Preguntándonos sobre el uso del terror como arma política

Si asumimos que estamos ante una Guerra contra el Terror –marco de excepcionalidad–, las acciones excepcionales son legitimadas y, por lo tanto, pasan a ser la ordinariedad

Foto:  Un miembro de las fuerzas de seguridad afganas monta guardia en las inmediaciones de la embajada iraquí tras el ataque del grupo Estado Islámico (EFE)
Un miembro de las fuerzas de seguridad afganas monta guardia en las inmediaciones de la embajada iraquí tras el ataque del grupo Estado Islámico (EFE)

Todas hemos sentido alguna vez en la vida el terror en propia piel cuando aflora y, como tal, sabemos reconocer perfectamente su efecto sobre nosotras. Sin embargo, cuando intentamos salir del relato de la experiencia para teorizar y sistematizar el término en sus múltiples funcionalidades a nivel sociopolítico, el asunto se complica; sobre todo dentro del marco internacional. ¿Cómo abordar el uso del terror como arma política?

Los retos no son ningún obstáculo para impedir que la Universidad Internacional de la Paz (Unipau), presidida por Arcadi Oliveres, se haya aventurado este año a tratar el tema en su Curso de Verano, un espacio que a lo largo de su XXXII edición se ha ido constituyendo de forma natural como un laboratorio de ensayo, de preguntas y de reflexión. En él, se invita a especialistas tanto del ámbito académico como activista a compartir sus conocimientos, y entre ellos El Confidencial ha tenido la oportunidad de estar presente para hablar sobre Terrorismo y Estado del Bienestar.

A lo largo de todas las jornadas se ha ido incidiendo de forma transversal en cómo se usa el terror como arma política a nivel global. Y es que el terreno para articular el término e instrumentalizarlo a “gusto de cada cual” resulta tentador por su sencillez, puesto que partimos de una base teórica del mismo prácticamente inexistente dentro del escenario político internacional. La resolución 1566 (aprobada en 2004) del Consejo de Seguridad de la ONU se alejó de la voluntad de centrarse en la definición del concepto de terrorismo para ampararse en el cómo combatirlo a grandes líneas, hecho que le permitió articular un discurso general y ambiguo por lo que respecta al término.

En otras palabras y como pasa con los preámbulos de los libros, dicha resolución presentó un “qué” sintético e indeterminado a través de un exhausto y difuso “cómo”, que sirvió al Consejo y, por extensión, a la comunidad internacional, para articular subjetivamente el discurso sobre el “qué” –es el terrorismo– que le interesaba presentar. ¿Qué significa esto? El texto quiere ser una clara declaración de intenciones, en la que a través de un lenguaje que apela al realpolitik en todos sus sentidos, reafirma la idea de que en el nombre de la lucha contra el terrorismo –considerada Guerra Justa– todo vale: invasiones, activación de estados de emergencia con consiguientes recortes en derechos civiles, aumento del control social, rearme, macrosecuritización, y un largo etcétera que incluye incluso la normalización de “excepciones” de la legalidad internacional en pro de la seguridad.

Dicha resolución presentó un “qué” sintético e indeterminado a través de un exhausto y difuso “cómo”

En este sentido, el terrorismo parece haberse convertido en el McGuffin de las películas de Hitchcock, erigiéndose como ese “pretexto” o excusa primera que mueve a los personajes de la película a desenvolverse en la trama. Al final de la historia vemos que el McGuffin en sí carecía de importancia como objetivo final, pero sí es esencial para para movilizar a los personajes con tal de que consigan sus objetivos. Extrapolado a la sociedad internacional, la lucha contra el terrorismo se convertiría en una poderosa arma para justificar lo injustificable. Y aquel que se atreva a cuestionar aquellas acciones para combatir el terror, es desacreditado automáticamente bajo adjetivación terrorista, cómplice, radical antisistema o pacifista insensato.

A través de este discurso hegemónico de guerra contra el terror, la necesidad de la macro-securitización se ha erigido como una de las herramientas clave para reestructurar el sistema internacional hacia un nuevo orden mundial. Partiendo de los eventos del 11-S como punto de inflexión, la seguridad contra el terrorismo se alimenta de la narrativa de inseguridad global para expandirse y legitimarse a nivel internacional. En su análisis sobre la securitización del terrorismo, el investigador Kelstrup pone de relieve cómo las acciones “extraordinarias” –antes reprobadas por no seguir la ley internacional establecida–, ahora pueden ser legitimadas en virtud de la seguridad global.

