Con Iglesias hemos topado

Podemos apoya el derecho a decidir de los catalanes en la consulta del 1-O, y su líder señala como culpable del conflicto soberanista a Mariano Rajoy

Foto: El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Una de las cosas que más me están sorprendiendo en este triste camino a ninguna parte que supone el 'procés' es la actitud de Podemos en general y de Iglesias en particular. No dicen ni sí ni no, sino todo lo contrario, pero abogan por el derecho a decidir. Como frase suena bien, es sexy, moderna, participativa, y democrática. Pero a poco que uno se pregunte qué significa ese derecho, la cosa se complica sobremanera y, al menos hasta ahora, yo no he visto una reflexión política de estos profesores de ciencia política sobre el tema. Hay dos preguntas básicas a responder: (1) quién tiene el derecho a decidir; y (2) sobre qué ámbitos.

Con respecto a la primera, habría que saber si son las personas o los territorios quienes tienen ese derecho y, dentro de cada una de estas categorías, cómo se definen los grupos y de dónde deriva su legitimidad. Por ejemplo, ¿tienen derecho a decidir los aragoneses que viven en Cataluña sobre si quieren ser independientes o no dentro de Cataluña? ¿Y la provincia de Tarragona? Ya sé que la respuesta es no, pero no sé bien por qué. No sé por qué el derecho a decidir que reclama enfáticamente Cataluña para sí no es extensible a Tarragona, pongamos por caso. A no ser, claro, que Cataluña sea una unidad de destino en lo universal, pero esta música algunos ya la conocemos y sabemos lo que da de sí. Y luego está el problema de cómo decidir sobre las incompatibilidades de los derechos a decidir (imaginen que aplicamos el derecho a decidir a los cónyuges en un proceso de divorcio).

Acto organizado por la asociación Madrileños a favor del referéndum catalán. (EFE)
Acto organizado por la asociación Madrileños a favor del referéndum catalán. (EFE)

En cuanto a los ámbitos, también parece que el derecho a decidir habría que modularlo porque no puede aplicarse a todo, ni aunque se vote. Hay derechos que no deben estar sujetos a la voluntad popular de un momento. Desde los derechos humanos hasta otros menos importantes. Por ejemplo, no tendría sentido votar que Iglesias se afeitara la barba o se cortara la coleta. Es una manifestación de su identidad individual y supone un derecho que debe ser protegido incluso frente a una mayoría. No todo se puede votar. ¿Quién define esos ámbitos de aplicación del derecho a decidir?

Democracia no es solo votar, son también procedimientos y garantías de derechos básicos que no pueden ser conculcados

En una democracia, las mayorías son las que orientan la acción política dentro de un marco de referencia que define las reglas del juego. Democracia no es solo votar, son también procedimientos y garantías de derechos básicos que no pueden ser conculcados (¿hace falta recordar que Hitler llegó al poder mediante los votos y acabó con todos los procedimientos democráticos y los derechos de las minorías?). Estas reglas del juego vienen definidas por las constituciones, que suponen una protección esencial para la democracia porque, entre otras cosas, garantizan que las reglas del juego no van a ser modificadas por una mayoría momentánea. Velan así por los derechos de quienes no pueden votar (las generaciones futuras) y los vaivenes de opinión, dando estabilidad al contrato social que articula las bases de la convivencia. Por eso, cambiar la constitución, que suele ser una exigencia de los tiempos dependiendo de los aspectos allí regulados, requiere mayorías muy cualificadas. Nada nuevo, pero parece que a veces lo obvio se olvida.

El gran argumento de Iglesias-Podemos para ponerse de perfil en el caso de Cataluña es que la culpa de todo la tiene Rajoy. No negaré que Rajoy no haya puesto mucho de su parte, pero conviene tener un poco de memoria para asignar las culpas e imponer penitencias (seguimos con la iglesia). Y también mirar los datos objetivos, algo que solía hacer la izquierda en tiempos mejores. Yo diría que la pendiente cuesta abajo del desencuentro y el disparate progresivo empezó con el Tripartito, un Gobierno con nefastos resultados políticos y económicos, con el que el PSOE trató de evitar la progresiva irrelevancia de su sección catalana optando por llegar al poder a cualquier precio y aliándose con Esquerra Republicana, que representaba un ideario muy diferente. Y fue el abrazo del oso, porque el PSOE de Cataluña fue de mal en peor, y la economía catalana empezó a ir cuesta abajo, perdiendo posiciones relativas en el conjunto de España. Pero ERC salió reforzada. Zapatero puso después otra guinda en el pastel, consiguiendo sustituir estatutos de autonomía de grandes consensos por otros con consensos mucho menores, bajo el lema de “lo que queráis, invita la casa”.

Convergencia i Uniò siguió aplicada la estrategia del PSOE de Cataluña y pidió relaciones a ERC, que volvió a abrazar gustoso a otra nueva víctima. El tripartito de hecho que se ha acabado formando en los últimos tiempos, con la vistosa CUP como aliada, es todavía más pintoresco que el anterior y supone una ensalada ideológica de proporciones desconocidas hasta ahora. Pero no importa: todo por la Patria. Reconozcamos aquí el mérito político y la coherencia de ERC, un partido cuya ideología nacionalista no comparto pero que ha demostrado tener unas ideas mucho más claras que sus rivales. Quizá la única esperanza en estos momentos.

Que hay que repensar el Estado de las autonomías y la inserción de Cataluña parece bastante claro. Incluyendo, si así se estima oportuno, el derecho a la autodeterminación. Pero entre todos. Porque es un tema que afecta al contrato social de todos. A mí también. Porque yo también soy Cataluña.

Tribuna

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