Una oferta con futuro

Es lo que distingue a las opciones de gobierno de la izquierda, como es el caso del PSOE: la obligación de ofrecer soluciones convincentes, bien pensadas y aplicables

Foto: No es sostenible económicamente que sigamos con el tipo de salarios a la baja. (EFE)
No es sostenible económicamente que sigamos con el tipo de salarios a la baja. (EFE)

Que hemos salido del periodo recesivo más largo y penoso de nuestras vidas, y que la economía española crece a buen ritmo son hechos innegables, de los que quiero partir: las propuestas progresistas no se pueden permitir la demagogia. Si los conservadores hacen gala de solvencia y sentido común, por mucho que en ocasiones sea una apariencia, los progresistas tenemos la obligación ineludible de ser más solventes y más rigurosos que ellos en todo lo que proponemos. Probablemente esto es lo que distingue a las opciones de gobierno de la izquierda, como es el caso del PSOE: como vieja socialdemocracia, o como nueva socialdemocracia esa obligación de ofrecer soluciones convincentes, bien pensadas y aplicables permanece. Por ello, repito de salida: la economía española crece a buen ritmo.

Y sin embargo… y sin embargo este modelo de crecimiento económico, es nuevo en algún aspecto nocivo, pero sobre todo es a la vez muy antiguo. Muy nuevo porque nunca hasta ahora había ocurrido que el crecimiento económico, coexistiera con la desigualdad. No se trata de un fenómeno transitorio. Más bien, vivimos en España en una sociedad descoyuntada en la que perfectamente pueden coexistir a largo plazo tasas de crecimiento económico muy altas junto a una gran desintegración y desigualdad en la que sectores importantes, si no son mayoritarios, de la población trabajan de modo precario, trabajan sin poder salir de la pobreza o saben que estarán en el paro por el resto de sus días.

Vivimos en una sociedad descoyuntada en la que pueden coexistir a largo plazo tasas de crecimiento económico altas junto a una gran desigualdad

Pero aparte de esta maldita novedad, el modelo económico que va emergiendo ante nuestros ojos es también muy antiguo. Hay elementos del pasado que siguen ahí, impertérritos: las rigideces en la oferta debido a la existencia de sectores oligopolizados y con escasa competencia que minan nuestra competitividad, la baja calidad de nuestro sistema de formación profesional, la falta de excelencia internacional de nuestras universidades, la ineficacia apabullante de nuestras instituciones de intermediación en el mercado de trabajo, el bajo nivel de innovación, la tentación del ladrillo, el hiperdesarrollo de un sector turístico de escaso valor añadido… Todo ello hace sospechar que, aun saliendo de la crisis, España continuará con sus luces, las de siempre, y sus sombras, también las de siempre.

Pero las cosas deben cambiar. Y lo han de hacer en un doble sentido, casi como dos tareas que hay que acometer en paralelo: una que nos libre de esa anomalía de un crecimiento que empobrece, y otra que establezca bases sólidas para que el crecimiento extendido a todos, se mantenga.

Para lo primero ahí está el Pacto de Rentas que lanzó el PSOE hace unos meses: en España no es legítimo socialmente ni sostenible económicamente que sigamos con el tipo de salarios a la baja que han imperado en los nuevos contratos de trabajo durante la crisis y en esta etapa de salida de la misma. España debería romper con ese modelo de trabajos precarios, abuso escandaloso de la temporalidad y bajos salarios.

No es legítimo socialmente ni sostenible que sigamos con el tipo de salarios a la baja que han imperado en los nuevos contratos de la crisis

Ese modelo de mercado de trabajo hizo posible un aumento de la productividad aparente del trabajo que estuvo en la base del aumento de competitividad, permitiendo a las exportaciones españolas actuar como espoleta para salir de la recesión económica. Pero las injusticias que ha traído consigo son manifiestas: las rentas de trabajo han perdido hasta 40.000 millones de euros que han ido a manos del excedente empresarial. El aumento de la productividad ha supuesto un aumento del 'output' por trabajador de más de 7.000 euros en el periodo de la crisis y de esta incipiente recuperación, pero esta cantidad ha ido a engrosar el excedente empresarial y solo ha beneficiado en 220 euros a los salarios. Estos no son datos aceptables. Detrás de ellos se esconden un reparto abusivo de la renta a favor del capital y trae consigo terribles corolarios de pobreza en España, marginación de la juventud, acumulación de la riqueza como nunca la habíamos visto…

Estos datos deberían preocupar a cualquier político sensato en nuestro país: hablan de un grado de ruptura del contrato social y de un ritmo de desintegración social inaceptables, desde luego, para un país europeo avanzado.

Por ello es lógico, como hacía el PSOE en su propuesta de Pacto de Rentas, establecer una batería de medidas para ir reorientando el modelo salarial español hacia salarios decentes: una subida del SMI hasta los 1000 euros en 2020 (no los 880 que ha acordado el gobierno), una senda de crecimiento anual de los salarios que pueda ir restableciendo la situación previa a la crisis en el reparto entre rentas de trabajo y de capital, y que implicaría subidas salariales del entorno del 3% entre 2018 y 2021, un plan de rescate juvenil, una superación efectiva de la brecha salarial entre mujeres y hombres, y junto a ello, la derogación de la reforma laboral del PP. Todo esto es de justicia, todo esto es necesario para que, otra vez, el crecimiento económico vaya de la mano de un descenso de las desigualdades, en vez de coexistir con ellas.

Pero eso debería ser solamente el umbral de otras grandes transformaciones. No será posible consolidar en España de modo permanente un modelo de salarios decentes si estos no se apoyan en una mayor productividad.

Coloquialmente suelo decir que la productividad es como el colesterol, la hay de la buena y de la mala. La mala, la que es escasamente sostenible es la productividad que proviene de ajustar plantillas y salarios a la baja. La buena, la que necesitamos en España porque es una tarea que históricamente aún no se ha acometido, proviene de aumentar la calidad en la producción, su componente tecnológico, su eficiencia productiva. A mí se me antoja que este es el reto central de nuestro país, el que sepultará, de una vez por todas, la economía cutre a la que nos están acostumbrando a la salida de la gran recesión.

Por eso los grandes afanes nacionales, en los que nos deberemos centrar en el futuro son, sin ánimo de ser exhaustivo del tipo siguiente: es necesario elevar el nivel de cualificación de nuestro capital humano, es necesario aumentar y generalizar los partenariados público/privados para que la inversión en innovaciones crezca exponencialmente, es necesario introducir grandes dosis de eficiencia y de competencia contra los oligopolios para abaratar los inputs intermedios de nuestras empresas, y es imprescindible poner en marcha una política industrial eficaz, nueva, activista.

Es necesario elevar el nivel de cualificación de nuestro capital humano, aumentar y generalizar los partenariados público/privados...

Estos son algunos de los elementos que, con ecuanimidad, se puede denunciar que el gobierno del PP no ha desarrollado desde que tomara las riendas del gobierno en 2011. ¿Es que alguien ha oído a Rajoy o a sus ministros económicos hablar de sectores productivos, de procesos productivos, de nueva (o vieja) política industrial, de modernización de nuestro tejido productivo?

Y, sin embargo, quisiera subrayar, estos son elementos centrales de la oferta de gobierno que el PSOE está preparando para hablar de futuro y co-crearlo con los ciudadanos y ciudadanas españoles.

*Manuel Escudero es secretario de Política Económica y Empleo del PSOE.

Tribuna

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