la sabia rectificación modificando el modo de elección del presidente de RTVE, que no se volvió a elegir casi por unanimidad en el Parlamento. Se limó el consenso parlamentario necesario para su nombramiento de las dos terceras partes de las Cámaras hasta la mayoría absoluta, justo el umbral que podía superar el PP. Esta enmienda podría haber entrado en los límites de lo razonable. Pasando por alto que cuando llegó al poder, el PP llevaba un año anclado en el inmovilismo y en la negativa a cualquier nombramiento por mero cálculo electoral, es preferible una decisión unilateral a la parálisis de la inacción.

Han sido las posteriores decisiones en cascada en la estructura interna, todas tomadas como mínimo con la aquiescencia de La Moncloa y, en menor medida, Génova, las que han jugado en contra de la pretendida neutralidad que había defendido Rajoy y la legislación vigente. La naturaleza enigmática de todo este proceso de vaciado de credibilidad de RTVE desde 2011, un remedo de bolivarización de los medios de comunicación públicos, es que conlleva un juego de suma muy negativa en el que solo hay perdedores, cadáveres y víctimas. Con ellas, se ha conseguido provocar las quejas recurrentes de los trabajadores de RTVE y, sobre todo, una considerable desafección social y profesional de los programas informativos, reflejada en la audiencia y en otras variables de índole cualitativo.

La composición, la forma y el impacto de las protestas de los empleados han reflejado el movimiento telúrico que ha acompañado la gestión de estos cuatro años

La composición, la forma y, sobre todo, el impacto de las protestas de los empleados de RTVE con la dirección han reflejado el movimiento telúrico que ha acompañado a la gestión de los últimos cuatro años de la empresa. En 2011, la mayoría de los trabajadores de RTVE se levantaron contra una decisión del consejo de administración; desde 2012, los mismos profesionales han ejercido diversas formas de protesta, como enmiendas a la totalidad de la gestión. En 2011, los directores de los Servicios Informativos, tanto de TVE como de Radio Nacional de España (RNE), estaban junto a los descontentos; desde entonces, los mismos directores y sus más cercanos colaboradores han sido la diana más común de las protestas. Lo que es más importante: en 2011, la protesta del personal de TVE provocó una ola de solidaridad que alcanzó a la sociedad y a todos los partidos políticos, provocando la rectificación; desde entonces, ni la presidencia ni el ahora irrelevante consejo de administración ni la dirección se han apeado de ninguna de sus decisiones.

Suponiendo reales los ideales que casi todos, incluido Rajoy, declaran compartir en público y que unos pocos con el poder suficiente se empeñan en tirar al cubo del olvido en cuanto se les da la mínima oportunidad, el mero regreso al modelo de elección del presidente de RTVE por mayoría reforzada no va a garantizar la pluralidad y la neutralidad de la información, en suma, la verdadera prestación de un servicio público.

En su momento, la Ley de la CRTVE fue condición necesaria pero no suficiente. La 'primavera de Torrespaña (y de Prado del Rey)', ciertamente mejorable, sin duda endulzada en la memoria, reconocida por la clase periodística y apreciada por la sociedad, no hubiese existido sin seis personas con compromisos personales más allá de la legalidad vigente: José Luis Rodríguez Zapatero, Luis Fernández, Alberto Oliart, Francisco Javier Llorente y los directores en turno de RNE y de rtve.es. Ningún modelo que dependa de la voluntad de seis piezas, cinco puestos de responsabilidad y tres niveles de jerarquía, puede ofrecer garantías de estabilidad. Zapatero, Fernández y Oliart, en una estructura de RTVE extremadamente presidencialista, tenían armas a su disposición para haber eliminado de un plumazo la autogestión en los informativos de RTVE, que es la que otorgó carta de naturaleza a la neutralidad. Que cobijasen y defendiesen la independencia de sus subordinados una vez elegidos fue un resultado tan aleatorio como que Leopoldo González-Echenique o José Antonio Sánchez no la consintiesen o directamente atentasen contra ella: mera elección y no obligación.

