El fin de la excepción española

Tras 13 años de sosiego, los atentados de Barcelona y Cambrils son un despertar brutal al terrorismo yihadista en nuestro país

Foto: La furgoneta con la que se cometió el atropello fue interceptada a la altura del mosaico de Joan Miró. (Ilustración: Raúl Arias)
La furgoneta con la que se cometió el atropello fue interceptada a la altura del mosaico de Joan Miró. (Ilustración: Raúl Arias)

España era hasta el jueves un remanso de paz comparada con algunos de sus vecinos europeos. Desde el 11-M, el mayor atentado terrorista perpetrado en Europa, apenas se habían producido incidentes y en ninguno de ellos hubo ni siquiera heridos.

Una serie de factores explicaban ese sosiego relativo. Las fuerzas de seguridad multiplicaron, desde marzo de 2004, las operaciones antiterroristas. Hasta el otoño de 2015, cuando se produjeron los grandes atentados de París, España era el país de Europa donde más operaciones se habían efectuado. La policía actuaba con frecuencia, con el aval de los jueces de la Audiencia Nacional, sin esperar a tener pruebas fehacientes de los vínculos terroristas de los jóvenes a los que detenía. Estos golpes preventivos han evitado probablemente algunos males mayores, pero han enviado a prisión a un puñado de chavales que los jueces acabaron poniendo en libertad.

La inmigración musulmana llegó veinte o treinta años más tarde a España que al resto de Europa. Los inmigrantes pertenecen, en su mayoría, a esa primera generación que no da problemas. Son 1,9 millones aunque varios cientos de miles han adquirido la nacionalidad española. La segunda generación no es aún muy numerosa y la tercera ni existe. Algunos de esos jóvenes de la segunda generación son proclives a radicalizarse y optar por la violencia. Su exiguo número en España es una ventaja en la lucha antiterrorista.

España no ha intentado imponer ningún modelo a la inmigración musulmana dejada a su libre albeldrío

A estas dos razones, subrayadas por todos los expertos, se añaden al menos otros tres argumentos sobre los que no hay consenso. La primera resalta que el nivel de islamofobia es bajo en España, de nuevo comparado con el resto de Europa; los musulmanes se sentirían por tanto más a gusto en el país y, en consecuencia, serían menos propensos a la radicalización.


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A diferencia también de otros países europeos como Francia, que trata de inculcar los valores de la República, España no ha intentado imponer ningún modelo a la inmigración musulmana dejada a su libre albeldrío. La imposición de modelos provoca a veces reacciones de rechazo que acaban en procesos de radicalización. En España la inmigración, incluida la musulmana, solo se rige por el mercado laboral y en función de las oportunidades que brinda se mueve por el país con más rapidez que la población autóctona.

Hay esas barriadas mayoritariamente musulmanas, pero su tamaño y el ambiente que se respira en ellas no guarda relación con las de Francia

En Francia, Reino Unido o Bélgica hay además guetos de inmigración musulmana donde el caldo de cultivo en el que se sumergen los jóvenes fomenta la radicalización. En España, sobre todo en Cataluña, también hay esas barriadas mayoritariamente musulmanas, pero su tamaño y el ambiente que se respira en ellas no guarda relación con las que existen al norte de los Pirineos.

Por último España es uno de los países que participa en más misiones militares internacionales, siempre avaladas por Naciones Unidas o por la Unión Europea, pero tiene un papel muy secundario en la coalición internacional que, bajo la batuta de EEUU, lucha contra el Estado Islámico en Siria e Irak. Francia y el Reino Unido sí están en primera línea de esa coalición y han pagado un alto precio por ello.

Los atentados de Barcelona y Cambrils ponen fin a 13 años de quietud allí donde era más probable que se resquebrajase la paz, en Cataluña. No en balde esa comunidad autónoma es la más amenazada a juzgar por el número de focos de radicalización recopilados en los mapas de ese fenómeno elaborados por el Ministerio del Interior.

Ambos golpes han sido perpetrados por una célula compuesta por al menos una decena de individuos y que disponía de explosivos

Las Ramblas y el Paseo Martítimo de Cambrils son ahora un duro despertar, tras 13 años de paréntesis, al terrorismo internacional. Lo son porque a diferencia de buena parte de los atentados perpetrados en los últimos meses en París, Londres, Berlín o Niza, no son obra de un yihadista descrito a veces como un “lobo solitario” y que apenas cuenta con apoyos esporádicos para provocar terror. Ambos golpes han sido perpetrados por una célula compuesta por al menos una decena de individuos y que disponía de explosivos. El desafío es para las fuerzas de seguridad mucho mayor que si se tratara de individuos que han actuado en solitario.

Tribuna

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