historia de una foto del atentado de niza

Un muñeco muerto en el pavimento de Niza

Una imagen de Reuters muestra un juguete infantil en el suelo. A su lado, un cuerpo inerte. Es la imagen desoladora del terrible atentado de anoche en Niza

Foto: Eric Gaillard / Reuters
Eric Gaillard / Reuters

Está boca arriba. Tiene la mirada fija, uno de sus ojitos está abierto; el otro no le vemos. Tiene los pies desnudos y por ropa aparenta llevar un mullido pijama blanco, sobre el que tiene un jersei o un abriguillo de color rosa chillón.

Está inerte. Ha sido testigo pasivo del atentado de Niza pero no ha sentido nada; no ha sufrido daños. No sangra, no tiene heridas; sus falsos huesos de plástico están intactos.

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Sus ojos son de vidrio y su cuerpo de goma. Porque es un muñeco, un bebé de juguete sin dueño. Si fuera de los que llevan pilas y lloran, a buen seguro que llenaría la calle de lágrimas saladas.

A su lado yace un cuerpo. Este es de verdad. De carne y hueso.

Está tapado por una manta térmica dorada de esas que usan los servicios de emergencias para calentar a los heridos de un accidente y que sirven para cubrir sus cadáveres cuando es imposible que vuelvan a la vida.

La cobertura es estridente, brillante bajo las luces de una noche terrible en Niza.

Un cuerpo inmóvil, preso de la muerte. Puede que sea el dueño o la dueña infantil del muñeco que reposa a su lado.

El juguete ya no tendrá quien le abrace y le acune, le bese y le dé de comer y beber, le abrigue, sonría con él. Ya no será un muñeco feliz en manos de una personita feliz si, como me temo, su 'padre' o su 'madre' duerme para siempre en el paseo de los Ingleses. Habría ido allí con su familia probablemente para contemplar los fuegos artificiales en el día de la fiesta francesa. Para algunos ya no habrá más celebraciones ni fiestas; o no serán igual.

Ojalá el pequeño ser humano que daba el biberón a la pepona esté vivo; haya salido indemne. Haya logrado escapar de una barbarie que un niño jamás podrá entender y que los mayores no saben cómo combatir.

La tragedia se ha cebado con niños y mayores en Niza. Eso parece. Eso parece decir la foto de Reuters que ha tomado Eric Gaillard y que ilustra esta columna.

Un sueño infantil puede haber sido roto por un salvaje que conducía un camión y se llevaba por delante ilusiones, felicidad, problemas, amores, proyectos... Con todo hay hoy al menos 84 cadáveres en una morgue gala. En una ciudad en la que el lujo es norma y que ahora se estremece de miedo.

 

Tribuna
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