Ningún modelo que dependa de la voluntad de seis piezas, cinco puestos de responsabilidad y tres niveles de jerarquía ofrece alguna garantía de estabilidad

Más circunstancial es el caso de Llorente, y bajo su nombre se puede aglutinar el compromiso mayoritario de los trabajadores de informativos de RTVE, también de RNE y de rtve.es, solo que con el mero deseo no se construyen ni un producto ni su credibilidad. Lo que existió durante todo su periodo como director de Informativos de TVE fue la independencia real, autogestión pura y dura, de la cual Llorente no era sino el jefe de la cooperativa. O del sóviet, o del comando, como le denominaron sus críticos. Tiene un mérito indudable de parte de quien tiene que tomar multitud de decisiones sobre recursos humanos capaces de alienar al más enfervorecido fanático.

Fuera de la independencia que glosa la ley y que ejercida 'de facto' proporcionó réditos sociales indudables en un microclima muy concreto, no exclusivamente circunscrito a la etapa de Llorente, la autonomía de una parte de la Administración pública no es una virtud en sí misma, aunque proceda de un movimiento pendular en el que su atropello ha sido la norma más que la excepción. Sin límites, la autonomía tiende al corporativismo, al sectarismo, a la arbitrariedad, a la extracción de rentas y al conflicto de intereses permanente. No es necesario salir de las puertas de RTVE para percibir los perjuicios de años de independencia, sobre todo para el contribuyente.

Para ajustar la existencia de RTVE a su mandato legal, tiene que haber controles externos e intensos, que hasta cierto punto están en el extremo opuesto de la pretendida independencia. Por externo no debe entenderse añadir nuevas capas de burocracia a las innumerables ya existentes en RTVE, aunque tampoco caer en la ingenuidad de que va a ser gratuito. Simplemente no debe estar viciado por las peleas de poder que existen dentro de la Corporación. Y por intenso no debe entenderse un galimatías organizativo que paralice la toma de decisiones en un sector de actividad donde el trabajo siempre es para ayer, pero sin caer en el 'vistobuenismo' ni en la fábrica de papeles inútiles.

Su funcionalidad como maquinaria de propaganda se clausuró con la eclosión de las TV privadas. Hoy es un artificio costoso e ineficaz como medio de propaganda

En realidad, solo se necesitan tres elementos: un consejero delegado y un analista de audiencias (no circunscrito a aspectos meramente cuantitativos) con toneladas de transparencia, mando en plaza y objetivos cuantificables. Los objetivos de RTVE últimos deberían estar ya reflejados en el contrato-programa que prevé la ley. Solo llevan 10 años de retraso los sucesivos gobiernos en su aprobación, con mayoría absoluta y sin ella. Y con esos tres vértices (objetivos, costes y audiencia), es indiferente quiénes sean sus protagonistas, mientras el Parlamento español actuaría de cancerbero al cargo del diseño de los objetivos, con más concreción que las naderías de rigor en la materia. Si las decisiones del Parlamento tienen en cuenta la visión de las minorías, mejor. Pero el consenso no debe estar en la producción sino en el producto acabado.

Y en este punto todos deberían ser conscientes de que la neutralidad no es una quimera pero que en la dependencia sólo hay perdedores y huérfanos. Las elecciones no se ganan hoy en RTVE. Su funcionalidad como maquinaria de propaganda masiva, si es que alguna vez existió, se clausuró con la eclosión de las televisiones privadas. Hoy es un artificio costoso e ineficaz como medio de propaganda. Hoy es más rentable, no ya socialmente sino también en las urnas, la neutralidad informativa de los medios de comunicación públicos, apreciada por la generalidad, que el alineamiento partidista, que genera descrédito personal e institucional. No hay espacio electoral ni de audiencia para una televisión pública que no sea al lado y al servicio de los ciudadanos.

No hay motivo para pensar que Rajoy no piense con sinceridad lo que se entrecomilla en el texto. Desde luego, sus más cercanos colaboradores no comparten esa visión y se han puesto manos a la obra para liquidarla. La oportunidad para rectificar, aunque incierta, es de oro. Lástima que hayan tenido que pasar cuatro años. ¿Para volver al pasado reciente? Albergo mis más que razonables dudas sobre que la solución deseable sea volver a lanzar los dados y confiar en el compromiso de unas pocas personas con la neutralidad y la pluralidad de RTVE.

*Carlos Resa Nestares es doctor en Administración de empresas y trabajó para el consejo de administración de RTVE entre 2007 y 2011.

Tribuna
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