Luto... y algo más

El pacto antiyihadista puede y debe dar mucho más de sí, precisamente para no tener que vernos en días de luto

Foto: El ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, muestra la foto de Younes Abouyaaqoub, el conductor que conducía la furgoneta de la Rambla. (EFE)
El ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, muestra la foto de Younes Abouyaaqoub, el conductor que conducía la furgoneta de la Rambla. (EFE)

Como norma general, para poder vencer al enemigo todo el mando militar debe tener una sola intención y todas las fuerzas militares deben cooperar.

Sun Tzu, 'El arte de la guerra'

Desde siempre las contiendas se ganan con inteligencia, anticipación y colaboración, más que con músculo. Lo sabían Sun Tzu, Maquiavelo y todos los teóricos del arte de la guerra y, aun antes que ellos, los homínidos que juntos se enfrentaban con palos y piedras a megafauna de envergadura y fiereza muy superior.

Este axioma es tanto más válido frente a un enemigo cuyo peligro radica no tanto en el tamaño como en su naturaleza global, esquiva y en constante mutación. Desde el 11 de septiembre de 2001, con el trágico derribo de las Torres Gemelas por Al Qaeda, el terrorismo de corte yihadista se ha convertido en una de las mayores amenazas a la seguridad internacional. Las naciones occidentales avanzadas se han visto obligadas a modificar sus estrategias antiterroristas y defensivas para adaptarse a un fenómeno inédito hasta hace poco que, siendo el mismo, cambia de cara y ramifica a gran velocidad. Del viejo enemigo compacto, organizado y fuertemente armado se ha pasado a las células autónomas desligadas entre sí, de ahí a la figura del lobo solitario y, sin duda, se está gestando la siguiente reencarnación del terrorismo fanático. Un terrorismo que ni siquiera procede ya del exterior, sino de sujetos nacionales radicalizados sin salir del propio país, que se sirven de objetos tan cotidianos como un coche o un cubo para perpetrar sus acciones. El peligro extranjero de antes reconvertido ahora en una especie de enfermedad autoinmune que ataca eficazmente desde dentro.

Poco después del atentado contra el semanario satírico francés 'Charlie Hebdo'​ en 2015, nos dotamos en España del conocido como pacto antiyihadista a propósito de adecuar la política antiterrorista a esta nueva realidad, y de hacerlo con soporte político y parlamentario. Ciudadanos se sumó a la primera oportunidad a los firmantes iniciales, PP y PSOE. Otros siguen hoy sin comprometer su rúbrica en lo que debiera ser un objetivo común: mejorar los medios policiales, de inteligencia, tecnología y el aparato jurídico para afrontar con las máximas garantías posibles una lucha en la cual la previsión y coordinación salvan vidas.

El fin último del pacto no ha variado. Es, de hecho, más pertinente que nunca tras los atentados sufridos en Cataluña en agosto pasado. Sin embargo, casi tres años después el balance no puede ser más decepcionante. Lo que debía ser un espacio de impulso, intercambio de información y consenso ha sido empleado por el Gobierno de Mariano Rajoy como un mero escaparate para la condolencia pública después de cada zarpazo terrorista. Hasta el momento solo hemos sido emplazados al calor de la conmoción social provocada por sucesivos ataques con fallecidos en países vecinos -Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica…- y en casa. Los atentados de Barcelona y Cambrils reivindicados por el Estado Islámico, con sus 16 víctimas mortales, fueron la última y triste constatación de este hecho.

Lo que debía ser un espacio de intercambio de información y consenso ha sido empleado como un mero escaparate para la condolencia pública

Ahora el Ministerio del Interior anuncia una nueva convocatoria. Ha transcurrido el tiempo y no es momento ya de gestos de cara a la galería, de reuniones vacías de contenidos. Toca abrir un proceso de reflexión serio sobre su eficacia y operatividad. Es el momento de reformularlo y convertirlo en un espacio de trabajo efectivo que trascienda el plano puramente político. Ciudadanos lleva tiempo reclamándolo. Menos protocolo y menos debates de trámite. Nosotros apostamos por que el pacto sea un instrumento útil no solo para el Parlamento, también para las fuerzas y cuerpos de seguridad, jueces y fiscales, y en la que expertos en materias antiyihadistas puedan aportar además sus conocimientos y propuestas. Debe servir para comprometer políticas de inversión a largo plazo, con independencia de las siglas que gobiernen, y de justa retribución de quienes, como las FCSE, están en la primera línea defensiva de la seguridad común.

Del mismo modo, podría actuar como observatorio para calibrar la idoneidad de los nuevos mecanismos jurídicos habilitados por el propio acuerdo. La reforma 'ad hoc' del Código Penal ha mejorado la capacidad de respuesta de los tribunales al incluir una definición revisada del propio delito de terrorismo y la figura del terrorista individual – el lobo solitario-, al tipificar como delitos el adoctrinamiento y adiestramiento activos y pasivos a través de internet y las redes sociales, la captación y reclutamiento, el brigadismo y el enaltecimiento de estas conductas, así como las penas que cada una lleva aparejada. Un pacto como el que proponemos reforzaría las garantías de que la nueva legislación salvaguarda el equilibrio entre seguridad y libertades cívicas, sin extralimitaciones ajenas al fenómeno terrorista. Sería, además, un foro apropiado para abordar políticas transversales necesarias para luchar contra las causas profundas que avivan la radicalización y el odio -exclusión, desarraigo, pobreza, guetos…- y que demandan amplios esfuerzos colectivos.

Y es hora de decantarse. Dentro o fuera. La esencia del pacto antiyihadista se basa en la confianza entre quienes lo han rubricado, el Gobierno y los partidos políticos firmantes. La figura del observador, como se declara Podemos, resulta anómala y un lastre para el intercambio eficaz de información confidencial que atañe a la seguridad. Más rara es aún la presencia de otros partidos que tampoco han firmado y asisten como meros espectadores. Su actitud es desleal, como lo es también que el Gobierno trate por igual al que se involucra y aporta que a quienes ponen palos en la rueda de una cuestión tan seria. El terrorismo no se combate observando, sino comprometiéndose en la adopción de políticas eficaces y consensuadas.

La unidad de los demócratas nos libró de ETA pero esa unidad, siendo imprescindible, no tiene ya el mismo poder de conjuro social frente a la barbarie terrorista. Ahora el adversario es otro, más inasible, que hurta el cuerpo y del que, en el fondo, se ignora lo que busca más allá de sus proclamas pseudorreligiosas contra el enemigo, Occidente. El radicalismo totalitario desafía a las sociedades abiertas con un ideario violento, de odio, al que debemos combatir con la ley, con inteligencia, anticipación y el compromiso de todos, sin medias tintas. El pacto antiyihadista puede y debe dar mucho más de sí, precisamente para no tener que vernos en días de luto. Se lo debemos a todos los ciudadanos.

*Miguel Ángel Gutiérrez Vivas es diputado y secretario general del Grupo Parlamentario Ciudadanos en el Congreso.

Tribuna

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