Ya se han visto muchas “excepciones” insertadas dentro del concepto de securitización durante este inicio de milenio, como la intervención en Afganistán de los EEUU junto con sus aliados o la guerra en Irak –aunque esta última fue totalmente desaprobada por la sociedad internacional–. Por lo tanto, vemos como el carácter extraordinario de determinadas acciones en el marco internacional dentro del contexto actual puede presentar dos dificultades: por un lado, definir qué es y qué no es extraordinario, ya que no se tiene un concepto claro de lo que una acción ordinaria significaría dentro de un marco excepcional como el actual; por otro lado, la reiterada excepcionalidad de estas prácticas, que pueden llegar a convertirse en la norma y no la excepción. Si asumimos que estamos ante una Guerra contra el Terror –marco de excepcionalidad–, las acciones excepcionales son legitimadas y, por lo tanto, pasan a ser la ordinariedad.

Otra de las consecuencias de la securitzación es el inevitable fortalecimiento del régimen internacional presentado como medida también extraordinaria y temporal pero necesaria para combatir la Guerra contra el Terror de forma conjunta para lograr una mayor coordinación y eficacia. Esto ha derivado en que las leyes domésticas de muchos países relacionadas con la seguridad hayan sido revisadas, puestas en mayor vigilancia internacional o incluso hayan pasado a estar sujetas a reglas superiores bajo el pretexto de necesidad de cooperar conjuntamente. En el momento en que Estados Unidos declaró la Guerra contra el Terror y la convirtió en un asunto de alcance global, los demás actores del sistema internacional fueron llamados a formar parte también de esta lucha, encabezada por un discurso y un portavoz muy definidos.

Al entrar dentro del juego, los Estados pasan a estar sujetos a unas normas y a un mayor control internacional, y se inicia así una nueva lógica de seguridad global con carácter expansivo hacia otros terrenos y que pone en tensión otras lógicas. Por este motivo, muchos autores han visto la Guerra contra el Terror y la securitización no sólo como un medio para legitimar políticas ya supresoras en materia de seguridad, sino como una estrategia para establecer una nueva gobernanza global.

En todo caso, a nivel regional la Unión Europea constituiría el paradigma por antonomasia de poder supranacional en diversas materias que conciernen la seguridad de los estados que la integran. Este sería el caso por ejemplo de la agencia europea “Guardia Europea de Fronteras y Costas” (nueva FRONTEX) que otorga nuevos poderes centralizados al organismo para comprar equipos e intervenir directamente en misiones fronterizas sin la necesidad explícita de que de los Estados que integran la UE las aprueben. ¿Qué supone esto? Principalmente una drástica disminución del poder de decisión de los Estados y la disolución de la responsabilidad y rendición de cuentas que pueda tener cualquier impacto consecuencia de las acciones militares en las fronteras de la UE.

La lucha contra el terror también justifica un aumento del presupuesto en defensa y armamento, y la progresiva integración político-militar. No está de más señalar que las empresas militares que reciben los contratos para levantar muros y sistemas de seguridad y de control fronterizos son las mismas que exportan armas a los países en conflicto de los que huyen las personas refugiadas a las que a su vez se les barra el paso en la UE por suponer una amenaza.

La lucha contra el terror también justifica un aumento del presupuesto en defensa y armamento, y la progresiva integración político-militar

Con todo, esta lucha contra el terrorismo que va a cumplir sus dieciséis años en pocos meses, no parece sino haber sido el terreno perfecto para dibujar un nuevo orden basado en la securitización y en el que “el fin justifica los medios” con todas sus consecuencias a nivel socio-político. No obstante, mientras la opinión pública siga aceptando el discurso hegemónico, no parece que la situación vaya a cambiar.

En este sentido, la cooperación de los medios con las instituciones gubernamentales en la legitimación de la narrativa bélica – heredada de patrones estructurales practicados en una dinámica de ensayo-error cogiendo la Primera Guerra Mundial como gran punto de partida –, han sido claves para lograr la expansión de una psicosis colectiva respecto al terrorismo. Cómo ya dijo Eisenhower en su día: “Básicamente, la opinión pública gana guerras”. Y sin embargo, cómo observó el profesor Ruiz Jiménez en las jornadas, mientras la narrativa oficialmente aceptada es la de que el terrorismo islamista tiene a Occidente como objetivo principal, los primeros quince países con más víctimas terroristas no son europeos.

Con todo ello y si bien el concepto teórico del terrorismo queda sin resolver, parece innegable que todo su imaginario ha sido construido y usado como arma política. Por lo tanto, realmente no importa definir qué es terrorismo ni a qué responden los actos terroristas. No hace falta teorizar y sistematizar el concepto porque con designar al “objetivo” terrorista ya se puede trabajar hacia los verdaderos objetivos, al aparo de las estructuras políticas y económicas que monopolizan el poder. Así que, al final ¿Quién es terrorista? Terrorista es el Otro, el enemigo, el diferente; en otras palabras, terrorista es aquel que la comunidad internacional decide etiquetar como tal.

Tribuna

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